Lunes, 31 Agosto 2026 11:28

Loco, un poco Destacado

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Loco un poco, nada más,
casi parecés normal,
pero en la mirada ocultás algo detrás.

Simulando, sonriendo,
sin saber qué estás diciendo,
sucia la conciencia, pero claro el porvenir…

“Loco un poco” - Turf

En las últimas semanas han proliferado multiplicidad de análisis que ponen el eje sobre la salud mental del presidente Javier Milei. Los abordajes refieren a la cantidad de días que pasa sólo en la Residencia de Olivos, en quienes lo visitan, lo poco que concurre a la Casa Rosada, el peso cada vez más influyente de su hermana Karina en las decisiones ejecutivas, el escaso diálogo con el conglomerado libertario, la irascibilidad que muestra, la gestualidad que exhibe e incluso lo desalineado y mal entrazado que se presenta en algunas ocasiones. 

Al poner el foco en todas estas cuestiones, que son reales, muchos aliados (otrora profesionales de la medición de republicanismo en sangre) suelen justificar en que “son las formas” del presidente y cambian pantalla. Una adenda como al pasar: cuánta indignación expresada en ríos de tinta e interminables minutos de radio y televisión nos hubiéramos ahorrado si algunos años atrás estas almas de cristal no hubieren padecido alguna voz altisonante de Cristina Fernández de Kirchner y el dedo levantado de Alberto Fernández. Sigamos. 

En paralelo también, de la mano de incontables off the récords, no pocos hombres y mujeres del poder económico han dejado correr la idea de que el problema es Milei. De la mano de la caída de la imagen del primer mandatario, en el Círculo Rojo comenzaron a potenciar a “outsiders” que vendrían a garantizar, supuestamente, un modo más respetuoso de ejercicio del poder. De los nombres propios ya nos hemos ocupado en anteriores columnas y lo que puede decirse por ahora y sólo por ahora, es que a ninguno parece haberle dado el “piné” para comenzar a ser instalado de cara al electorado. 

Es ese sistema de poder el que también queda preso de sus propias contradicciones. La conducción de la UIA, organización que tiene un interesante desarrollo horizontal, convive con una crítica muy potente de aquellos sectores que se ven perjudicados por el modelo. A esto se agrega el reciente ejemplo de Mario Grinman, presidente de la Cámara Argentina de Comercio (CAC), quien en el reciente Council de las Américas no tuvo ningún empacho en declarar públicamente que “hay empresas que la están pasando mal, hay empresas que han cerrado y se han perdido puestos de trabajo. ¿Pero saben qué? Si ese es el precio que tenemos que pagar los argentinos para transformar nuestro país, vale la pena”. El problema aquí es que ambas organizaciones representan a las actividades gremiales más golpeadas por el modelo: la industria y el comercio. No se trata de que las conducciones se salven solas porque sus fortunas están protegidas, se trata de tener en cuenta en qué medida son representativas, en este caso, de la realidad de industriales y comerciantes. 

Aquella vieja promesa de Mauricio Macri de que en la hipótesis de un segundo mandato hubiera hecho lo mismo, pero más rápido, parece plasmarse en los días que habitamos. Y en los resultados también.

El libertarismo vernáculo ulula entre la ya antiquísima promesa de poder convertirnos en Alemania y el argumento del “filósofo” Alejandro Fantino que nos propone el multi empleo como forma de desarrollo personal, dando una vuelta de tuerca al tristemente célebre precepto cultural de que “estos negros de mierda no quieren laburar”, como forma de legitimación de la informalidad y de la precarización laboral.

El problema no son las formas, es el fondo. Si el problema fueran las formas, la elegida habría sido Patricia Bullrrich que, teniendo de asesor a Federico “el coloso” Sturzenegger proponía más o menos lo mismo y no un señor que en la campaña electoral justificaba la venta de órganos, que los padres no manden a sus hijos a la escuela, que prometiera la destrucción de nuestra moneda a la par de la desaparición del Banco Central y que nos comentara su admiración por la primer ministra británica Margaret Thatcher, criminal de guerra que nunca respondió por la atrocidad cometida contra el Crucero ARA General Belgrano.

Y el fondo no es el modelo económico que se impone a los garrotazos, a fuerza de maltratar jubilados, discapacitados, científicos, artistas, empleados estatales, y a todo aquel que se exprese críticamente, sino el modelo social al que aspiran tecno magnates libertarios, empresarios multimillonarios, y perejiles de ocasión que creen encontrar en la condición de rotos sociales de la gobernanza de turno, la más acabada representación de su añeja rotura.

En el fondo, más acá o más allá en el tiempo, ese modelo deviene en autodestructivo. Y empieza obviamente por la economía, donde, a la promesa de los espejitos de colores de una importación masiva, le sucede un mercado interno que profundiza su delgadez de bolsillos, aunque los Caputo boys nos quieran contar otra cosa, vía línea de créditos que copian mal y tarde al kirchnerismo que combatieron.

Pero en los tiempos de fingir demencia no debería llamarnos la atención que el sistema de poder vigente contenga a gobernadores que miran para otro lado en nombre de una modernidad que, a ciencia cierta nunca les llegará, pero que los obliga a hacerse cargo de funciones que, históricamente, le correspondían al Estado nacional y en el mientras tanto te lo venden como un éxito de gestión. Véase el ejemplo santafesino con las obras de acondicionamiento de la A012, del aeropuerto de Rosario y del Monumento Nacional a la Bandera.

A ese mismo sistema lo apaña un poder judicial que mira y no ve. En la chiquita, mientras estira plazos para la defensa de Manuel Adorni, y en la grande, donde la Corte Suprema de Justicia de la Nación sigue sin responder a las múltiples demandas judiciales que se plantean sobre el modelo (su silencio sobre el DNU 70/23 es una verdadera vergüenza) y todo ello en una semana donde el oficialismo logra el nombramiento de 67 jueces federales, cámara porteña incluida, con la anuencia, sorpresas de la vida, del peronismo senatorial. Lago Escondido nunca sucedió.

Pese a la caída en las encuestas y al deterioro en la imagen del presidente (aunque debe señalarse que el último Índice de Confianza del Gobierno medido por la Universidad Torcuato Di Tella dio una mejora del 6,4% respecto de Julio), cierto institucionalismo libertario goza de buena salud: el día miércoles consiguió la media sanción de las leyes de Inocencia Fiscal II (139 a 110) y de la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central (144 a 102). Si hablamos de contradicciones digamos que este último proyecto carga una en el orillo: si se justifica la misma en nombre de una supuesta independencia, ¿cómo se justifica que en el futuro el presidente del directorio sea nada más y nada menos que Santiago Bausili, socio de Luis Caputo en el negocio de las consultoras y mano derecha de la política implementada por la administración Milei en los últimos 32 meses? Dudas trepidantes.

Debe decirse no todo es color de rosa para el armado libertario en el palacio legislativo. En el mismo día que se regocijaba con la contundencia de las aprobaciones comentadas, sectores opositores en diputados lograban convocar a una sesión el día 9 de setiembre para el tratamiento de la problemática de la morosidad con un número nada desdeñable de 133 votos positivos. La circunstancia confirma tres situaciones: a. el escenario legislativo convive con acuerdos que se tejen ley por ley; b. la coyuntura deviene en tan delicada que habilita acuerdos de los cuales sólo se excluyen amarillos y violetas; y c. la cantidad de proyectos presentados (alrededor de 50) garantizan que el tema seguirá en agenda.

Los hechos ocurridos en el Colegio ORT, donde el presidente se presentó ante jóvenes de cuarto y quinto año y los arengó a insultar al periodismo, la forma en que se cocinó su llegada de la mano de la DAIA, los escasos cuestionamientos, acá sí debe decirse, a una forma violenta y descarnada de adoctrinamiento, refleja que, pese a lo que planteen algunos patrocinadores de ocasión el problema no es Milei, sino la época. 

Poner el eje en la supuesta locura del presidente es parte de un dispositivo que nos quiere hacer creer que muerto el perro se acaba la rabia. Y eso no es real. Aunque no lo vean en el Círculo Rojo y adyacencias, el modelo social al que aspiran deviene en autodestructivo. En el camino maximizan ganancias y tratan de dejar sentadas las bases para el condicionamiento de lo que pueda venir de la mano de mayor exclusión. Como entona el bueno de Joaquín Levinton, creen tener claro el porvenir. El tema es qué hacemos nosotros y los que dicen querer representarnos.

(*) Analista político de Fundamentar - @miguelhergomez

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