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Fundamentar - Fundamentar - Artículos https://fundamentar.com Wed, 23 Oct 2019 02:13:16 -0300 Joomla! - Open Source Content Management es-es ¿Aprenderá por fin el FMI de Argentina? https://fundamentar.com/articulos/opinion/item/6283-aprendera-por-fin-el-fmi-de-argentina https://fundamentar.com/articulos/opinion/item/6283-aprendera-por-fin-el-fmi-de-argentina ¿Aprenderá por fin el FMI de Argentina?

La crisis de deuda externa de Argentina, políticamente intratable, es un poderoso recordatorio de que el Fondo Monetario Internacional todavía no tiene una respuesta para tratar la volatilidad de los flujos de capitales internacionales a las economías emergentes. También resalta la necesidad de reformas en el Fondo.

Dado el abundante historial de incumplimientos de deuda de Argentina, para comprender la situación actual tenemos que retrotraernos al menos dos décadas. Durante la mayor parte de los noventa, Argentina implementó exitosamente un régimen de fijación cambiaria, que para el FMI era una forma razonable de contener la inflación. La estrategia fue tan exitosa que Argentina atrajo importantes ingresos de capitales internacionales que le permitieron financiar un abultado déficit externo.

Pero en 1998, ya era evidente que el tipo de cambio estaba sobrevaluado, en un contexto de términos de intercambio adversos, fortaleza del dólar estadounidense y crisis de flujo de capitales en Asia y en Rusia. Agregar cierta flexibilidad al régimen cambiario parecía necesario, pero no estaba claro cómo. El abandono de un tipo de cambio fijo nunca deja de ser una experiencia traumática, con ganadores y perdedores obvios.

En tanto, el FMI se mostró tolerante hacia Argentina, porque el país había seguido sus recomendaciones y tenía amigos en Washington. Se le dio el beneficio de la duda, y así Argentina se aferró al régimen de fijación cambiaria. El FMI proveyó apoyo en abundancia y exhortó a aplicar su habitual receta todoterreno: el ajuste fiscal.

La austeridad quizá hubiera funcionado si el único problema hubiera sido una falta temporal de liquidez. Pero Argentina estaba demasiado endeudada, y sus acreedores se dieron cuenta de que el régimen cambiario argentino era insostenible. En diciembre de 2001, el FMI cortó el apoyo, a regañadientes. El presidente de Argentina en aquel entonces, Fernando de la Rúa, se fue de la casa de gobierno en helicóptero y la economía se hundió en el caos. En un contexto de cierres de bancos, 20% de desempleo y una reducción del 28% en el PIB, el país cayó en cesación de pagos de la deuda externa.

El desastre terminó de arreglarse en 2010, reprogramación de la deuda externa mediante. Con la llegada en 2015 de un nuevo presidente promercado, Mauricio Macri, el ciclo pudo recomenzar. Esta vez, a instancias del FMI, Argentina adoptó un régimen cambiario de flotación pura. La reprogramación había reducido la deuda externa, de modo que se reanudó el ingreso de capitales. Los inversores se mostraron dispuestos incluso a comprar bonos a cien años de un país que en los últimos dos siglos tuvo ocho incumplimientos de deuda soberana.

El entusiasmo de los inversores y la luna de miel de la política argentina duraron mientras hubo un entorno internacional benigno. Pero cuando en 2018 el ingreso de capitales empezó a flaquear, el FMI tuvo que intervenir una vez más para cubrir el faltante de financiación externa, con un asombroso programa de préstamos por 50 000 millones de dólares (más tarde ampliado a 57 000 millones).

La ex directora gerente del FMI, Christine Lagarde, junto al presidente de Argentina Mauricio Macri
La ex directora gerente del FMI, Christine Lagarde, junto al presidente de Argentina Mauricio Macri

Una vez más, el problema de financiación externa no era un fenómeno temporal, y pronto el electorado argentino comenzó a rechazar las reformas exigidas por el FMI. A fines del mes pasado, con una deuda externa acumulada superior a cien mil millones de dólares y la mayor parte del dinero del Fondo ya desembolsada, Argentina anunció en forma unilateral un “reperfilamiento” de la deuda.

Para el pueblo argentino, son malas noticias; para el FMI, es un fracaso fundamental de sus políticas. Ya es evidente que la austeridad fiscal y un régimen de flotación cambiaria son inadecuados frente a la volatilidad del flujo de capitales. La única pregunta es qué viene ahora, no sólo para Argentina, donde el FMI se esforzará en salvar su programa de préstamos, sino para el Fondo mismo.

Para empezar, el FMI tiene que idear formas mejores de resolver los problemas de deuda soberana insostenible. Una deuda interna insostenible siempre se puede resolver con reprogramaciones o quiebras. Pero la deuda internacional es harina de otro costal, y aquí el historial del FMI deja mucho que desear. En la crisis asiática de 1998, el Fondo opuso firme resistencia a una reprogramación. En la crisis griega de 2010, permitió a los acreedores (más que nada bancos extranjeros) protegerse a sí mismos de su propia estupidez. Y en el caso de Argentina, se negó a usar su influencia contra los fondos buitres que habían subvertido la reprogramación de 2010, al tiempo que desplegaba un programa de préstamos a gran escala.

En segundo lugar, el FMI tiene que enfrentar el hecho de que para una economía emergente frágil, un flujo de capitales internacionales irrestricto es demasiado volátil. Tras mucho oponerse a los controles de capitales, últimamente terminó avalando (sin entusiasmo) la “gestión de flujos de capitales”, pero sólo como última medida cuando todas las demás (en concreto, la dura austeridad) han sido agotadas.

Pero en vez de ser la última herramienta de política por considerar, la restricción del ingreso de capitales debería ser una opción rutinaria para muchas economías emergentes. El FMI debería articular su apoyo a los países que apliquen esas restricciones a flujos de cartera inconstantes. Las economías emergentes no deberían incurrir en déficits externos cuantiosos sólo porque los inversores extranjeros están eufóricos, ya que esos mismos inversores partirán en masa cuando cambien las condiciones.

En tercer lugar, en vez de tolerar a regañadientes la intervención en el mercado cambiario, el FMI debería promoverla activamente cuando la volatilidad del mercado es claramente disruptiva. Varias economías asiáticas demostraron los beneficios de una intervención disciplinada en el mercado. El Fondo debería usar esas experiencias como base para la elaboración de recomendaciones operativas.

En cuarto lugar, los accionistas del FMI tienen que revisar la gobernanza interna del organismo. El programa argentino no es más que la última en una serie de decisiones en las que aparentemente los intereses políticamente motivados de los integrantes más grandes del Fondo han prevalecido, dejando de lado a la Junta Ejecutiva con su excesiva complejidad.

Tradicionalmente, Argentina recibió un trato favorable de Washington (en comparación con, por ejemplo, los países de la crisis asiática en 1997‑98). La veloz aprobación del programa de 50 000 millones de dólares, y la facilidad con que se amplió a 57 000 millones, refuerzan la impresión de que el país recibe un tratamiento especial, a pesar de su incapacidad crónica para manejar sus deudas.

Cuando llegue el momento de un análisis post mortem, se culpará a la víctima. Se mostrarán las deficiencias políticas y de gobernanza de Argentina como explicación de lo que salió mal (y no sin justificación). Pero la cuestión es otra. Se supone que el FMI está para actuar en entornos difíciles. Para hacerlo con eficacia, tiene que reformarse a sí mismo junto con la problemática economía argentina.

(*)Ex vicegobernador del Banco Central de Australia  

FUENTE: Project Syndicate

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hola@fundamentar.com ( STEPHEN GRENVILLE (*)) Opinión Fri, 04 Oct 2019 12:20:13 -0300
Murga, mate y campaña electoral https://fundamentar.com/articulos/opinion/item/6270-murga-mate-y-campana-electoral https://fundamentar.com/articulos/opinion/item/6270-murga-mate-y-campana-electoral Murga, mate y campaña electoral

El 27 de octubre Uruguay concurrirá a las urnas para decidir quién será el próximo presidente de la república. Ese domingo, los uruguayos optarán entre darle continuidad al proyecto político del Frente Amplio o buscar una alternancia en el poder mediante el apoyo a los partidos tradicionales. Además, y coincidiendo con las elecciones generales en Argentina y una semana después de los comicios en Bolivia, se pondrá en juego otra ficha en el tablero político sudamericano.

Los dilemas del Frente Amplio

El Frente Amplio (FA) uruguayo ha oficiado, en estos últimos años de avance de la derecha continental, como un faro para los sectores progresistas y de izquierda latinoamericanos. El partido de gobierno ha cumplido este año 48 años de vida, reivindicando su naturaleza frentista y ensalzando los consensos que internamente ha alcanzado para erigirse no sólo como referencia de la izquierda uruguaya y continental, sino también para encabezar un proyecto político que ya lleva 15 años gobernando el país oriental.

En ese sentido, el FA enfrenta hoy el desafío de encarar una renovación estructural en dos dimensiones. Por un lado, la renovación del liderazgo, que ha sido la maldición de la mayoría de los gobiernos progresistas de la región. Cómo trascender el liderazgo de Tabaré Vázquez y de José Mujica es el principal reto que hoy tiene el partido de gobierno. Por otra parte, y luego de tres lustros de gobernar Uruguay, la inevitable renovación programática requiere hallar un equilibrio entre las demandas por la profundización del modelo o la moderación como sostén del proyecto político del FA, que ha sobrevivido en un continente donde ha avanzado la derecha en varios países de la región, y donde los conflictos intra e interestatales van adquiriendo un cariz cada vez más preocupantes.

La fórmula encabezada por el ex intendente de Montevideo, Daniel Martínez, será la encargada de afrontar ese doble desafío. El Frente Amplio tiene en su palmarés muchos resultados para exhibir, en términos de crecimiento económico, disminución sustancial de la pobreza, reformas importantes a nivel tributario, laboral y de salud pública y un proceso de ampliación de derechos que van desde el matrimonio igualitario y la legalización del aborto, hasta la venta regulada del cannabis.

No obstante, los últimos años han demostrado en la región que lo logrado no es motivo suficiente para conseguir la adhesión de la mayoría de la población. Quizás en las experiencias que se vivieron en Argentina, Brasil o Ecuador, el FA encontró las lecciones suficientes para encarar la campaña de modo tal que, más allá de los logros de sus gobiernos, también pueda poner el foco en el futuro. De allí se comprende cómo encara el final de la campaña, apoyándose sobre el eje de las propuestas económicas en el plano productivo, y apelando a ideas plasmadas en los lemas “el nuevo impulso” y “no perder lo bueno, hacerlo mejor”.

Para añadir algún grado más de complejidad a este esquema, el Frente Amplio no solo debe mantener la capacidad de ser la síntesis de diversas fuerzas que lo conforman, sino que también no puede descuidar el apoyo del movimiento sindical que ha constituido su columna vertebral. Otro hecho de suma importancia es la delicada situación de su líder, el presidente Tabaré Vázquez, que enfrenta desde hace unas semanas un cáncer de pulmón.

Dicho esto, y aunque Daniel Martínez ha tenido problemas para poder franquear los obstáculos que supone convertirse en la renovación partidaria de un proyecto político que gobierna hace 15 años, tiene la ventaja de encabezar una fuerza que se ha mantenido cohesionada durante casi 50 años cuando en reiteradas ocasiones estuvo al borde de la ruptura.

Por otra parte, la crisis económica en la Argentina y el retroceso político, diplomático y social que vive Brasil, son argumentos poderosos que tiene el Frente Amplio para encarar la campaña desde una perspectiva de rechazo al neoliberalismo y a experimentos de ultraderecha.

La oportunidad histórica de la oposición

Uruguay no escapa a la regla regional que reza que los partidos de la oposición que busquen arrebatarle el poder político a los gobiernos progresistas deberán contar con esquemas de alianza amplios y con enorme creatividad para conseguir el apoyo de la población.

Luis Lacalle Pou supone la principal amenaza para el FA. El hijo del ex presidente Luis Alberto Lacalle y candidato por el Partido Nacional es el opositor con más posibilidades de alcanzar la segunda vuelta. Si bien ha planteado numerosas diferencias con el gobierno, Lacalle Pou ha sido moderado en relación a los planteos de los otros candidatos opositores, tanto Ernesto Talvi del Partido Colorado, como Guido Manini Ríos de Cabildo Abierto. 

Es claro que la historia de cada uno avala estos comportamientos: Talvi proviene del mainstream económico liberal que caracteriza a todos los políticos que, como él, han pasado por la Escuela de Chicago, mientras que Manini Ríos es un ex general del ejército y representante de los sectores de la ultra derecha.

Que la principal alternativa opositora sea Lacalle Pou habla de un cierto consenso alrededor de la política uruguaya y de ciertas líneas rojas que, a priori, los uruguayos no quieren cruzar. Claro está que esto deberá graficarse en los resultados electorales. Pero sumado a esto, el candidato del Partido Nacional no sólo ha planteado una campaña inteligente, sino que cuenta con un buen margen para buscar alianzas con otros sectores.

Cuando los pequeños se vuelven grandes

Uruguay cuenta con una superficie pequeña, tres millones y medio de habitantes, y ha sido rehén, en muchas oportunidades, de los designios de sus dos grandes vecinos en el contexto del Mercosur. 

No obstante, en estos años de extrema volatilidad política en la región y de cambios en el balance de poder, Uruguay no sólo ha mantenido una política relativamente autónoma, sino que ha defendido tesis equilibradas frente a cuestiones que han planteado dicotomías al interior del continente.

La crisis de Venezuela, que ha despertado una mayoría de voces que exigieron desde sanciones económicas hasta intervenciones militares, y una minoría intensa de defensa irrestricta del chavismo, ha dado a Uruguay la posibilidad de mantener una postura equilibrada, defendiendo la necesidad de resolver el conflicto en el país caribeño mediante el diálogo y la negociación. En ese sentido, se ha ubicado junto con el México de López Obrador en una posición moderada, que ha mantenido con firmeza, por ejemplo, en su retirada de la Asamblea General de la OEA en junio, o la negativa a integrar esquemas impulsados por los mandatarios más conservadores, como el Grupo de Lima o el PROSUR

Esto supone que, por más pequeños que sean los países en cuanto a su poder relativo, en el campo de la política regional pueden ocupar lugares de trascendencia que sirvan para inclinar la balanza hacia un sentido u otro. En sintonía con esto, no sorprende que Alberto Fernández, quién tiene altísimas posibilidades de ser el nuevo presidente de la Argentina, se haya referido a la posición uruguaya como la adecuada para atender el proceso venezolano y otros que amenazan con desestabilizar a la región.

Nunca está demás decir, que la política exterior del Uruguay dependerá de quién sea electo como mandatario en las próximas elecciones. En esto, cabe suponer que, en Uruguay, como en la mayoría de los países de Sudamerica, se revisará la política exterior si se cambia de gobierno o se continuará con la línea actual si el Frente Amplio logra, una vez más, el apoyo popular.

Conclusiones

Entre los desafíos que enfrenta el Frente Amplio tras 15 años de gobierno, superar los liderazgos históricos y sortear el desgaste político son los que prevalecen. El proceso electoral de octubre obrará de evidencia insoslayable para saber si esos desafíos pueden o no ser cumplidos.

A pesar de los logros en términos económicos y sociales que ha logrado Uruguay bajo las administraciones del FA, no son motivos suficientes por sí mismos para lograr la adhesión electoral. En este sentido, tanto el oficialismo uruguayo como la oposición, tendrán que encarar el tramo final de la campaña de forma inteligente y creativa para terminar de inclinar la balanza.

Siendo las elecciones uruguayas el mismo día que las argentinas y una semana después de las bolivianas, el mes de octubre marcará en gran medida como será la configuración del tablero político en América del Sur. Algo que cobra importancia transcendental en un momento en el cual proliferan los desastres ambientales, gobiernos de ultraderecha, las crisis humanitarias y la especulación con conflictos políticos armados.

Uruguay, por más pequeño que sea, juega un papel clave en ese tablero.

 

(*) Investigador del Centro de Estudios Políticos e Internacionales

FUENTE: Síntesis Mundial

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hola@fundamentar.com (Santiago Toffoli(*)) Opinión Wed, 25 Sep 2019 18:02:40 -0300
Colombia y el acuerdo de la ¿tregua? https://fundamentar.com/articulos/opinion/item/6269-colombia-y-el-acuerdo-de-la-tregua https://fundamentar.com/articulos/opinion/item/6269-colombia-y-el-acuerdo-de-la-tregua Colombia y el acuerdo de la ¿tregua?

“La rebelion no es una bandera derrotada ni vencida, por eso, continuamos con el legado de Manuel y de Bolivar, trabajando desde abajo y con los de abajo por el cambio politico y social”. Con estas palabras, Iván Márquez, el ex jefe negociador de las FARC, anunciaba dias atrás una “nueva etapa de lucha”.

Desde el Río Inírida (según aseguraron), región amazónica cercana a las fronteras con Venezuela y Brasil, líderes disidentes de las ex FARC dieron a conocer este último 29 de agosto un video en el que anunciaron al mundo el inicio de “la segunda marquetalia”, con “la continuacion de la lucha guerrillera en respuesta a la traición del Estado al Acuerdo de Paz de la Habana”, sorprendiendo tal vez al mundo, aunque no a los colombianos que ya venian siendo testigos del accionar de las disidencias al acuerdo de paz ,del recrudecimiento de la violencia y del asesinato de desmovilizados.

Días después, este nuevo pero no sorprendente escenario, nos deja algunos interrogantes;  ¿Es este el inicio del fin del Acuerdo de paz tal como lo acogieron las partes y como fue recibido en la comunidad internacional, o solo un ciclo de crisis dentro de él? ¿Representó hasta este momento el acuerdo un avance hacia la paz o constituyó sólo una tregua en el conflicto? ¿Qué se puede esperar del posicionamiento regional respecto el involucramiento de otros actores por fuera de Colombia?

El rearme de la disidencia

Acompañado de otras figuras importantes  como Jesús Santrich, Romaña y el Paisa, Iván Marquez, el número 2 de la ex guerrilla y principal negociador del Acuerdo de Paz, anunció la vuelta a las armas a través de un documento que tituló “manifiesto”, como respuesta a los incumplientos por parte del Estado de los compromisos alcanzados, precisamente a punto de cumplirse 3 años de la firma del Acuerdo en La Habana entre el ex presidente Juan Manuel Santos y el desmovilizado grupo.

Con las imágenes de Simón Bolívar, y de Manuel Marulanda de fondo, Márquez dio a conocer además, una voluntad de coordinar esfuerzos con la guerrilla del ELN y de implementar una modalidad distinta de accionar, renunciando a la práctica de los secuestros como medio de financiación. Otro tema fundamental es la intención de dejar de ser una organización que opera desde las profundidades de la selva remota y la declaración de mantenimiento del alto al fuego ya que solo responderán a la ofensiva, evitando la muerte y matanza “entre hermanos de clase”, priorizando el diálogo con empresarios, ganaderos y la gente pudiente del país. 

El Acuerdo de Paz en el gobierno de Ivan Duque

La noticia llega para confirmar los peores temores. Si bien desde la firma del acuerdo alrededor de 13.000 combatientes se desmovilizaron, entregaron sus armas y se integraron en un partido político, se estima que en la actualidad existen cerca de 23 grupos disidentes, operando en 85 municipios del país. Esta disidencia armada no es la única, existe además la disidencia política al interior de un grupo de ex jefes de las FARC que considera que el gobierno de Duque incumple el acuerdo. Tal como lo entienden expertos como el politólogo Ariel Ávila, el peligro es que estas dos disidencias se unan. Pero, ¿Qué ha pasado con el acuerdo en lo que va de la administración de Duque?

El actual presidente, fue siempre crítico de lo pactado con las FARC. Se han producido retrasos en la aplicación de lo acordado, y se cuestiona de manera constante su voluntad de cumplimiento. Durante el primer año de gobierno, tal como lo dio a conocer un informe de la Fundación Paz y Reconciliación, se han fortalecido múltiples grupos armados, formados en parte por ex miembros de las FARC. Según Human Rights Watch, la violencia asociada con los grupos armados aumentó en 2018. La población civil ha sufrido graves abusos a manos de miembros del Ejército de Liberación Nacional (ELN), disidentes de las FARC y grupos herederos del paramilitarismo. El país sufre el asesinato de líderes sociales y defensores de los derechos humanos y muchos territorios rurales aún siguen bajo la violencia sistemática.

Las divisiones al interior del partido de la antigua guerrilla ya se habían materializado hacia abril de este año, cuando Márquez, en paradero desconocido desde 2018 en señal de protesta por la detención de Jesús Santrich, declaraba que había sido un grave error entregar las armas. Al mismo tiempo el líder de la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, Rodrigo Londoño, alias Timochenko, marcaba una ruptura con el ex número dos (ruptura que aún sostiene). 

El rol de Venezuela

Luego de conocerse la noticia, el presidente Duque anunció una ofensiva contra el grupo encabezado por el ex negociador de las FARC, asegurando que los miembros de la extinta guerrilla, son en realidad, “una banda de narcoterroristas” que cuentan con apoyo de Nicolás Maduro. Desde el gobierno colombiano, se aseguró que el video fue filmado en territorio venezolano, y no en el colombiano como los protagonistas declararon.

La palabra del canciller venezolano no se hizo esperar, y a través de un comunicado Jorge Arreaza manifestó su preocupación por la posible activación del conflicto, pero responsabilizó directamente al Gobierno de Duque por el incumplimento del acuerdo.

Ahora bien, más allá de los discursos y las acusaciones oficiales ¿Qué rol cumple Venezuela en este escenario? Actualmente, la frontera entre Venezuela y Colombia es escenario de accionar del ELN, el cual controla territorios de un lado y del otro del límite geográfico. Sumado a ello, el Ejército de Liberación se ha pronunciado a favor del gobierno de Maduro, asegurando que defenderán la “revolución bolivariana”.  Además de estas fuerzas, existen en la frontera, grupos paramilitares, y grupos armados organizados como es el caso del “Clan del Golfo”, principal cártel del país, a los que se suman a las disidencias de las FARC. En los últimos años se han incrementado las denuncias de que grupos criminales colombianos extienden sus tareas por Venezuela con la aquiescencia o la aprobación del gobierno de Maduro. En sintonía con ello, días atrás, una investigación de una revista colombiana, reveló documentos de inteligencia venezolana que confirman el vínculo entre Maduro, el ELN y las disidencias de las FARC.

 La respuesta de EEUU

Todos sabemos que lo que EEUU declare sobre este hecho, no es menor en absoluto. La vinculación entre Venezuela y el accionar de grupos guerrilleros, constituye para los EEUU, una gran preocupación, no solo por su importante papel en el proceso de paz, si no también por su estrecha relación con el Gobierno colombiano. A esto se suma el interés del gobierno norteamericano por la evolución de los sucesos en relación a la seguridad en Venezuela, dada su crítica situación política y económica.

Peligros y debates

Pese al rechazo del jefe del Partido Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, Rodrigo Londoño, alias “Timochenko” al rearme de las disidencias, y pese a sus garantías de que la mayoría de las FARC está en el camino de la paz, el riesgo de la unión de las disidencias en una nueva guerrilla armada, es evidente. El acuerdo de paz está en peligro. Sin embargo será crucial la posición que el gobierno colombiano tome frente a los hechos, y al trabajo real -y no demagógico- sobre los principales temas pendientes del acuerdo, como la reforma rural y la reforma política. 

De cara a las elecciones regionales del mes de Octubre, el rearme de las disidencias, fortalece el discurso uribista a favor de la derogación o la modificación de la Jurisdicción Especial para la Paz, y de la mano firme contra los sectores disidentes. Restará evaluar de qué influye este nuevo escenario en los próximos comicios, con la convicción de que sucesos ya cambiaron el tablero político nacional.

 

(*) Investigadora del Centro de Estudios Políticos e Internacionales

FUENTE: Síntesis Mundial

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hola@fundamentar.com (Lourdes Ábrigo (*)) Opinión Wed, 25 Sep 2019 17:37:13 -0300
Yo no soy Boris https://fundamentar.com/articulos/opinion/item/6260-yo-no-soy-boris https://fundamentar.com/articulos/opinion/item/6260-yo-no-soy-boris Yo no soy Boris

Desde que Boris Johnson se mudó a 10 Downing Street, jurando renegociar el acuerdo de retirada del Reino Unido con la Unión Europea, muchos oponentes al Brexit han dicho que el nuevo primer ministro británico está “haciendo la de Varoufakis” y que del mismo modo terminará derrotado.

Katya Adler, de la BBC, informó desde Bruselas que los funcionarios de la UE hablan de “Varoufakis: la secuela”; en concreto, que prevén “‘montones de reuniones sin ningún sentido’ con el primer ministro Johnson, como creen que sucedió con el controvertido ministro de finanzas de Grecia en lo peor de la crisis de la deuda griega”. Andrew Adonis, ex secretario de transporte y ministro de educación laborista, añadió a la comparación su admiración por la canciller alemana: tuiteó que “[Angela] Merkel está tratando al RU como a Grecia, y a Johnson como a Varoufakis”.

Seguro que a Johnson todo esto le resultará muy gracioso. Sabe que en la etapa previa al referendo de junio de 2016 para el Brexit estuvimos en campos opuestos. Mientras él viajaba por el RU en su infame autobús liderando la campaña por la salida de la UE, yo me lo pasé yendo y viniendo por el país con políticos como John McDonnell (laborista) y Caroline Lucas (del Partido Verde), para pedir a los votantes que resistieran los cantos de sirena del Brexit.

Pero Johnson es demasiado inteligente para que le importe. Él, su mano derecha Dominic Cummings y Michael Gove (un veterano miembro del gabinete y partidario a ultranza del Brexit) saben cómo dividir y conquistar a sus oponentes, lo que confirma que los halcones del Brexit son mucho más duchos en estrategia que los partidarios de permanecer en la UE.

El primer ministro británico, Boris Johnson

En un artículo para el Times publicado dos meses antes del referendo para el Brexit en 2016, Gove se deshizo en elogios hacia un libro de mi autoría en el que resumo la evolución de la UE, desde ser un mercado común hasta convertirse en una unión monetaria rígida y antidemocrática; pero omitió convenientemente mencionar el hecho de que me opuse al Brexit o a cualquier otro intento de romper la UE o el euro. Asimismo, hace un año, Johnson (en referencia a mi libro Adults in the Room) escribió en su columna en el Telegraph: “Como explicó (…) Varoufakis, la tragedia de los griegos fue que nunca tuvieron coraje para mandar al diablo a sus amos de la UE” (y también olvida mencionar que yo no buscaba un Grexit).

Más recientemente, el Telegraph (un diario pro‑Brexit) recordó a sus lectores: “Al principio del proceso del Brexit (…) Varoufakis predijo que si el RU entraba en negociaciones, Bruselas intentaría intimidarnos igual que a los griegos, y que lo mejor que podíamos hacer era levantarnos de la mesa (…)”. Luego añadió: “Boris Johnson (…) entendió el mensaje”.

La única enseñanza que al parecer Johnson aprendió de mí es que nunca hay que entrar en una negociación si no se está dispuesto a abandonarla sin un acuerdo. Pero es algo que sabe cualquier persona sensata, con la triste excepción (evidentemente) de la predecesora de Johnson, Theresa May, y del ex primer ministro griego Alexis Tsipras. Ahora, la mayor enseñanza que hay que aprender es que el enfrentamiento entre un Johnson resuelto y una UE constitucionalmente inflexible va a provocarle enorme daño a Europa.

A comentaristas y políticos les encanta explotar al máximo el paralelismo Brexit‑Grexit (un paralelismo cuya promoción se facilita por el hecho de que ambos países celebraron referendos contrarios a los deseos de la dirigencia europea). Pero es una comparación ociosa que dificulta comprender las cuestiones cruciales que enfrentan nuestros países, y peor aún, puede acercar un Brexit sin acuerdo en el que ambas partes saldrán perjudicadas.

Seré claro: jamás defendí un Grexit (y eso me ocasionó la pérdida de incontables amigos de izquierda). Los votantes griegos nos eligieron en enero de 2015 para poner fin al sufrimiento innecesario que les habían impuesto unas políticas ridículas que convirtieron una recesión económica en una crisis humanitaria. Ni ellos ni yo, como negociador oficial con la UE, queríamos un conflicto con el bloque. Lo único que demandábamos era políticas razonables que nos permitieran permanecer en la unión monetaria en forma viable y con un mínimo de dignidad.

Tres días después de mi asunción al cargo, el presidente del Eurogrupo de ministros de finanzas de la eurozona, Jeroen Dijsselbloem, me amenazó con un Grexit si insistía en renegociar nuestra insostenible deuda pública y la contraproducente austeridad que la acompañaba. Mi respuesta fue: ¡Hagan lo que quieran! Y no estaba echándome un farol. Yo no quería un Grexit, pero una mayoría de los griegos creían (y yo sigo creyendo) que la esclavitud de la deuda dentro del euro era peor.

El Grexit, en síntesis, fue un arma que la UE creó y usó para obligar a sucesivos gobiernos griegos a aceptar el encarcelamiento de su país en el equivalente neoliberal de una workhouse de la era victoriana. El Brexit, en cambio, fue una aspiración nacida dentro del RU, enraizada en la incompatibilidad estructural entre el capitalismo anglosajón del laissez-faire y el corporativismo continental, e invocada por una coalición formada por sectores de la aristocracia británica, que consiguieron cooptar a las comunidades de clase obrera arruinadas por los estragos industriales de Margaret Thatcher. Esos votantes estaban ansiosos de castigar a las élites cosmopolitas londinenses por tratarlos como a ganado sin ningún valor.

Irónicamente, el trato que dio el establishment de la UE a Grecia contribuyó en gran medida a la exigua mayoría por la que ganó el Brexit. En mis mitines anti‑Brexit, especialmente en el norte de Inglaterra, me encontré con muchas personas que aunque simpatizaban con mis argumentos, iban a votar por abandonar la UE. Muchos me decían: “Después de ver el trato que le dio la UE al pueblo griego, no podemos votar por quedarnos”.

De modo que poner en una misma bolsa los dos actos de oposición al establishment europeo es una total tontería. Cuando los partidarios de la permanencia en la UE (como Andrew Adonis o una corresponsal de la BBC en Bruselas) describen a Johnson como el nuevo Varoufakis, no le hacen a su causa ningún favor. Theodore Roosevelt dijo con razón que si un presidente estadounidense le fallaba a su país, no oponérsele era antipatriótico. Del mismo modo, ceder ante la amenaza de Grexit que nos lanzó el Eurogrupo hubiera sido lo más antieuropeo que yo podía hacer. Mi objetivo era fortalecer a Europa convirtiéndola de unión de austeridad en ámbito de prosperidad compartida. A diferencia del gobierno de Johnson, teníamos un nuevo mandato democrático y una gran mayoría, como quedó demostrado por el referendo del 5 de julio de 2015 a favor de una estrategia europeísta progresista, que dijera a Europa: no queremos el Grexit, pero estamos dispuestos a aceptarlo si fuera necesario.

Si yo hubiera tenido éxito, hoy Europa estaría más fuerte, más unida y más capaz de oponerse al aliado natural de Johnson en la Casa Blanca. Pero por supuesto, a diferencia de Johnson, yo era un mero ministro de finanzas. Tsipras cedió, y el resultado fueron otros cuatro años de crisis, más bríos para el Brexit y una UE más débil, mientras la austeridad generalizada contribuía al mal desempeño económico de la eurozona.

Los que creen que oponerse a la élite de la UE es axiomáticamente antieuropeo no comprenden que la condescendencia ociosa hacia esa élite es el mejor aliado de los halcones del Brexit. Están ayudando a Johnson a hacer la de Dijsselbloem, no la de Varoufakis.

FUENTE: Project Syndicate

(*) Ex ministro de finanzas de Grecia;  líder del partido MeRA25 y profesor de economía en la Universidad de Atenas

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hola@fundamentar.com (Yanis Varoufakis(*)) Opinión Wed, 18 Sep 2019 11:25:01 -0300
El efecto de Trump sobre la política exterior estadounidense https://fundamentar.com/articulos/opinion/item/6255-el-efecto-de-trump-sobre-la-politica-exterior-estadounidense https://fundamentar.com/articulos/opinion/item/6255-el-efecto-de-trump-sobre-la-politica-exterior-estadounidense El efecto de Trump sobre la política exterior estadounidense

Muchos observadores criticaron la conducta del presidente estadounidense Donald Trump en la reciente cumbre del G7 en Biarritz por imprudente y disruptiva. Otros dicen que la prensa y los analistas prestan demasiada atención a sus bufonadas, tuits y juegos políticos. Sostienen que para los historiadores del futuro, todo esto serán meros pecadillos. La pregunta más importante es si la presidencia de Trump terminará siendo un gran punto de inflexión en la política exterior estadounidense o una discontinuidad histórica menor.

La discusión que se desarrolla en torno de Trump revive una vieja pregunta: ¿son los grandes hechos históricos producto de las elecciones humanas o son en gran medida el resultado de factores estructurales avasallantes, derivados de fuerzas económicas y políticas que no podemos controlar?

Algunos analistas comparan el fluir de la historia con un río impetuoso cuyo curso se define por la acción del clima, las lluvias, la geología y la topografía, no por lo que el río lleve. Pero aunque así fuera, los agentes humanos no son como meras hormigas aferradas a un tronco arrastrado por la corriente, sino más bien como canoístas de aguas rápidas, que intentan llevar la embarcación evitando las rocas, que a veces no pueden evitar que se voltee y a veces logran guiarla hacia el destino deseado.

Comprender las elecciones y los fracasos de los líderes en el último siglo de política exterior estadounidense puede darnos más herramientas para responder las preguntas que nos plantea la presidencia de Trump. En todas las épocas, los líderes creen que luchan con fuerzas de cambio nunca antes vistas, pero la naturaleza humana permanece. Las elecciones importan; las omisiones pueden ser tan trascendentales como las acciones. La inacción de la dirigencia estadounidense en los años treinta contribuyó al caos que siguió; otro tanto ocurrió con la negativa de los presidentes estadounidenses a usar las armas nucleares cuando Estados Unidos tenía su monopolio.

¿Fueron esas grandes elecciones dictadas por la situación o por la persona? Un siglo atrás, Woodrow Wilson rompió con la tradición y envió fuerzas estadounidenses a combatir en Europa; pero igual pudo suceder con otro líder (digamos, Theodore Roosevelt). La gran diferencia que introdujo Wilson fue el tono moralista con que justificó la decisión y su insistencia obstinada (y contraproducente) en un involucramiento a todo o nada en la Liga de las Naciones. Algunos atribuyen a ese moralismo de Wilson la intensidad del regreso estadounidense al aislacionismo en los años treinta.

Franklin D. Roosevelt no consiguió que Estados Unidos entrara en la Segunda Guerra Mundial hasta Pearl Harbor, y eso podría haber sucedido incluso con un presidente conservador aislacionista. Sin embargo, la forma en que Roosevelt presentó la amenaza planteada por Hitler, y sus preparativos para confrontarla, fueron cruciales para la participación estadounidense en la guerra en Europa.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la estructura de la Guerra Fría se definió en torno de la bipolaridad entre dos superpotencias. Pero el estilo y los tiempos de la respuesta estadounidense pudieron ser muy diferentes, si después de la muerte de Roosevelt, en vez de Harry Truman hubiera asumido la presidencia Henry Wallace (a quien Roosevelt descartó para integrar la fórmula como vicepresidente en 1944). Tras la elección de 1952, la consolidación relativamente estable de la estrategia de contención de Truman (dirigida por su sucesor Dwight D. Eisenhower) se podría haber interrumpido si Estados Unidos hubiera tenido un presidente aislacionista como Robert Taft o asertivo como Douglas MacArthur.

John F. Kennedy tuvo un papel crucial en evitar una guerra nuclear durante la Crisis de los Misiles Cubanos, y en la posterior firma del primer tratado de control de armas nucleares. Pero Kennedy y Lyndon B. Johnson metieron al país en el fiasco innecesario y costoso de la Guerra de Vietnam. Con la cercanía del fin de siglo, fuerzas estructurales debilitaron la Unión Soviética, y Mikhail Gorbachev aceleró los tiempos de su derrumbe. Pero el programa de acumulación militar de Ronald Reagan y sus habilidades negociadoras, y la destreza de George Bush (padre) para el manejo de crisis, tuvieron mucho que ver con el final pacífico de la Guerra Fría.

Dicho de otro modo, los líderes y sus habilidades importan. En cierto sentido es mala noticia, porque entonces la conducta de Trump no es intrascendente. Más que sus tuits, importan sus acciones que debilitan las instituciones, las alianzas y el poder blando del atractivo de los Estados Unidos (que según las encuestas, disminuyó con Trump). Es el primer presidente en setenta años que se aleja del orden internacional liberal que Estados Unidos creó después de la Segunda Guerra Mundial. El general James Mattis, que renunció tras desempeñarse como primer secretario de defensa de Trump, lamentó hace poco el descuido de las alianzas de Estados Unidos por parte del presidente.

Los presidentes tienen que usar el poder duro y el poder blando, combinándolos en formas complementarias, no contradictorias. La destreza organizacional y maquiavélica es esencial, pero también lo son la inteligencia emocional (fuente de habilidades como la autoconciencia y el autocontrol) y la inteligencia contextual, que permite a los líderes comprender los cambios del entorno, capitalizar las tendencias y aplicar correctamente sus otras habilidades. Y Trump no se destaca ni por su inteligencia emocional ni por la contextual.

Gautam Mukunda, teórico del liderazgo, señaló que los líderes que surgen de atravesar el filtro de un proceso político establecido tienden a ser predecibles. George Bush (padre) es un buen ejemplo. Otros no han pasado por ese filtro, y su actuación en el poder es muy variada. La carrera de Abraham Lincoln hacia la Casa Blanca fue relativamente directa, y fue uno de los mejores presidentes estadounidenses. Trump, un magnate inmobiliario neoyorquino y figura de reality show que llegó a la presidencia sin ninguna experiencia previa en cargos públicos, demostró una capacidad extraordinaria para el manejo de los medios de comunicación modernos, el cuestionamiento de la opinión establecida y la innovación disruptiva. Algunos piensan que esto puede producir resultados positivos (por ejemplo, en relación con China), pero otros no están tan convencidos.

El papel de Trump en la historia puede depender de que sea o no reelecto. Si permanece en el cargo por ocho años en vez de cuatro es más probable una erosión de las instituciones, de la confianza y del poder blando. Pero en cualquier caso, su sucesor tendrá ante sí un mundo distinto, en parte por los efectos de las políticas de Trump, pero también como resultado de grandes cambios en la estructura de poder mundial surgidos de Occidente y de Oriente (el ascenso de Asia) y de actores estatales y no estatales (empoderados por las armas cibernéticas y la inteligencia artificial). Como observó Karl Marx, hacemos la historia, pero no elegimos en qué circunstancias. La política exterior estadounidense después de Trump todavía es una incógnita.

 

(*) Profesor de la universidad de Harvard. Co-fundador, junto con Robert Keohane, de la teoría de la interdependencia compleja, desarrollada en el libro Poder e Interdependencia en 1977. Creó el concepto del "poder blando" y fue autor de numerosos trabajos en los últimos años, como "Is the American Century Over?" y "The Future of Power"

FUENTE: Project Syndicate

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hola@fundamentar.com (Joseph S. Nye (*)) Opinión Fri, 06 Sep 2019 15:03:17 -0300
¿Volvió realmente el «capitalismo de las partes interesadas»? https://fundamentar.com/articulos/opinion/item/6254-volvio-realmente-el-capitalismo-de-las-partes-interesadas https://fundamentar.com/articulos/opinion/item/6254-volvio-realmente-el-capitalismo-de-las-partes-interesadas ¿Volvió realmente el «capitalismo de las partes interesadas»?

Durante cuatro décadas, la doctrina predominante en Estados Unidos fue que las corporaciones deben maximizar el shareholder value: el valor para los accionistas (es decir, las utilidades y los precios de las acciones) aquí y ahora, a como dé lugar, sin importar las consecuencias para los trabajadores, los clientes, los proveedores y las comunidades. Así que la declaración de apoyo a un capitalismo de “partes interesadas” (stakeholders), firmada a principios de este mes por casi todos los miembros de la organización empresarial estadounidense Business Roundtable, causó bastante revuelo. Al fin y al cabo, son los directores ejecutivos de las corporaciones más poderosas de Estados Unidos, y están diciendo a los estadounidenses y al mundo que una empresa no se reduce a sus resultados financieros. Es un giro bastante radical. ¿Será verdad?

El ideólogo del libre mercado y premio Nobel de Economía Milton Friedman tuvo un papel influyente no sólo en la difusión de la doctrina de la primacía de los accionistas, sino también en conseguir que se incorporara a la legislación en los Estados Unidos. Llegó a decir que hay una “única responsabilidad social de las empresas: usar sus recursos para participar en actividades diseñadas para incrementar sus beneficios”.

Lo irónico es que poco después de que Friedman promulgó estas ideas, y allá por el tiempo en que se popularizaron e incorporaron a las leyes sobre gobernanza corporativa (como si se basaran en una teoría económica sólida), Sandy Grossman y yo, en una serie de artículos de fines de los setenta, mostramos que el capitalismo de los accionistas no maximiza el bienestar social.

Esto es evidentemente cierto cuando hay externalidades importantes como el cambio climático o cuando las corporaciones envenenan el aire que respiramos o el agua que bebemos. Y es evidentemente cierto cuando promueven el consumo de productos nocivos para la salud, por ejemplo bebidas azucaradas que contribuyen a la obesidad infantil o analgésicos que desatan una crisis de opioides, o cuando explotan a personas incautas y vulnerables, como la Universidad Trump y muchas otras instituciones estadounidenses de educación superior con fines de lucro. Y es cierto cuando se aprovechan del poder de mercado, como hacen muchos bancos y empresas tecnológicas.

Pero es cierto también en un sentido más general: el mercado puede impulsar a las empresas a ser imprevisoras y no invertir lo suficiente en los trabajadores y en las comunidades. Así que es un alivio que dirigentes corporativos, presuntamente dotados de una comprensión profunda del funcionamiento de la economía, finalmente hayan visto la luz y se hayan puesto al día con la economía moderna, aunque les haya llevado unos cuarenta años.

Ahora bien: ¿creen realmente estos dirigentes corporativos en lo que dicen, o es su declaración un mero gesto retórico frente a la reacción popular contra numerosos abusos? Hay motivos para pensar que no están siendo muy sinceros.

La primera responsabilidad de las corporaciones es pagar sus impuestos; pero entre las que suscribieron la nueva visión corporativa hay algunas de las empresas estadounidenses que más eluden impuestos, por ejemplo Apple, que a todas luces sigue usando paraísos fiscales como la isla de Jersey. Otras apoyaron el paquete impositivo promulgado en 2017 por el presidente estadounidense Donald Trump, que mientras reduce impuestos a corporaciones y milmillonarios, los aumentará para la mayoría de los hogares de clase media y dejará a varios millones de personas más sin seguro médico cuando se complete su implementación. (Esto, en un país con el mayor nivel de desigualdad, los peores indicadores sanitarios y la menor expectativa de vida entre las grandes economías desarrolladas.) Y aunque estos dirigentes empresariales defendieron la tesis de que la rebaja de impuestos generaría inversiones y aumentos salariales, los trabajadores recibieron migajas. La mayor parte del dinero no se usó para la inversión, sino para la recompra de acciones, que sólo sirvió para forrarles los bolsillos a accionistas y ejecutivos con planes de incentivos basados en acciones.

Un auténtico sentido de responsabilidad más amplia llevaría a la dirigencia corporativa a apoyar una normativa más rigurosa que proteja el medioambiente y la salud y seguridad de sus empleados. Unas pocas empresas automotrices (Honda, Ford, BMW y Volkswagen) lo hicieron, y apoyan normas que son incluso más estrictas que las que quiere el gobierno del presidente Trump (que está ocupado en deshacer el legado medioambiental del expresidente Barack Obama). Hasta hay ejecutivos de empresas de gaseosas que al parecer se sienten mal por su contribución a la obesidad infantil, que como saben, suele provocar diabetes.

Pero aunque muchos ejecutivos quieran hacer lo correcto (o tienen familiares o amigos que quieren hacerlo), saben que no todos sus competidores harán lo mismo. Hay que emparejar el terreno de juego para que las empresas con conciencia no queden en desventaja frente a las irresponsables. Por eso muchas corporaciones quieren normas contra el soborno y reglas que protejan el medioambiente y la salud y seguridad de los trabajadores.

Por desgracia, esto no incluye a muchos de los grandes bancos, cuya conducta irresponsable produjo la crisis financiera global de 2008. Apenas aprobada la Ley Dodd‑Frank (2010) de reforma financiera, que fijó normas más estrictas para reducir la probabilidad de repetición de la crisis, los bancos ya estaban trabajando para lograr la derogación de sus disposiciones clave. Uno de esos bancos fue el JPMorgan Chase, cuyo director ejecutivo es Jamie Dimon, presidente actual de Business Roundtable. Previsiblemente, dada la influencia del dinero en la política estadounidense, los bancos tuvieron bastante éxito. Y un decenio después de la crisis, algunos todavía pelean en los tribunales contra las demandas planteadas por víctimas de su conducta irresponsable y fraudulenta: esperan que su capacidad económica les permita aguantar más que los demandantes.

Por supuesto que la nueva postura de los directores ejecutivos más poderosos de Estados Unidos es bienvenida. Pero habrá que esperar hasta saber si es otro truco publicitario o si realmente creen en lo que dicen. Mientras tanto, necesitamos una reforma legislativa. Las ideas de Friedman no sólo dieron a ejecutivos codiciosos una excusa perfecta para hacer lo que siempre habían querido hacer, sino que también produjeron leyes de gobernanza corporativa que incorporaron el capitalismo de accionistas al marco legal de Estados Unidos y de muchos otros países. Eso debe cambiar, para que las corporaciones no tengan sólo la opción, sino también la obligación real, de pensar en los efectos de su conducta sobre otras partes interesadas.

 

(*) Joseph Stiglitz es Premio Nobel de Economía, Profesor en la Universidad de Columbia y Economista Jefe del Instituto Roosevelt.

FUENTE: Project Syndicate

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hola@fundamentar.com (Joseph Stiglitz (*)) Opinión Fri, 06 Sep 2019 14:55:12 -0300
Por diestra y siniestra https://fundamentar.com/articulos/opinion/item/6238-por-diestra-y-siniestra https://fundamentar.com/articulos/opinion/item/6238-por-diestra-y-siniestra Sin ser más que candidato a la Presidencia, Alberto Fernández ya debe lidiar con Bolsonaro.

El delicado tablero regional ya empezó a moverse ante el posible cambio de gobierno en la Argentina. El resultado de las primarias del 11 de agosto provocó reacciones desde Brasil y Venezuela, en declaraciones inéditas hacia Alberto Fernández, que aún no tiene formalmente el poder para dirigir los destinos de nuestro país.

Aún no habían transcurrido veinticuatro horas del triunfo del Frente de Todos en las PASO, cuando el presidente de Brasil Jair Bolsonaro lanzó su primer dardo, inmiscuyéndose en la campaña electoral argentina. “No queremos hermanos argentinos huyendo a Brasil”, disparó, comparando a una eventual situación en Río Grande do Sul con lo que actualmente sucede en el Estado de Roraima, donde miles de venezolanos se asentaron en los últimos meses, dejando atrás la crisis económica y social que vive Venezuela. 

Aunque Alberto Fernández primero optó por responderle a Bolsonaro acusándolo de “misógino y racista”, luego prefirió bajarle el tono a la conversación, atendiendo a dos cuestiones:

En primer lugar, en el plano interno, la pelota ahora la tiene el Gobierno, y el peronismo se inclinó por mantener el perfil bajo en las postrimerías del triunfo electoral, capitalizando los errores en que incurrió el macrismo luego de la paliza en las primarias. 

En segundo lugar, Fernández ya tiene en mente la inevitable relación que tendrá con el mandatario brasileño si finalmente es ungido como Presidente de la Nación. Brasil no sólo es el principal socio comercial de la Argentina, sino que es el otro actor clave del Mercosur, en términos de construcción de la aún inconclusa Unión Aduanera, los compromisos externos al bloque, los convenios laborales y por sector económico, y un largo etcétera. Por otra parte, la relación de interdependencia entre ambos países trasciende lo económico y se traduce en convenios políticos que van desde la cooperación nuclear hasta el desarme militar.

Bolsonaro apoyó abiertamente al Presidente Macri en las elecciones.

Mark Twain decía que “nada necesita ser reformado tanto como las costumbres ajenas”. Si bien se han vuelto habituales las declaraciones insólitas del gobierno de Brasil, nadie creyó que a los dichos de Bolsonaro se le sumarían los del Ministro de Economía, Paulo Guedes, y del Canciller, Ernesto Araújo, referidos a las amenazas de salir del Mercosur y a la comparación del peronismo con el chavismo, respectivamente.

Lo extraño es que, a nivel doméstico, y dado que ya no encuentra eco en la gente, son pocos los que aún agitan el fantasma del “riesgo de convertirse en Venezuela”, salvo algunas excepciones en el fuero político como Elisa Carrió, o en el periodístico, como Alfredo Leuco y Fernández Díaz. A nivel externo, tal disparate sólo podía llegar a tener lugar en un sólo gobierno, y ese fue el de Brasil.

Las advertencias y las referencias al proceso electoral argentino no sólo provinieron de Brasil. 

Diosdado Cabello es el número dos del chavismo. Además, es Presidente de la Asamblea Nacional Constituyente y representante máximo del ala más dura del Gobierno de Nicolás Maduro. Cabello tiene un programa de televisión llamado “Con el mazo dando”, una especie de analogía al “Aló Presidente” del difunto Hugo Chávez. 

Diosdado Cabello en su programa televisivo.

En este programa, Cabello advirtió: “que Fernández no crea que lo están eligiendo porque es él; sino un pueblo que le dice NO al neoliberalismo”. 

Más allá de lo ambiguo de la declaración, esa fue la manera en la que el venezolano le marcó la cancha al posible futuro presidente de Argentina. No obstante, hay una ventaja implícita para Fernández: si los gobiernos que opinan sobre una eventual futura gestión son los ubicados en los extremos, hay mucho margen para hacer equilibrio en el medio. Es claro que la relación con Venezuela no será la misma que se mantuvo durante los gobiernos de Chávez: el aislamiento del país caribeño y las sanciones de Estados Unidos así lo impiden. Además, Alberto ya ratificó que su postura será la que han tomado México y Uruguay: apoyar el diálogo y los mecanismos pacíficos para la resolución de la crisis política. Venezuela no supondrá, a priori, un problema en la política regional.

Lo de Brasil es más complicado. La relación con el país más importante de Sudamérica es estratégica en una infinidad de aspectos: político, económico - comercial, militar.  Así lo han entendido todos los gobiernos democráticos argentinos: desde Alfonsín hasta Macri, pasando por el menemismo y el kirchnerismo. El desafío será tender puentes con los sectores de las Fuerzas Armadas representadas por el Vicepresidente Hamilton Mourão, y la burocracia de Itamaraty, que velan más por los intereses del Estado de Brasil y no tanto por el supuesto rédito político del discurso radicalizado del Presidente.

Alberto Fernández no posee el poder formal en la Argentina y ya ha recibido presiones, advertencias y amenazas por diestra y siniestra. Uno supone que si el equilibrio interno puede ser establecido, no hay razón para que peligre un posicionamiento cauteloso en el plano internacional. Sin embargo, dado el nivel de endeudamiento y de vulnerabilidad económica y financiera que tiene la Argentina, también tenemos la certeza de que allí, fuera de nuestras fronteras, residirán los principales condicionantes para una eventual administración peronista.

(*) Santiago Toffoli es Analista del Centro de Estudios Políticos Internacionales (CEPI)

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hola@fundamentar.com (Santiago Toffoli (*)) Opinión Wed, 21 Aug 2019 14:47:39 -0300
Los déficits de la economía de Trump https://fundamentar.com/articulos/opinion/item/6237-los-deficits-de-la-economia-de-trump https://fundamentar.com/articulos/opinion/item/6237-los-deficits-de-la-economia-de-trump ¿Es realmente cierto que la economía estadounidense marcha tan bien?

En el nuevo mundo creado por el presidente estadounidense Donald Trump, donde una conmoción sigue a otra, el tiempo no alcanza para terminar de analizar las consecuencias de los acontecimientos con que se nos bombardea. A fines de julio, la Junta de la Reserva Federal de los Estados Unidos dio marcha atrás en su política de regresar los tipos de interés a niveles más normales, tras el decenio de tasas ultrabajas que siguió a la Gran Recesión. Enseguida, Estados Unidos tuvo otras dos matanzas en menos de 24 horas, lo que lleva el total del año a casi 255 (más de una por día). Y la guerra comercial con China (que según un tuit de Trump sería “buena y fácil de ganar”) entró en una nueva fase más peligrosa, que altera los mercados y plantea la amenaza de una nueva guerra fría.

En un nivel, la decisión de la Fed fue de poca importancia: un cambio de 25 puntos básicos tendrá pocas consecuencias. La idea de que la Fed puede hacer sintonía fina de la economía con cambios a los tipos de interés en el momento justo ya tendría que estar desacreditada, por más que provea entretenimiento a los observadores de la Fed y empleo a los periodistas financieros. Si la reducción de tipos de interés desde 5,25% hasta prácticamente cero incidió muy poco en la economía en 2008‑09, ¿por qué creer que una baja de 0,25% tendrá algún efecto observable? Las grandes corporaciones atesoran inmensas reservas de efectivo: no es por falta de liquidez que no inviertan.

Hace mucho, John Maynard Keynes advirtió que aunque un endurecimiento súbito de la política monetaria puede frenar la economía al restringir la disponibilidad de crédito, el efecto de iniciar una política más expansiva en momentos de debilidad económica puede ser mínimo. Hasta instrumentos novedosos como la flexibilización cuantitativa pueden ser poco eficaces (como aprendió Europa). De hecho, los tipos de interés negativos que están probándose en varios países pueden ser contraproducentes y debilitar la economía, como resultado de efectos desfavorables sobre los balances bancarios, que se trasladarán al crédito.

Lo que sí producen los tipos de interés más bajos es una caída del tipo de cambio. De hecho, puede que sea el principal canal de transmisión de la política de la Fed en la actualidad. Pero ¿acaso no es una “devaluación competitiva”, aquello de lo que la administración Trump acusa abiertamente a China? Y como era de esperar, enseguida otros países devaluaron sus propias monedas, de modo que cualquier beneficio para la economía estadounidense a través del efecto tipo de cambio será efímero. Más irónico es el hecho de que la reciente devaluación del yuan se produjo como consecuencia de la nueva ronda de proteccionismo estadounidense, y porque China dejó de intervenir en la cotización del yuan, es decir, dejó de sostenerla.

La guerra comercial entre EEUU y China devino en disputa monetaria.

Pero en otro nivel, la medida de la Fed es muy elocuente. Se suponía que a la economía estadounidense le estaba yendo espectacular. El 3,7% de desempleo y el 3,1% de crecimiento en el primer trimestre tendrían que ser la envidia de los países avanzados. Pero basta escarbar apenas la superficie para encontrar abundantes motivos de preocupación. El crecimiento del segundo trimestre se desplomó hasta el 2,1%. El promedio de horas trabajadas en la industria en julio se hundió al nivel más bajo desde 2011. El salario real está apenas ligeramente por encima de su nivel de hace un decenio, antes de la Gran Recesión. La inversión real como porcentaje del PIB está muy por debajo de los niveles de fines de los noventa, a pesar de una rebaja impositiva cuyo objetivo declarado era alentar el gasto de las empresas, pero que se usó más que nada para financiar recompras de acciones.

Tras tres enormes paquetes de estímulo fiscal en los últimos tres años, la economía estadounidense tendría que estar en plena bonanza. La rebaja impositiva de 2017, que benefició ante todo a milmillonarios y corporaciones, agregó entre 1,5 y 2 billones de dólares al déficit decenal. En 2018 un aumento del gasto por casi 300 000 millones de dólares en dos años evitó un cierre de la administración pública. Y a fines de julio, un nuevo acuerdo para evitar otro cierre sumó otros 320 000 millones de dólares de gasto. Si mantener a la economía estadounidense andando en los tiempos buenos cuesta un déficit anual de un billón de dólares, ¿qué hará falta cuando el panorama no sea tan optimista?

La economía no está funcionando bien para la mayoría de los estadounidenses, cuyos ingresos llevan décadas estancados (o retrocedieron). Estas tendencias adversas se reflejan en la reducción de la expectativa de vida. La rebaja impositiva de Trump empeoró las cosas, porque agrava el problema del deterioro de la infraestructura, dificulta a los estados más progresistas el mantenimiento de la educación, deja sin seguro médico a otros varios millones de personas y, cuando concluya su implementación, generará un aumento de impuestos para los estadounidenses de ingresos medios que empeorará su situación.

La redistribución de abajo hacia arriba (el rasgo distintivo no sólo de la presidencia de Trump, sino también de gobiernos republicanos anteriores) reduce la demanda agregada, porque los más ricos gastan una proporción menor de sus ingresos que los más pobres. Esto debilita la economía en formas que ni siquiera una dádiva inmensa a corporaciones y milmillonarios puede compensar. Y los enormes déficits fiscales de Trump llevaron a un cuantioso déficit comercial, mucho mayor que el de Obama, conforme Estados Unidos tuvo que importar capital para financiar la brecha entre el ahorro y la inversión internos.

Trump prometió reducir el déficit comercial, pero su profunda incomprensión de la economía llevó a que lo aumente (algo que la mayoría de los economistas predijeron). Pese a la mala gestión económica de Trump, a sus reclamos de un dólar más barato y a la baja de tipos de interés de la Fed, sus políticas han mantenido un dólar alto que desalienta las exportaciones y alienta las importaciones. De nada sirvió que los economistas trataran una y otra vez de explicarle que los tratados comerciales pueden influir en la determinación de los países con los que Estados Unidos comercia, pero no en la magnitud del déficit general.

En esta, como en muchas otras áreas (del tipo de cambio al control de armas), Trump cree lo que quiere creer, y los que pagan el precio son los que menos recursos tienen para hacerlo.

Traducción: Esteban Flamini

(*) Joseph Stiglitz es Premio Nobel de Economía, Profesor en la Universidad de Columbia y Economista Jefe del Instituto Roosevelt.

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hola@fundamentar.com (Joseph Stiglitz (*)) Opinión Wed, 21 Aug 2019 14:25:15 -0300
Primeras impresiones de la goleada https://fundamentar.com/articulos/opinion/item/6225-primeras-impresiones-de-la-goleada https://fundamentar.com/articulos/opinion/item/6225-primeras-impresiones-de-la-goleada La fórmula presidencia del Frente de Todos, en el cierre de campaña en Rosario.

Después de la "renuncia" de CFK, el Frente de Todos encabezado por Alberto Fernández consiguió unir al peronismo y buena parte de la oposición. Así se construyó la herramienta utilizada por la ciudadanía para mostrar su hartazgo con el oficialismo. Quedó claro que los mercados no votan.

Digamos lo evidente del modo más corto posible.

* La fórmula del Frente de Todos (FT) Alberto Fernández - Cristina Fernández de Kirchner arrasó a la de Juntos para el Cambio (JPC) Mauricio Macri- Miguel Pichetto. Hablaremos de cifras y porcentajes aproximados porque esta nota para el diario en papel se cierra sin tener el ciento por ciento del escrutinio.

* La diferencia rondó los 15 puntos porcentuales, cifra mayor a las más generosas previstas por las encuestas. Por lo menos, de las que se divulgaron. El largo 48,5 por ciento obtenido funciona como bonus.

* Axel Kicillof y Verónica Magario con más del 52.3 por ciento se impusieron en la provincia de Buenos Aires a la dupla María Eugenia Vidal-Daniel Salvador. El corte de boleta de 2015, el sueño de la gobernadora, no se repitió ¿Lo pedirá Vidal en octubre, contra Macri? Son preguntas para las semanas que vienen.

* El Jefe de Gobierno porteño Horacio Rodríguez Larreta fue el único mandatario del PRO que pudo sonreír sin impostación ni tanto esfuerzo, aunque la diferencia con Matías Lammens (14 puntos) fue menos a la de otras competencias.

La elección de autoridades se realiza el 27 de octubre y ésa será la instancia definitoria. De cualquier manera el plebiscito de ayer reconfigura el escenario, tiene pinta de irreversible. Un tsunami pasó por el cuarto oscuro. A veces la ciudadanía se pronuncia como si se hubiese conjurado. No hay tal: en verdad la aúnan deseos y necesidades similares.

Alberto Fernández cosechó un triunfo que lo deja a las puertas de la presidencia

El presidente Mauricio Macri reconoció la derrota, en modo sedado, sin mejorar su escueto vocabulario ni carajear. Las votaciones en sistemas estables, pensó y piensa este cronista, las ganan o pierden los oficialismos. El macrismo cosecha su propia siembra tras empobrecer a la mayoría de los argentinos, hacer bajar el valor adquisitivo de sueldos y jubilaciones, aumentar el desempleo y la pobreza, acrecentar a nivel delirante la deuda externa. Y un container lleno de etcéteras, algunos se enuncian líneas abajo.

El primer mandatario les pidió a sus militantes que se fueran a dormir antes de que se conociera el primer informe oficial, a las diez y media de la noche. Casi asumió que caerá en octubre cuando elogió a Larreta y sugirió a los bonaerenses que no “perdieran” a Vidal.

Punteo de la goleada

Varios datos ayudan a medir la magnitud del triunfo del peronismo, la existencia de su unidad y las asimetrías respecto de 2015.

* Fernández y CFK superaron lejos lo obtenido por Scioli en la primera vuelta de 2015. Perforaron el techo que desde mentideros académicos y periodísticos se atribuia al kirchnerismo. Macri en cambio, repitió a grandes trazos su cosecha en la primera vuelta de 2015, no subió ese techo.

Ese desenlace comenzó a perfilarse cuando se conocieron sus apoyos. Alberto Fernández congregó a gobernadores en ejercicio, a algunos elegidos recientemente. A intendentes, a buena parte del movimiento obrero, a organizaciones sociales, a partidos de centroizquierda, al sector que conduce Sergio Massa.

Macri sumó tan solo a Miguel Pichetto, un perdedor serial de elecciones, que no traccionó apoyos ni en su provincia, Río Negro. Esa incorporación también se saludó como una jugada maestra.

* El FT ganó, por márgenes diversos, en 22 de las 24 provincias. Macri se impuso en la Ciudad Autónoma y Córdoba. Se corroboró que el apoyo de los gobernadores peronistas a Alberto Fernández no fue un simulacro… ni una jugada zonza desprovista de interés concreto.

Hasta en Mendoza mordió el polvo, un batacazo provincial. Alerta roja sobre daño colateral posible: la competencia por la gobernación es en septiembre. El radicalismo (que gestiona tres provincias y se tenía mucha fe) ha de poner sus barbas en remojo. El gobernador Alfredo Cornejo culpó de la debacle al presidente tentando curarse en salud.

* Si arrimamos el foco, era clave para las PASO que AF-CFK acrecentaran su caudal en provincias que le venían siendo muy adversas. En especial las de la zona núcleo, epicentro del conflicto con “el campo” que le prodigaron palizas desde 2018.

Salir segundo en Córdoba supo a gloria porque Fernández achicó la brecha con el macrismo algo así como 20 puntos que equivalen a más del 1,5 por ciento del padrón nacional. El apoyo de muchos intendentes del peronismo cordobesista insinuaba un viraje pero la estructura no vota: una proporción alta del pueblo de la provincia cambió su talante. Seguramente incidieron el giro que significó la candidatura de Alberto Fernández y un buen manejo de campaña. Tanto redituaron esos factores que AF perforó hacia arriba otro techo: la mejor elección de Cristina en esa provincia, sucedida en 2011 cuando arrasó en la presidencial.

En Santa Fe --donde Macri casi empardó en la primera vuelta cuatro años atrás y dio un paseo triunfal en el ballotage--, el peronismo unido se alzó con un score resonante por la diferencia y por la cantidad de sufragios.

Otra paliza se produjo en Entre Ríos, epicentro de cortes de ruta y cuna del chacarero Alfredo de Angeli.

Fernández quedó a tiro de poder llegar a la Rosada sin ballotage. Los votos en blanco, se recuerda, no se computan en esa instancia, lo que eleva automáticamente el impresionante porcentual alcanzado.

En 2015 Sergio Massa ocupó la avenida del medio y obturó la polarización hasta la segunda vuelta pues conservó el 20 por ciento de los sufragios. Macri y Scioli solo sumaron un 72 por ciento en la primera vuelta. Ayer las dos fórmulas más votadas se alzaron con el 80 por ciento, acentuando las perspectivas de polarización.

Máximo Kirchner y Sergio Massa, graficando un reencuentro de gran relevancia para los resultados de ayer.

Fue tan flojo cuan esperable el desempeño de Roberto Lavagna-Juan Manuel Urtubey que sudarán la gota gorda contra el “voto útil”. El desafío para Lavagna y para el Frente de Izquierda Unidad (FIT) es sobrevivir a la atracción de la opción binaria. A ojímetro y solo para empezar a conversar: tal vez la izquierda radical tenga más potencial en ese sentido porque la apoyan militantes y electores fieles. Y porque construyó durante años una identidad que Lavagna no supo o no pudo forjar en poco tiempo.

Los terceros en discordia que superaron el umbral de 1,5 por ciento cuentan, de todas formas, con dos meses para dar batalla.

Los poderes que no votan: Los “mercados” y la cadena de medios privados oficialistas armaron una jugada berreta el viernes para simular estabilidad del dólar. Le habrá costado fortunas a bancos públicos que adhirieron. El monto será ocultado con la tradicional transparencia del macrismo.

Mauricio Macri en la conferencia de prensa de ayer, luego de reconocer la derrota.

Macri persistió en referirse al “mundo”, llamando así a los Estados Unidos, al Fondo Monetario Internacional y al sistema financiero. Poca gente, muchas fortunas, contadísimos sufragios.

El primer gobierno de derecha pura y dura surgido de elecciones degradó la democracia mediante hechos que este diario siempre señaló. Mencionemos un puñado que sirve como muestra y no como inventario. Endiosó el asesinato por la espalda (doctrina Chocobar). Mandó perseguir y balear a los mapuches inventados como enemigo interno, causando, encubriendo y convalidando dos crímenes de Estado. Promovió la doctrina Irurzun con la complicidad de jueces y fiscales sin escrúpulos, encarcelando sin condena a decenas de opositores. Hasta denunció penalmente a Alberto Fernández durante la campaña.

La pregunta del millón es si tendrá la cordura y la templanza de entregar el mando en legal tiempo y forma, algo jamás concretado por gobiernos argentinos de su ideología. Uno anhela que sea así, tanto como que se modere la judicialización de la política y se evite cualquier conducta similar a la venganza o a la represalia. Como pasó con el presidente Néstor Kirchner, si se confirma el resultado del domingo, el peronismo vendrá a reparar, a generar años de paz interna, redistribución del ingreso, límites a la represión estatal y respeto a los derechos humanos.

Cristina Fernández de Kirchner le dejó todo el protagonismo de la victoria a Alberto Fernández. Este pronunció un discurso de concordia y respeto, anti grieta sin fisuras. Es sencillo hacerlo en el momento exitoso, podría argumentarse con sensatez. Vale, pero el mayor mérito de les candidates del FT (Axel y Alberto a la cabeza) consistió en haberse mantenido serenos, dialoguistas, argumentadores frente al descontrol del oficialismo, empezando por el iracundo presidente y el macartista Pichetto.

Distintos poderes en pugna

El gobierno intentó implantar el voto electrónico, un método desacreditado que propicia el fraude.

Trató de dejar afuera del padrón a cientos de miles de pibas y pibes de entre 16 y 18 años, sabedor de que no cuenta con su favor.

Nada le alcanzó ni la usual asimetría de recursos entre oficialismo y opositor, potenciada ahora por la militancia activa de las grandes corporaciones argentinas, el Fondo Monetario Internacional y el Departamento de Estado. A ellos les habló Macri ayer pero eran otres, millones de argentines los que resolvían.

La renuncia brillante de Cristina convulsionó el tablero político. Alberto Fernández, un dirigente sin experiencia como candidato, se puso el traje y caminó todo el país. Aprendió a manejarse y creció conforme pasaban los días.

Cristina sembró los resultados de su gran jugada, cuando bajó a la vicepresidencia.

Axel Kicillof militó en la calle y las plazas desde el mismo momento en que Cristina dejó la Casa Rosada. Felipe Solá cumplió un rol esencial. Massa, otro tanto.

Todo su laburo y su enjundia contribuyeron a que una imponente masa de argentinos expresara su hastío y su esperanza. Hartos ya de estar hartos se conjuraron, en todas las provincias, en cada ciudad. Una luz surgió de las urnas, al Gobierno le cabe tramitar el resultado, refrenar sus peores pulsiones, entender que el veredicto de la ciudadanía se puede tocar, que no es relato. Caramba.

(*) Analista político de Página 12

 

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hola@fundamentar.com (Mario Wainfeld (*)) Opinión Mon, 12 Aug 2019 10:33:41 -0300
Después del neoliberalismo https://fundamentar.com/articulos/opinion/item/6214-despues-del-neoliberalismo https://fundamentar.com/articulos/opinion/item/6214-despues-del-neoliberalismo Joseph Stiglitz - Premio Nobel de Economía y profesor de la Universidad de Columbia

¿Qué tipo de sistema económico es más conducente al bienestar humano? Esa pregunta ha llegado a definir la época actual porque, después de 40 años de neoliberalismo en Estados Unidos y en otras economías avanzadas, sabemos lo que no funciona.

El experimento neoliberal –impuestos más bajos para los ricos, desregulación de los mercados laboral y de productos, financiarización y globalización- ha sido un fracaso espectacular. El crecimiento es más bajo de lo que fue en los 25 años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, y en su mayoría se acumuló en la cima de la escala de ingresos. Después de décadas de ingresos estancados o inclusive en caída para quienes están por abajo, el neoliberalismo debe decretarse muerto y enterrado.

Hay por lo menos tres alternativas políticas importantes que compiten para sucederlo: el nacionalismo de extrema derecha, el reformismo de centroizquierda y la izquierda progresista (la centroderecha representa el fracaso neoliberal). Sin embargo, con excepción de la izquierda progresista, estas alternativas siguen estando en deuda con alguna forma de la ideología que ha expirado (o debería haber expirado).

La centroizquierda, por ejemplo, representa al neoliberalismo con un rostro humano. Su objetivo es trasladar las políticas del ex presidente norteamericano Bill Clinton y del ex primer ministro británico Tony Blair al siglo XXI, haciendo sólo revisiones tenues a los modos prevalecientes de financiarización y globalización. Mientras tanto, la derecha nacionalista reniega de la globalización y culpa a los migrantes y a los extranjeros de todos los problemas de hoy. Aun así, como ha demostrado la presidencia de Donald Trump, no está menos comprometida –por lo menos en su variante norteamericana- con los recortes impositivos para los ricos, la desregulación y el achicamiento o eliminación de los programas sociales.

El tercer campo, en cambio, defiende lo que llamo capitalismo progresista, que prescribe una agenda económica radicalmente diferente, basada en cuatro prioridades. La primera es restablecer el equilibrio entre los mercados, el estado y la sociedad civil. El crecimiento económico lento, la creciente desigualdad, la inestabilidad financiera y la degradación ambiental son problemas nacidos del mercado y, por lo tanto, no pueden ser resueltos, ni lo serán, sólo por el mercado. Los gobiernos tienen la obligación de limitar y delinear los mercados a través de regulaciones ambientales, de salud, de seguridad ocupacional y de otros tipos. También es tarea del gobierno hacer lo que el mercado no puede hacer o no hará, como invertir activamente en investigación básica, tecnología, educación y la salud de sus votantes.

La segunda prioridad es reconocer que la “riqueza de las naciones” es el resultado de la investigación científica –aprender sobre el mundo que nos rodea- y de la organización social que permite que grandes grupos de personas trabajen juntos para el bien común. Los mercados siguen teniendo un rol crucial que desempeñar a la hora de facilitar la cooperación social, pero sólo cumplen este propósito si están subordinados al régimen de derecho y son objeto de controles democráticos. De lo contrario, los individuos pueden enriquecerse explotando a otros, generando riqueza a través de la búsqueda de renta en lugar de creando riqueza a través de una creatividad genuina. Muchos de los ricos de hoy tomaron la ruta de la explotación para llegar adonde están. Se han visto muy favorecidos por las políticas de Trump, que han alentado la búsqueda de renta destruyendo al mismo tiempo las fuentes subyacentes de creación de riqueza. El capitalismo progresista busca hacer precisamente lo contrario.

Esto nos lleva a la tercera prioridad: abordar el creciente problema del poder de mercado concentrado. Al explotar las ventajas de la información, comprar a potenciales competidores y crear barreras de entrada, las empresas dominantes pueden comprometerse en una búsqueda de renta de gran escala en detrimento de todos los demás. El incremento del poder del mercado corporativo, junto con la caída del poder de negociación de los trabajadores, ayuda a explicar por qué la desigualdad es tan alta y el crecimiento tan débil. A menos que el gobierno asuma un papel más activo de lo que prescribe el neoliberalismo, estos problemas probablemente se vuelvan mucho peores, debido a los avances en el campo de la robótica y la inteligencia artificial. 

El cuarto punto clave en la agenda progresista es disociar el poder económico de la influencia política. El poder económico y la influencia política se refuerzan mutuamente y se perpetúan a sí mismos, especialmente donde los individuos ricos y las corporaciones pueden gastar sin límite en las elecciones, como sucede en Estados Unidos. En la medida que Estados Unidos se acerque cada vez más a un sistema esencialmente antidemocrático de “un dólar, un voto”, el sistema de controles tan necesario para la democracia quizá no pueda resistir: nada podrá restringir el poder de los ricos. No se trata simplemente de un problema moral y político: a las economías con menos desigualdad en verdad les va mejor. Las reformas progresistas-capitalistas, por ende, tienen que empezar por recortar la influencia del dinero en la política y reducir la desigualdad de la riqueza.

No hay una solución mágica que pueda revertir el daño provocado por décadas de neoliberalismo. Pero una agenda integral según los lineamientos planteados más arriba decididamente puede hacerlo. Mucho dependerá de si los reformistas son tan decididos a la hora de combatir problemas tales como el excesivo poder del mercado y la desigualdad como lo es el sector privado para crearlos.

Una agenda integral debe centrarse en la educación, la investigación y las otras fuentes verdaderas de riqueza. Debe proteger al medio ambiente y combatir el cambio climático con la misma vigilancia que los partidarios del Nuevo Trato Verde en Estados Unidos y Rebelión contra la Extinción en el Reino Unido. Y debe ofrecer programas públicos que garanticen que a ningún ciudadano se le nieguen los requisitos básicos de una vida decente. Estos incluyen seguridad económica, acceso al trabajo y a un salario digno, atención médica y vivienda adecuada, un retiro seguro y una educación de calidad para los hijos.

Esta agenda es sumamente alcanzable; de hecho, no podemos noimplementarla. Las alternativas ofrecidas por los nacionalistas y los neoliberales garantizarían más estancamiento, desigualdad, degradación ambiental y acrimonia política, lo que conduciría potencialmente a desenlaces que ni siquiera queremos imaginar.

El capitalismo progresista no es un oxímoron. Más bien, es la alternativa más viable y vibrante para una ideología que claramente ha fracasado. Como tal, representa la mejor oportunidad que tenemos de escapar de nuestro malestar económico y político actual.

 

FUENTE: Project Syndicate

(*) Premio Nobel de Economía y profesor de la Universidad de Columbia, fue presidente del Consejo de Asesores Económicos del presidente Bill Clinton y se desempeñó como vicepresidente senior y economista jefe del Banco Mundial.

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hola@fundamentar.com (Joseph Stiglitz (*)) Opinión Tue, 30 Jul 2019 12:19:02 -0300