Martes, 24 Julio 2012 13:12

Estado de Bienestar

Valora este artículo
(0 votos)

army_0En medio de la crisis económica que vive EEUU, los militares parecen ser una isla. Ninguno de los sacrificios económicos que se le pide a la sociedad se les pide a las fuerzas armadas. El miedo a un mundo en transición, a las amenazas y a la falta de confianza en el poder civil coloca a los militares en un sitial de privilegio. Como dice la autora, "conozcan al socialismo militar de EEUU". Por ROSA BROOKS

 

En medio de la crisis económica que vive EEUU, los militares parecen ser una isla. Ninguno de los sacrificios económicos que se le pide a la sociedad se les pide a las fuerzas armadas. El miedo a un mundo en transición, a las amenazas y a la falta de confianza en el poder civil coloca a los militares en un sitial de privilegio. Como dice la autora, "conozcan al socialismo militar de EEUU"

______________________________________________________

army_0Cuenta la historia que F. Scott Fitzgerald, un crónico meticuloso de las clases sociales en EEUU, le dijo una vez a Ernest Hemingway, "los ricos son diferentes al resto de nosotros".

"Sí", fue la lacónica respuesta de Hemingway. "Tienen más dinero".

En nuestra época lo mismo podría decirse de las fuerzas armadas norteamericanas. ¿Son los militares diferentes del resto de nosotros? Sí... Tienen más dinero.

Esto es cierto en una multiplicidad de formas. Comenzando por la más obvia: si viésemos el gasto militar como sinónimo del gasto en defensa (lo cual es incorrecto, pero supongamos por el momento que es así) ¡la flauta si tienen dinero! En el 2011, los EEUU gastaron un monto aproximado de 768 mil millones de dólares en defensa. Y el monto gastado en este rubro ha bajado muy poco desde entonces. Para cuando terminé un periodo de dos años como consejera política del subsecretario de defensa en el verano de 2011, empezábamos a referirnos con tristeza respecto a la época de austeridad que, preveíamos, se avecinaba. Sin embargo, el presupuesto del Pentágono sigue empequeñeciendo a cualquier otro con el que se lo compare. El pobre Departamento de Estado, por ejemplo, comparte unos miserables 55 mil millones de dólares con USAID y otro numeroso grupo de programas internacionales.

Este año, el Congreso y la Casa Blanca están midiendo fuerzas alrededor de las asignaciones presupuestarias, las cuales podrían forzar a recortes draconianos en el gasto militar si el Congreso no logra evitarlo. Pero con políticos de ambos partidos compitiendo por demostrar su amor por todas las cosas en el Pentágono, no sería descabellado asumir que un compromiso de última hora pueda ser alcanzado. El total de la torta presupuestaria podría reducirse durante la próxima década, pero apuesto mi caja de ahorro a que la porción del Departamento de Defensa crecerá mientras que la del Departamento de Estado se seguirá encogiendo.

Pero no es sólo desde la perspectiva del presupuesto nacional que los militares tienen más dinero. De acuerdo con la Oficina Presupuestaria del Congreso, el miembro promedio de las fuerzas armadas está mejor pago que el 75 por ciento de los trabajadores federales con una experiencia comparable. Los miembros de las fuerzas armadas y sus familias también pueden acceder a los programas sociales más generosos que puede ofrecer el país (aunque, casi con seguridad, sean insostenibles).

Como esposa de un oficial de carrera del ejército, me quedé atónita por el número de beneficios que tenía a mi disposición. ¿Cobertura de Salud? Gratis! ¿Alimentos? Los Comisionados Militares les reintegran a las familias de las fuerzas armadas cerca del 30 por ciento de sus compras en tiendas civiles. ¿Beneficios educativos? El personal de carrera puede esperar que las fuerzas armadas le financien una educación superior; y la ley post 11 de Septiembre "GI Bill" le provee más de 36 meses de beneficios a veteranos los cuales ascienden, en efecto, al total de la matrícula y los honorarios correspondientes a cuatro años académicos (los beneficios educativos pueden, además, ser transferidos a los familiares).

¿Vivienda? Gratis en la base y subsidiada fuera de ella (el subsidio por vivienda es más alto de acuerdo al tamaño de la familia. Lo que se dice, de cada cual de acuerdo a sus capacidades, a cada cual de acuerdo a sus necesidades). ¿Jubilación? Luego de 20 años de servicio, el personal militar puede retirarse e inmediatamente comenzar a percibir, a poco de cumplir 40 años o más, una pensión anual equivalente a la mitad de su salario por el resto de su vida. Cualquiera que piense que el socialismo fracasó en los EEUU, ciertamente nunca ha pasado un tiempo en una base militar.

Los generosos beneficios que otorgamos a los militares reflejan la creciente estima que mantenemos por nuestras fuerzas armadas. A pesar del (o debido al) decreciente número de estadounidenses enrolados o que tienen algún pariente enrolado, el apoyo a los militares se ha convertido en una religión civil en EEUU.

Esto en parte se debe a que reconocemos que, al tener unas fuerzas armadas voluntarias, son unos pocos realmente los que hacen sacrificios por los muchos. Los largos periodos de despliegue a lo largo de la última década –sin mencionar los miles que han muerto o han sido heridos– han causado estragos en las familias de los militares y en las comunidades, mientras la mayor parte de los estadounidenses viven su vida plenamente sin ser tocados por el terrorismo y la guerra.

Sin embargo, esto no alcanza para entender los desproporcionados beneficios que les otorgamos a los militares. Una enorme cantidad de estadounidenses sirven a su nación en áreas vitales –piensen solamente en los maestros de escuelas públicas o las enfermeras– y otra gran cantidad, desde los pescadores a los bomberos, tienen trabajos peligrosos. Pero no nos sentimos inclinados a otorgar cobertura gratuita de salud y vivienda a los maestros o a los bomberos.

Nuestra predisposición a arrojar dinero a los militares sin tener en cuenta la necesidad o el costo refleja la profunda ansiedad respecto del mundo cambiante en el que vivimos, en combinación con un sentimiento generalizado de que las fuerzas armadas son una de las pocas instituciones funcionales que quedan.

El mundo nos da miedo y por buenas razones: colapso económico, estancamiento político, poderes en ascenso con predisposición a robarnos nuestro almuerzo, inestabilidad global, terrorismo, violencia en el Medio Oriente, la caída de reservas de combustibles fósiles, cambio climático... una lista más que suficiente para dejarnos con una sensación acuciante de que alguien debe hacer algo.

Y los estadounidenses ponen sus ojos en los militares para "arreglar las cosas". Después de todo, se puede confiar en que los militares vayan a donde se les pide. En el 2012, el 75 por ciento de la población le respondió a Gallup que confían totalmente o muchísimo en los militares. En contraste, sólo el 37 por ciento tiene confianza en la presidencia y un pobre 13 por ciento deposita su confianza en el Congreso.

Como resultado de esto, los militares se han convertido en nuestra herramienta favorita para arreglar todo aquello que parezca roto. Hoy esperamos que los militares planifiquen programas agrícolas en Afganistán, que nos protejan de ciber ataques, que promuevan programas de debate político radial en Irak y que manejen centros de salud en Mali. Queremos que los militares lleven ayuda humanitaria a Japón, que reúnan inteligencia, y que convenzan a los militares egipcios de respetar la democracia. También queremos a los militares ocupados aquí en casa, ayudando a combatir incendios forestales, custodiando la Estación Central de Nueva York y deteniendo la inmigración ilegal en Arizona.

Estamos habilitando cada vez más a los militares a asumir una multiplicidad de tareas que hasta hace tiempo atrás eran consideradas como competencia de los gobiernos locales o de otras agencias gubernamentales. Inevitablemente, esto diluye la frontera entre lo que constituye una tarea específica de las fuerzas armadas y aquellas que son específicamente competencia civil. Lo cual a su vez nos lleva a preguntas más profundas: ¿debemos ver este desarrollo de los acontecimientos como una militarización de la política exterior norteamericana (y, de forma creciente, también de la política doméstica)? ¿O es un fenómeno que se comprende mejor como algo diferente –quizás como la "civilanización" de las fuerzas armadas, o su metamorfosis en algo aún desconocido, en apoyo de objetivos estratégicos poco claros?

Dicho de otro modo, en el mundo globalizado e interconectado de la actualidad –en el cual la línea demarcatoria entre "guerra" y otras clases de "amenazas a la seguridad" se desvanecen, y en el cual es cada vez más difícil distinguir entre campos de batalla y zonas de paz, entre internacional y doméstico, entre civiles y combatientes– ¿que son exactamente las fuerzas armadas norteamericanas? Más precisamente ¿para qué se las utiliza? (y si la respuesta es "para todo" entonces qué ocurre con el control civil sobre las fuerzas armadas).

Desafortunadamente, al mismo tiempo que se les pide cada vez más a las fuerzas armadas, las comprendemos cada vez menos. El personal militar ciertamente se siente incomprendido: en su relevamiento anual realizado en el 2012, la publicación Military Times encontró que más del 75 por ciento de todo el personal activo y los reservistas sienten que "la comunidad militar tiene poco en común con el resto del país y que la mayoría de los civiles no comprende a los militares".

Muchos civiles no dudan en decir lo mismo. Y eso es francamente algo preocupante dado el rol en expansión que tienen los militares. Lo que la mayor parte de la sociedad civil sabe, en definitiva, es que las fuerzas armadas tienen más dinero. Y a pesar del debate en torno a las asignaciones presupuestarias, parecemos determinados a que eso continúe inalterable. 

 

FUENTE: Foreign Policy

Más en esta categoría: « La Mala Sociedad Esa Mujer »
Inicia sesión para enviar comentarios