Miércoles, 05 Septiembre 2012 23:38

La Gran Noche de Michelle

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michelle-obama-intervencion-478x270El primer día de la Convención Demócrata estaba pensado para introducir los nuevos rostros del partido. Sin embargo, la primera dama se robó la noche. Por JOHN CASSIDY

 

El primer día de la Convención Demócrata estaba pensado para introducir los nuevos rostros del partido. Sin embargo, la primera dama se robó la noche

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michelle-obama-intervencion-478x270El climax de la primera noche de la Convención Nacional Demócrata había sido diseñado como la oportunidad para que los estadounidenses puedan conocer al nuevo Obama –el Obama hispano, Julián Castro, el alcalde de San Antonio de 37 años– y para que la primera dama, Michelle Obama, diga algunas cosas lindas del viejo Obama, el velozmente encanecido presidente que compite cabeza a cabeza en las encuestas con un estirado llamado Mitt Romney.

No resultó así. Castro, luego de un comienzo lento, disparó algunas municiones contra don Mitt, y en líneas generales hizo un buen repaso de su propia historia. Pero la primera dama, en un desempeño sobresaliente, lo ensombreció completamente. Combinando testimonios personales ("amo a mi esposo hoy más de lo que lo amaba hace cuatro años") con detalles no conocidos de la Casa Blanca (el presidente "elaborando estrategias con las amistades de la escuela" con sus hijas) y retórica reaganesca ("nunca olvidemos que hacer lo imposible es la historia de esta nación"), se quitó el manto de persona doméstica que ha estado llevando a lo largo de los pasados tres años y medio y emergió como una figura de peso por derecho propio. Hacia el final de su discurso, Twitter se inundó con especulaciones sobre si sería candidata a presidente algún día, aunque Jodi Kantor, quien escribió un libro sobre los Obama, afirmó que eso jamás sucedería: "si Michelle se presenta como candidata, me como mi libro entero", dijo Kantor.

No hay nada como una historia hecha a medida para una prensa hambrienta, como para salir adelante por sí misma. Por el momento, digamos simplemente lo evidente: Michelle Obama pronunció un discurso del que su esposo, el orador en jefe, estaría por demás de orgulloso. Luego de una noche de entusiastas, aunque previsibles señalamientos de las cuentas en bancos suizos de Romney y las alabanzas por la decisión de Obama de salvar a la industria automotriz, ponerle fin a la política "No Preguntar, No Comentar" sobre los gays en la milicia, y la aprobación de la reforma del sistema de salud, ella puso de pie al Time Warner Cable Arena, hogar de los Charlotte Bobcats. Cuando abandonó el escenario, muchas personas en la audiencia pedían un bis y, seguramente, lo mismo estarían haciendo su esposo y sus hijas quienes estaban viéndola en televisión desde la Casa Blanca.

Inevitablemente vendrán las comparaciones con el discurso de Ann Romney en Tampa la semana pasada. Teniendo que afrontar la difícil tarea de humanizar a un ingeniero financiero que hizo millones de dólares vaciando compañías para luego sacar enormes beneficios de sus operaciones, la sra. Romney lo hizo admirablemente. Pero la sra. Obama lo hizo mejor. En parte se debió a que su discurso, presumiblemente escrito por ella misma, fue superior.

Comenzando por ofrecer una plegaria por los innumerables estadounidenses, particularmente los veteranos y sus familias a las que conoció en los últimos cuatro años, hizo un recorrido de su historia personal con Obama, su reticencia inicial a mudarse a Washington, del padre trabajador que la inspiró, de la abuela trabajadora que inspiró a su esposo, y finalmente retornando a la vida que ella y su marido han llevado adelante en la Casa Blanca donde "a él no le importaba qué era lo más fácil de hacer políticamente –no fue esa la forma en la que fue criado– le importaba qué era lo correcto".

No fue sólo un buen discurso, fue una performance dramática. Con una vestimenta muy cuidada, se hizo presente en el escenario para así recibir una ovación de pie que duró dos largos minutos. Luego de unos balbuceos iniciales, que algunas personas en Twitter sugirieron que fueron una estrategia de efecto, habló sin problemas y sin falla alguna. A pesar de que estaba frente al teleprompter, ella tenía claramente memorizado el discurso al punto de parecer que estuviese hablando espontáneamente.

Creo que lo mejor vino cuando habló de los valores de sus padres y de sus abuelos imbuyeron tanto en ella como en Barack. Volvió a narrar la historia de su padre, que desafió la esclerosis múltiple para levantarse día a día para ir a trabajar a la planta procesadora de agua potable de la ciudad, en la cual ganó el dinero suficiente para ayudar a pagar los créditos universitarios de sus hijos (luego de las ayudas financieras y los préstamos).

Y cada semestre pagó sus impuestos a tiempo, aun tomando algún crédito cuando el dinero no le alcanzaba. Estaba tan orgulloso de poder enviar a sus hijos a la universidad... y se aseguró que nunca nos perdiésemos un plazo de inscripción porque su cheque no llegase a tiempo. Verán, para mi padre, eso era lo que significaba ser un hombre. Como muchos de nosotros, esa era la medida del éxito en la vida –ser capaz de procurarse una vida decente que le permita sostener a su familia–. Y en tanto conocí a Barack, me di cuenta que a pesar de que creció en el otro extremo del país, él fue criado tal como yo.

Fue un pasaje poderoso, y no terminó ahí. Ella continuó de esta manera:

Aprendimos acerca de la dignidad y la decencia –de cómo el trabajo duro importa más que cuánto posees... Eso significa ayudar a los demás más que ponerse uno por delante. Aprendimos sobre honestidad e integridad –que la verdad importa–. Que uno no toma atajos o juega con sus propias reglas... y el éxito no cuenta a menos que lo alcances de manera justa. Aprendimos sobre gratitud y humildad –que todas las personas que han puesto lo suyo para que nosotros seamos exitosos, desde los maestros que nos inspiraron a los empleados que mantenían nuestras escuelas limpias... y nos enseñaron a valorar la contribución de cada persona y a tratar a todos con el debido respeto.

Esos son los valores que Barack y yo –y tantos como ustedes– están intentando enseñar a sus hijos. Así es como somos.

En la parte final del discurso insistió en que, al pelear por cosas tales como la equiparación del salario entre hombres y mujeres, cobertura de salud universal, y rescatando a la industria automotriz, Obama estaba haciendo simplemente lo que siempre hizo.

Barack conoce el sueño americano porque lo ha vivido... y él quiere que todos en este país tengan la misma oportunidad, no importa quién seamos, o de dónde vengamos, o cómo lucimos, o a quién amamos. Y cree que cuando ustedes trabajan duro, y lo hacen bien, y atraviesan la puerta de la oportunidad... no la cierran detrás de ustedes... estiran la mano y le dan a otros las mismas chances que los ayudaron a tener éxito.

Así que cuando la gente me pregunta si estar en la Casa Blanca ha cambiado a mi esposo puedo decirles honestamente que en lo que se refiere a su carácter, a sus convicciones y a su corazón, Barack Obama sigue siendo el mismo hombre del que me enamoré hace tantos años. Es el mismo hombre que inició su carrera resignando trabajos con altos salarios e insistió en trabajar en comunidades en dificultades, donde la planta metalúrgica había cerrado sus puertas, luchando por reconstruir esas comunidades y hacer que esas personas puedan volver a trabajar... debido a Barack, el éxito no se trata de cuánto dinero tienes, se trata de la diferencia que puedas hacer en la vida de las personas.

Si esa última línea fue un puñetazo indirecto al rival de su esposo, fue la única en todo el discurso. En lugar de intentar derrumbar a Romney y a los republicanos, intentó elevar la figura de su esposo y la de su trabajo, asegurándole a los demócratas decepcionados y a los independientes que ella, por su parte, seguía teniendo fe en él. Obviamente, se trata de una visión parcializada. Ella pasa por alto la cómoda crianza de Obama en Hawai, no menciona su rol en el rescate de los bancos de Wall Street y no menciona la crisis inmobiliaria, el déficit creciente, o la caída en los ingresos medios. Pero ese está lejos de ser su rol. Ella llegó para impulsar a Obama, y al hacerlo demostró que un discurso efectivo puedo no estar plagado de líneas agresivas. Afirmaciones directas, expresiones sinceras sobre sentimientos personales, y una pizca de poesía pueden hacer muy bien el trabajo.

Así que alabemos a Michelle Obama, una mujer alta, glamorosa, elegante y una hija de carácter de la ciudad de los vientos que finalmente se valió por sí misma, sin disculpas o histrionismos. Ella bien puede haber sido sincera cuando dijo que no tiene ambiciones políticas. Pero luego del martes a la noche, la opción siempre estará ahí.

 

FUENTE: The New Yorker 

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