Domingo, 20 Marzo 2022 11:47

Vaivenes

Escrito por Miguel Gómez (*)
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Romántica entonaba los poemas más brillantes,
susurrando al oído de mil representantes
Te amo, te odio, dame más…

Serú Girán

La última semana del verano 2021 – 2022 trajo una serie de novedades que tuvo al conjunto de los argentinos en el vaivén de sensaciones que, como resulta obvio, se reflejó en el sistema político. Son varios los hechos a comentar. De los formales e institucionales y de los otros. De sus preguntas y respuestas trata este artículo que se escribe en el fresco de una mañana que preanuncia la llegada del otoño. Pasen y vean.

La aprobación en formato de ley del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional en la noche del jueves, casi madrugada del viernes, se pareció en mucho a un trámite legislativo. Si nos tomamos el trabajo de recordar los orígenes de la presentación del proyecto en la Cámara de Diputados, sus consecuencias (renuncia de Máximo Kirchner a la jefatura del bloque del Frente de Todos) y la atención puesta sobre los dimes y diretes de su tratamiento, nos daremos cuenta que el asunto fue decantando de mayor a menor.

Si en la cámara baja se especulaba hasta último momento con no articular discursos encendidos de un lado y de otro, a partir de las conveniencias de cada una de las partes y que aquí dimos cuenta en el artículo del fin de semana anterior; lo real y concreto es que en el Senado el procedimiento fue tan disímil que, además de lograr un tratamiento express (tanto como lo habilita su reglamento), tuvimos la oportunidad de escuchar el discurso de cierre del senador José Mayans, el cual, más allá de la falta de formalismos que a algunos parece caerles mal, supo mostrar con pelos y señales, porqué Argentina había llegado a la presente coyuntura.

Pero lo que también debe incluirse en la idea del mayor a menor, es la relación de armonía en el Frente de Todos. Cuesta encontrar gestos que vayan en el sentido de apaciguar las aguas que, no bajarán turbias al decir de Hugo del Carril, pero sí turbulentas. La reunión del senador Oscar Parrilli (en su despacho) con el politólogo Eric Toussaint quien pide la abolición de la deuda argentina ante el FMI; la ausencia de Cristina Fernández de Kirchner del Senado en el momento de la votación del proyecto oficialista; la visualización pública de la carta de Darío Martínez, secretario de Energía de la Nación, dirigida al ministro de Economía donde pone en duda la provisión de gas para el invierno que se avecina y las declaraciones de la vocera del gobierno Gabriela Cerutti, afirmando que la vicepresidenta no había atendido el llamado del presidente a la hora de interiorizarse por el ataque a su oficina en la Cámara Alta; parecen indicarnos que algunos se contagiaron del espíritu belicoso que se impone por estos días en el mundo.

La palabra guerra ha poblado nuevamente cierta discursividad, ganando espacio y centimetraje en los medios de comunicación, pero también en el vocabulario y acciones de dirigentes que, tal vez, deberían plantear otras propuestas. Las guardias están altas, algunos mensajes parecen cifrados para ser decodificados por los propios (o los que se suponen como tal) antes que dirigidos claramente al conjunto de la ciudadanía. Debe decirse: es una guerra equivocada. Y eso tal vez pueda explicarse a partir de dos situaciones que, si se le prestara la atención debida, podría ayudar a aliviar tensiones.

La primera refiere al resultado político de la votación del proyecto de acuerdo con el FMI, el cual reflejó un amplio consenso en ambas cámaras. Hilando fino, al mirar la interna del FDT, resulta evidente que el cristinismo quedó en una clara posición de minoría. Es tal lo impropio de la situación que, el espacio político que viene a resolver el desastre de la deuda generada por el gobierno anterior, termina el proceso claramente debilitado y, quienes dejaron a la Argentina al borde del default con el organismo de des/crédito internacional, se pavonean institucional y mediáticamente como juiciosos y responsables dirigentes que han resultado decisivos para ayudar en la previsibilidad económica del país. Un verdadero sin sentido que demuestra que, en política, dos más dos no necesariamente es cuatro.

La segunda situación que enmarca la guerra equivocada alcanza a la figura de Alberto Fernández. Nominado por la ex presidenta quien, como decimos siempre, comprendió mejor que nadie los límites que podía tener un triunfo kirchnerista en 2019, justamente fue elegido, entre otras razones, por su condición de “moderado”. Para ser sintéticos, su trayectoria política, antes y después de referenciar en el kirchnerismo no se había caracterizado por sostener posiciones extremas.

El problema, que nadie podía prever hace 34 meses atrás, es que, a partir de 2020, el mundo viviría tiempos excepcionales. Habrá quienes sentencien a esto como una excusa, pero la pandemia no sólo alteró nuestros micromundos con su reguero de contagio, enfermedades y muertes, sino que, como no podía ser de otra manera, alteró la vida comunitaria. Y la política que no se hace en un frasco, no puede quedar afuera de esas limitaciones. A su vez, los oficialismos, que son los encargados de procesar las malas nuevas, pagaron un alto costo a lo largo y ancho del planeta.

No se pretende aquí exculpar al Frente de Todos de la derrota de medio término de hace cuatro meses atrás, de la cual podemos concluir que se dio en un contexto con ciertas particularidades que ya hemos comentado en este mismo portal pero que nunca vienen mal recordar: un deterioro económico producto de la pandemia y mejora posterior de la macroeconomía que no llegó a todos los bolsillos, errores de comunicación y de ejemplaridad en el tratamiento del Covid, cierta recurrencia a hablarle a los propios y no al conjunto y la persistencia de la inflación como mal endémico de la Argentina.

En ese sentido el día martes tuvimos una mala de las reales. Y no por conocida de antemano, deja de impactar en el ánimo social que el Índice General de Precios creció un 4,7% en febrero y la canasta alimentaria un 7,5%. La respuesta gubernamental inicial vino en un formato de declaraciones del presidente que se tomaron más como burla que como verdadera dimensión del problema.

A comienzos de semana se conoció el cierre de las exportaciones de la harina y del aceite de soja y se especuló con un aumento de las retenciones a esos productos. Sobre el final de la misma, en la noche del viernes, el presidente de la Nación se dirigió al conjunto de la población para informar que, una vez aprobado el acuerdo con el FMI, su gestión focalizará su accionar en reducir los niveles inflacionarios.

El discurso referenció en un Fernández auténtico. Enmarcó el problema, dio definiciones que contextualizan la coyuntura nacional e internacional, aportó datos que refieren a la importancia estratégica de países como Rusia e Ucrania en la comercialización de granos, convocó, una vez más, a grandes consensos e informó que serán sus ministros los encargados de ir notificando las medidas que se vayan tomando.

Inicialmente, el hecho político en sí dejó gusto a poco, pero, con el devenir de la madrugada, al conocerse la publicación del decreto que confirma el aumento de las retenciones a los productos antes señalados, se dejó en la manga un as que en política paga y muy bien: el factor sorpresa. ¿Lógica de guerra? No resulta del todo estimulante hacer análisis político con cierta terminología, pero no deja de ser evidente que el gobierno debe demostrar algo más que la convocatoria a una mesa a discutir los grandes temas del país.

En la semana hubo un ejemplo claro. El Consorcio ABC de Frigoríficos Exportadores de Carne había informado que se retiraba del acuerdo suscripto con el gobierno algunos meses atrás el cual habilitaba un aumento mensual del 2%. En los días previos el precio había comenzado a dispararse y debió intervenir directamente el ministro Julián Domínguez quien, luego de una reunión con el sector, informó vía Twitter que, si no se modificaba la situación, se cerrarían las exportaciones. Resultado del diferendo: los señores empresarios volvieron al espacio de discusión. Ante esto, dos preguntas: ¿bajará el precio de la carne al de días atrás o todo fue una burda operación para terminar avalando un aumento?, ¿tiene sentido amenazar con sancionar si, efectivamente, una de las partes violó el acuerdo? La respuesta, como siempre, se la dejo a ustedes queridos lectores y lectoras.

Pero como uno tiene más preguntas que respuestas, vale señalar otra duda más. Hay que indagar sobre si en tiempos excepcionales, corresponden medidas moderadas de supuestos acuerdos que, hasta ahora, poco efectivos han resultado. Si algo caracterizó al kirchnerismo del que Alberto Fernández formó parte (y del que no) fue la originalidad en medidas económicas que, a la vez que consagraban derechos, desconcertaban a sus adversarios, guardando siempre la iniciativa para sí. Pero también, y en simultáneo, entendía de los límites que la política impone en un contexto de debilidad, tal y como lo supo reconocer implícitamente en los acuerdos con el FMI en el período 2003 – 2006.

La hora exige audacia en las decisiones y convencimiento pleno de la idea de unidad. Dicho de ese modo, se nos podría acusar de una inocencia insalvable, sobre todo cuando se escuchan y observan ciertos movimientos cotidianos de la política. Pero si nadie se salva solo, y eso es irreductiblemente cierto, tal vez las diferencias puedan empezar a zanjarse si se parte de cierta generosidad en lo que supone la existencia del otro. Bajar la guardia, escuchar y entenderse con los propios. Esa tal vez sea la forma de superar algunos vaivenes, para que el "te amo, te odio, dame más”, sea solo un párrafo de una bella y vieja canción, antes que una recurrencia política del oficialismo argentino.

(*) Analista político de Fundamentar - @miguelhergomez

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