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Domingo, 07 Junio 2026 12:00

Creer en lo que se oye Destacado

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Tu esqueleto te trajo hasta aquí,
con un cuerpo hambriento, veloz.
Y aquí, gracias a Dios,
uno no cree en lo que oye…

“Un ángel para tu soledad” 
Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota

¿Hasta cuándo se extraña a una persona que no conocimos pero que nos ayudó a cambiar la forma de entender la vida a partir de su arte único e irrepetible? ¿Hasta cuándo se la llora y se convive con esta melancolía de un fin de semana que promete niebla y lluvia? Difícil de saberlo y como todo duelo, los días por venir serán parte de un proceso, de algo con lo que tenemos que aprender a convivir cotidianamente. 

La muerte de Carlos “Indio” Solari y todo lo que devino en las horas posteriores confirma esa genética tan definitivamente argentina: juntarse comunitariamente ante lo que nos conmueve. Puede confirmarse que también sucede en otras sociedades, pero no debemos descartar la especificidad local que, como pudo leerse en no pocos mensajes en redes y medios, esa comunidad no necesitó de un decreto para hacer un duelo de alguien amado. Guste o no, lo sucedido este 5 de junio de 2026 entra en el recorrido de las desapariciones de Hipólito Yrigoyen, Carlos Gardel, Eva Duarte, Juan Perón, Néstor Kirchner y de Diego Maradona. Las plazas terminan convertidas en espacios para el encuentro y para el abrazo, porque de alguna manera (vaya novedad) eso nos constituye.

Indio siempre fue el más político de nuestros rockeros. Durante años, tal vez décadas, no necesitó la referenciación partidaria (seguramente porque no la había) para hablar de hechos políticos. Y no hablamos exclusivamente de la belleza compositiva de “Vencedores vencidos” o de “Todo preso es político”. Nos referimos a la potencia de la poética de Oktubre, de “la pendejada de que todo es igual, todo lo mismo” en el Blues de La Libertad o, más acá en el tiempo, de la denuncia de “Pabellón Séptimo”. Supo preferir un octubre internacional, reivindicar las banderas rojas, negras y blancas en el corazón de cada uno de nosotros, como así también, posteriormente, definirse como un artista peronista.

Y si las letras encriptadas parecían un problema para los catadores de la poesía rockera, el paranaense supo confirmar hace mucho que, si bien sus letras iban en un sentido, él no era nadie para decirle a su público cómo debía conmoverse ante el hecho artístico en sí. ¿A quién carajo le importaba el falso debate si “Tarea fina” era dedicada a una mujer o a un par de líneas de merca? Valía por lo que a cada uno nos decía desde su interpretación, porque en el fondo, nadie quiere vivir en un lanchón buscando de qué reír. La soledad puede ser una posibilidad y un mecanismo de defensa, pero nunca será, si nos dan a elegir, nuestra primera opción.

Indio supo cantarle al amor en sus múltiples formatos. Y nos lo dijo de una manera única y visceral. Por eso, entre tantas cosas, el dolor. ¿O acaso alguien algún día no nos mandó al descenso con una mirada que nos volteó? ¿O tal vez no hemos estado pensando en alguien siempre? Allí está la tapa de “El ruiseñor, el amor y la muerte” como referencia del amor filial, en esa búsqueda que alguna vez mostró Solari.

Intentó romper la falsa dicotomía con el mundo Ceratti en, por lo menos, dos ocasiones públicas. En la primera, cuando en pleno fulgor ricotero, planteó que más allá de las estéticas debíamos tener cuidado con algunas diferenciaciones porque en el fondo, con el líder de Soda Stéreo lo unía mucho más la condición de artista de ambos, que la realidad cotidiana de un oficinista, por más fanático que se expresara. De una elegante manera nos decía que el antagonismo, ese deporte tan argento, era un sinsentido. En la segunda oportunidad, ante el fallecimiento del gran Gustavo, tuvo una despedida propia de la belleza de su poesía.

En tiempos de las redes inmediatas, la bandera de la independencia artística y comercial de cuarenta años atrás parece un fenómeno insólito. Junto con Skay y la Negra Poli recibieron cuestionamientos, envidias y por qué no, aprendizajes que de alguna manera estuvieron apalancados en que sus seguidores siempre dijeron presente. Otra vez, ¿quién le iba a imponer a su público qué lo conmovía, a diferencia de aquellos “muertos sin alma que la moda les sopla qué cosa pensar”?. 

Desde comienzos del movimiento ricotero siempre hubo una eticidad, tal vez no exenta de errores, como todo acto humano, pero que en definitiva era secundaria. El hecho artístico siempre resultó la razón de ser del asunto y con el bonus track del liderazgo de un personaje como Solari que ejercía un magnetismo que ciertas racionalidades no pueden ni saben explicar.

En las emocionalidades expuestas desde este doloroso viernes, puede confirmarse que cada uno construye a sus propios ídolos y que los moldea a su imagen y semejanza. Así como alguna vez Ernesto Cherquis Bialo supo definir de manera genial las múltiples personalidades del Diego, Solari aparece reivindicado en múltiples facetas, tantas como las que pueden comprender más de cuarenta años de estrellato rockero tratando de evitar la exposición pública: el músico independiente que no tranzó su razón de ser, el poeta que desde una cofradía derivó en un fenómeno de masas, el músico que supo reinventarse pese a la separación de una especie de otro yo y el artista comprometido que no se amilanó por su identidad política.

Pero, además, habrá una cosa que nadie podrá evitar: la del mito que atraviesa, por lo menos, a tres generaciones. Si antes prefería no creer en lo que oía, ahora, como deidad, Indio deberá aprender “a convivir” como un ángel de nuestras soledades. Eternas GRACIAS por habernos ayudado a soportar cada una de nuestras pesadas mochilas.

(*) Analista político de Fundamentar - @miguelhergomez

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