Domingo, 24 Julio 2022 11:36

Corridas de San Fermín

Escrito por Miguel Gómez (*)
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Uno de enero,
dos de febrero,
tres de marzo,
cuatro de abril,
cinco de mayo,
seis de junio,
siete de julio San Fermín.
A Pamplona hemos de ir
con una media, con una media.
A Pamplona hemos de ir
con una media y un calcetín.
Ignacio Baleztena

El rito se reitera desde hace varios siglos. Se trata de una celebración sobre el santo de San Fermín en la Navarra española. Allá por la década del ’20 del siglo pasado, el aporte de Ernest Hemingway supo darle fama internacional a una fiesta de 204 horas que comienza el 6 de julio de cada año y culmina ocho días después, a la medianoche. Entre tanta algarabía popular ocurre el encierro, una carrera de 800 metros donde los participantes se colocan delante de tres toros a los fines de llevarlos al corral. La gracia consiste en no ser alcanzados por los pobres animales evitando sus cornadas que, a veces, pueden ser mortales. Las calles son angostas y sólo queda ir hacia adelante. En el medio hay caídos, heridos y amontonamientos. Los que la han vivido, reivindican la adrenalina y la emoción que suceden en escasos tres minutos. Como en el julio vasco, la economía y la política argentina, cada día se empiezan a parecer más a una carrera de San Fermín, donde muchos corren para adelante en un sinsentido que, seguramente, dejará a unos cuantos al costado del camino. Repasemos.

Es indudable que la crisis potencia los extremos. Por un lado, a comienzos de semana Juan Grabois se hizo notar afirmando en pleno acto sobre el puente Pueyrredón de estar dispuesto a dejar la sangre en esta coyuntura histórica del país. No conforme con eso, que algún bienintencionado podía imaginar como un exceso en el medio de una marcha popular, más tarde, a la noche y en pleno set televisivo de C5N no dudó en afirmar que utilizaba ese tono declarativo porque prefería eso a tener que lamentar saqueos futuros.

Por el otro lado, el día viernes se conoció un video del carapintada Aldo Rico, en una especie de proclama militar, donde parándose como hombre que luchó en dos guerras, la de la subversión y la de Malvinas, convocaba a sus camaradas a pasar a la acción en nombre de la república. El anacrónico mensaje parecía una respuesta inicial a los dichos sobre la “sangre” del dirigente piquetero cercano al Papa Francisco. El resto de su discurso es una retahíla que muestra, antes que nada, la confusión ideológica (un militar supuestamente nacionalista reivindicando al sujeto “chacarero” resulta too much) y el ostracismo político en el que ha caído el ex intendente de San Miguel.

Para quienes no nos cocemos en el primer hervor, escuchar palabras como saqueos, hiperinflación, lucha subversiva, derramamiento de sangre o el “Viva la patria” en tono militar, no puede menos que generarnos un sentimiento de preocupación. Aunque debe decirse que de alguna manera algo une a semejantes personajes: un registro fuera de tiempo. Al primero porque aparece con un tono y un rostro desencajado que hasta hace tres semanas no tenía y denunciando una pobreza galopante que nunca se proyecta en los términos que Grabois plantea. Al segundo se le debe agregar que está fuera del registro histórico, desconociendo las transformaciones que han operado en el seno de la sociedad argentina en, por lo menos, las últimas dos décadas.

También en el comienzo de la semana, Cristina Fernández de Kirchner (con apoyo del presidente) salió a denunciar de manera medular el comportamiento bochornoso de lo que ella define como el partido Judicial y que indudablemente bien se explica en esta última encuesta de Zuban – Cordoba y Asociados, donde la imagen negativa de la justicia federal llega al 77% de los encuestados. Pero más allá de lo que correctamente identifique la vicepresidenta, esa denuncia no mueve el amperímetro de la política en formato de novedad alguna. Para la oposición, porque habiendo sido responsable del Lawfare, le cabe la definición que entre bueyes no hay cornadas y al conjunto social porque, de alguna manera, está preocupada por cuestiones más urgentes, esas que refieren al aumento de la inflación, a la corrida cambiaria y al impacto que ello puede tener en el día a día de cada uno de nosotros.

Tiene razón el presidente Alberto Fernández cuando afirma las condiciones en que el actual oficialismo asumió el poder, la implicancia de la pandemia, las consecuencias de la guerra en el precio internacional de ciertos bienes y que, pese a todo, el país ha logrado reducir el desempleo y hacer crecer la economía, habiendo logrado consagrar derechos y beneficios que eran impensados 30 meses atrás.

Pero también debe decirse que hoy el gobierno aparece debilitado en términos políticos. Por una situación heredada que ya conocía de antemano (deuda con bonistas extranjeros y con el FMI) y por los errores propios que han condicionado cierto relacionamiento político desde setiembre hasta acá. Si la semana pasada, en el último artículo, comentábamos que a las reuniones de la conducción política del Frente de Todos, le faltaba una mayor visualización que se tradujera en hechos políticos concretos, esa idea circuló durante toda la semana como un reclamo cada vez más palpable de todo el arco político frentetodista. Por momentos, Silvina Batakis aparece muy sola y expuesta a los vaivenes de una coalición que ya no sólo tiene problemas comunicación, sino el más gravoso de una ausencia de coordinada construcción política.

Si en mayo de 2019 se tejió un acuerdo electoral que derivó, una vez ganadas las elecciones, en un formato determinado de gobierno, vale preguntarse si el mismo no merece ser reformulado y si, en definitiva, la foto que no llega, la de Sergio Massa, Cristina Fernández de Kirchner y Alberto Fernández en un anuncio conjunto de las medidas que vienen, no son parte de un desacuerdo implícito sobre el que nadie quiere poner el cuerpo.

Valga un ejemplo como muestra: si el gobierno finalmente se decidiera a imponer una baja temporal de las retenciones, para hacerse de los dólares que el sector primario no está liquidando; no es seguro que algunos de los aliados no vean a esta decisión como una derrota política en sí misma. Las dudas, debe decirse, no quedan allí, ya que silobolsas y silos mediante, no son pocos los actores económicos de la actividad primaria que imaginan que pueden seguir esperando por una devaluación del dólar oficial.

Del otro lado, como decía mi abuela, no se andan con chiquitas. La oposición encarnada en Juntos por el Cambio y en los sectores de la prensa hegemónica pareciera disfrutar su momento. A contramano de la responsabilidad del electo presidente Fernández cuando en agosto de 2019, luego de su triunfo electoral y de la siesta cambiaria macrista, salió a dar una respuesta tranquilizadora a los mercados en particular y a la sociedad en general, el team amarillo no parece comportarse con la misma responsabilidad.

Desde las declaraciones de Patricia Bullrich, a la sazón (y a nunca olvidarlo) presidenta de uno de los principales partidos de la oposición, que reconoce estar preparada para “asumir ya”; pasando por el coqueteo con declaraciones de diversos dirigentes que dicen mirar de costado el andamiaje jurídico argentino ante una eventual sucesión presidencial; hasta llegar a la irresponsabilidad fogoneada en redes y medios sobre la renuncia de Alberto Fernández; o los dichos de un tal Claver Carone ex funcionario trumpista que presionó al FMI para que Macri consiguiera un crédito de U$s57.000 millones, y que hoy, desde el BID, le niega al Estado argentino un crédito de U$s500 millones porque dice que la Argentina es insolvente; sólo hay una delgada línea de comunicación. A veces más visible, a veces imperceptible. Pero hay que afinar la mirada.

La oposición de Juntos por el Cambio insiste con el ya tristemente célebre “cuanto peor, mejor”, pero ya no para que el pueblo alcance cierta conciencia de su rol histórico (como en la versión original), sino para lograr una legitimidad que suponga poner patas para arriba el andamiaje de la estructura social argentina, con un ajuste de proporciones, y donde, a diferencia de los 90’, no vendría por la privatizaciones sino por todo lo que refiera a la ayuda social y la posibilidad concreta de retomar negocios con las enormes posibilidades que en materia energética cuenta el país en el mediano plazo.

En las fiestas de San Fermín, más allá de nuestro gusto a la distancia (o nuestro desagrado), las corridas son celebratorias. El pueblo se reúne en las calles para renovar un encuentro que, más allá de la evolución social, ha sabido perdurar en el tiempo. En nuestras corridas, las más cercanas, esas que se emparentan con un golpe de mercado que permita imponer una devaluación que empobrezca aún más a los argentinos, es probable que, a contramano de la fiesta vasca, los festejantes sean unos pocos y los sufrientes, la mayoría.

(*) Analista político de Fundamentar - @miguelhergomez

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