El 30 de octubre de 2025 el presidente estadounidense, Donald Trump, se reunió con su par chino, Xi Jinping, en Busan, Corea del Sur, al margen de la cumbre de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC). El encuentro culminó las conversaciones ministeriales celebradas en Madrid en septiembre de 2025, que habían allanado el camino para una desescalada en la guerra comercial iniciada por el jefe de la Casa Blanca (1). Descrita por Trump como “un gran éxito”, la reunión de Busan reflejó los límites de la estrategia estadounidense para sacar ventaja de la interdependencia con un competidor hoy capaz de rivalizar de igual a igual con Washington.
Porque, si bien ambas partes dieron marcha atrás –Estados Unidos en la amenaza de imposición de aranceles; China en la insinuación de restricciones al comercio de tierras raras–, Pekín sale reforzado de este episodio. Más allá del fracaso de la brutal coerción comercial que intentó ejecutar Washington, las palancas más originales accionadas por la Casa Blanca desde el mandato de Joseph Biden (2021-2025) –control del comercio de semiconductores, obstáculos a las inversiones, etc.– hoy parecen ineficaces. En lugar de frenar el avance de China en sectores científicos y tecnológicos clave, estas medidas, según la Brookings Institution, “han contribuido a estimular el desarrollo de las capacidades defensivas y ofensivas de China” (2).
Pero la tregua no es un epílogo: nada se ha resuelto y la desconfianza mutua que crece desde la década de 2010 sigue presente. El Pentágono aconseja a la Casa Blanca “dar prioridad a la defensa del territorio estadounidense y disuadir a China en la región del Indo-Pacífico” (3), mientras que China abandona la idea de “relaciones de un nuevo tipo” (es decir, “más armoniosas”) entre las grandes potencias, que había alentado a comienzos de la década de 2010.
En vísperas del desfile en Moscú del 9 de mayo de 2025, que conmemoraba la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial, Xi comparó la situación actual con la de la década de 1940: “Las fuerzas justas del mundo, incluidas China y la URSS, lucharon con valentía y derrotaron codo a codo a las arrogantes fuerzas fascistas”. Y añadió: “Ochenta años después, el unilateralismo, el hegemonismo, la intimidación y las prácticas coercitivas socavan gravemente nuestro mundo. Una vez más, la humanidad se encuentra en la encrucijada entre la unidad y la división, el diálogo y la confrontación” (4). Dos años antes, Xi advirtió a la Asamblea Popular Nacional sobre una nueva era de rivalidad estratégica: “Los países occidentales, liderados por Estados Unidos, han puesto en marcha medidas de contención, asedio y represión contra China, lo que plantea problemas de una gravedad sin precedentes para el desarrollo de nuestro país” (5).
Lenguajes crispados
Las cancillerías de ambos países también recuerdan el intenso (e inusual) intercambio de acusaciones que tuvo lugar entre Yang Jiechi y Wang Yi –entonces, respectivamente, asesor de Estado, miembro del Buró Político, y ministro de Relaciones Exteriores– y altos responsables de seguridad estadounidenses en Anchorage (Alaska), el 18 de marzo de 2021. Antony Blinken y Jake Sullivan (secretario de Estado y asesor de Seguridad Nacional, en aquel momento) expresaron su “profunda preocupación” por una China que, en su opinión, amenazaba el orden internacional basado en reglas. Y con tono un tanto amenazante señalaron que la relación entre ambos países sería “competitiva cuando fuera necesario, colaborativa cuando pudiera serlo y antagónica cuando fuera indispensable” (6). “En los últimos años, los derechos e intereses legítimos de China han sido objeto de una represión pura y simple, sumiendo las relaciones sino-estadounidenses en un período de dificultades sin precedentes”, respondió Wang (que desde entonces ha vuelto a ser el canciller chino). “Estados Unidos no representa la opinión pública internacional, ni tampoco el mundo occidental”, prosiguió antes de describir una China diametralmente opuesta a las prácticas estadounidenses: “No creemos en la invasión por la fuerza, en el derrocamiento de otros regímenes por diversos medios, ni en la masacre de las poblaciones de otros países”, a diferencia de Estados Unidos, que “ha ejercido durante mucho tiempo su jurisdicción extraterritorial y su poder represivo, y ha abusado de la seguridad nacional recurriendo a la fuerza o a su hegemonía financiera, lo que ha creado obstáculos para las actividades comerciales normales” (7).
La política internacional se mira en el espejo del rival. Así, desde fines de la década de 2000, la mayoría de los observadores estadounidenses –especialmente los oficiales– consideraban a la China “emergente” como una potencia “revisionista”, cuyo objetivo sería modificar el orden mundial centrado en Estados Unidos, reescribir sus reglas y dominar el “Indo-Pacífico”. Para la derecha etnonacionalista, Pekín representa, según una antigua responsable de la oficina de análisis y previsión del Departamento de Estado durante el primer mandato de Trump, “una amenaza fundamental a largo plazo”, aun más importante que Moscú, ya que “es la primera vez que nos enfrentamos a una gran potencia competidora que no es caucásica” (8). De manera especular, analistas chinos ven a Estados Unidos como una “Roma imperial agresiva, ambiciosa, engreída y altamente militarizada” (9), que buscaría un cambio de régimen en China mediante una política activa de contención.
La ley de Tucídides
El neorrealismo o realismo estructural, una escuela influyente en las relaciones internacionales, analiza esta simetría de percepciones como el reflejo de los mecanismos competitivos propios de la estructura anárquica –en el sentido etimológico del término, es decir, “sin gobierno”– del sistema internacional. En el esquema neorrealista, los Estados son actores racionales (que adecuan los medios a los fines) y unitarios (en el sentido en que todos los actores políticos que gravitan en su seno se unen en torno a grandes objetivos de política internacional). Como tales, responden a las presiones de la anarquía de manera análoga, independientemente de su régimen político. En ausencia de una autoridad supranacional, los Estados evolucionan en aquello que el filósofo inglés Thomas Hobbes denominaba “estado de naturaleza”. Su principal preocupación es maximizar su poder relativo para hacer frente a lo que Stephen Walt denomina “el dilema de seguridad” propio de los sistemas anárquicos: “Los esfuerzos de cada parte por abordar lo que considera como un problema potencial de seguridad no hacen más que reforzar los temores de la otra parte en materia de seguridad, lo que desencadena una respuesta que refuerza las preocupaciones iniciales de la primera” (10). Una lógica que precipita la carrera armamentística… cuando no desencadena directamente conflictos. Es cierto que, en ocasiones, los líderes prudentes pueden evitar los accidentes, pero las condiciones estructurales siguen siendo restrictivas.
Una variante particularmente determinista del neorrealismo prolonga estos postulados. Robert Gilpin (1930-2018) afirmaba: “La dinámica de las relaciones internacionales es el resultado del crecimiento diferencial del poder de los Estados”, un principio explicativo propuesto inicialmente, según él, por Tucídides (siglo V a.C.). La teoría de las guerras hegemónicas del historiador griego seguiría siendo “uno de los principios organizadores de las relaciones internacionales” (11). Para Gilpin, al igual que para Graham Allison, autor del exitoso y controvertido libro Destined for War. Can America and China escape Thucydide’s Trap? (Houghton Mifflin Harcourt, 2017), Tucídides habría descubierto una ley de la historia al señalar en su Historia de la Guerra del Peloponeso que “el miedo de Esparta al poderío de Atenas fue la verdadera causa de la guerra” (Libro I, 88).
Conflictos tan diversos como la Guerra de los Siete Años (1756-1763), las guerras napoleónicas (1803-1815), la guerra ruso-japonesa (1904-1905), la Gran Guerra (o Primera Guerra Mundial, 1914-1918) y la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) encontrarían así su explicación en un mismo esquema. Dado que los períodos de descentramiento y recentramiento suceden a los momentos de equilibrio, la Historia se reduciría a una recurrencia eterna del mismo ciclo, aunque con diferentes actores: un orden mundial jerárquico sucedería al anterior, casi siempre tras un período de guerra.
Desde esta perspectiva, el ascenso de China desde principios de la década de 1980 situaría a Washington y Pekín en trayectorias de enfrentamientos probables, incluso ineluctables. Según John Mearsheimer, reconocido teórico neorrealista, el auge de China conlleva necesariamente “una intensa competencia en materia de seguridad con un considerable potencial de guerra”: el surgimiento del gigante asiático podría no ser pacífico, a pesar de los discursos chinos, debido al hecho mismo de que Estados Unidos tratará de impedir que “domine Asia-Pacífico como ellos mismos dominan el campo occidental” (12).
Al determinismo de seguridad, Allison añade un determinismo cultural: en línea con la tesis performativa del “choque de civilizaciones” de Samuel Huntington, sostiene: “A pesar de las relaciones que las capitales de todo el mundo mantienen con Pekín, siguen existiendo diferencias fundamentales entre estos dos antiguos sistemas. La globalización ha agilizado las transacciones, pero no ha borrado las líneas de las principales fracturas”. Su conclusión: “Las grandes diferencias de inclinaciones culturales pueden traducirse en enfrentamientos”. Sin embargo, el autor considera que la perspectiva de la “destrucción mutua asegurada” limitará el alcance; la guerra sería evitable a costa de “ajustes considerables y dolorosos en las actitudes y acciones” de ambas partes (13).
Profecías autocumplidas
Estos argumentos generan debate en China, donde se plantea la cuestión de cómo gestionar una relación cuyo deterioro, arraigado en factores estructurales, parece duradero. Los “realistas morales”, como el influyente investigador Yan Xuetong, de la Universidad de Tsinghua, consideran que los peligros del “juego de suma cero” internacional (al que Pekín opone el “win-win” del comercio internacional, gracias al cual todas las partes saldrían ganando) son sustanciales. Sin embargo, el ascenso de China podría lograrse sin violencia, siempre y cuando sus dirigentes elijan la vía “real” de la prudencia y el leadership, un concepto que, en las relaciones internacionales, implica el suministro de bienes públicos mundiales en contraposición a la explotación característica de la dominación imperial.
Algunas voces, como la de Xiang Lanxin (director del Centro para las Nuevas Rutas de la Seda, en Shanghai), consideran posible una coexistencia pacífica basada en el equilibrio y en convergencias parciales en torno a cuestiones que requieren una cooperación internacional –comenzando por el cambio climático–. Para otros, cercanos a las Fuerzas Armadas, China debe prepararse para un enfrentamiento inevitable con el “hegemón” estadounidense, en declive.
El realismo predomina, pero la interpretación china del momento histórico no es inmutable. El 16 de noviembre de 2024, en la reunión de líderes de la APEC en Lima, Perú, Xi declaró que “la trampa de Tucídides no es una fatalidad histórica” y que “no debe librarse una nueva Guerra Fría, que nadie puede ganar” (14). En Estados Unidos, al igual que en Europa, algunas fracciones de las clases dominantes también se oponen a la desconexión entre los dos gigantes y a la desglobalización. En particular, las grandes empresas y el mundo financiero, debido al rol clave que China desempeña en las cadenas de valor transnacionales. Sus beneficios, al igual que el crecimiento económico chino, dependen de un sistema internacional abierto en el que las crisis sean limitadas (15).
Por lo tanto, la trampa no es necesariamente la que describen Allison o Gilpin: incluso Donald Kagan, cuyo trabajo sobre Tucídides es una autoridad en la materia, considera que el griego se equivoca cuando establece una causalidad entre el ascenso ateniense y la guerra (16). La historia mundial no es el resultado de fuerzas mecánicas: está hecha de contingencias, accidentes y deja espacio para las decisiones políticas. Decisiones ciertamente limitadas, pero no por ello menos reales. La mirada retrospectiva a menudo nos lleva a pensar que lo que sucedió tenía que suceder. Pero cada configuración histórica siempre ofrece varias opciones. La verdadera trampa reside más bien en las propias visiones deterministas, especialmente cuando influyen en las decisiones políticas. Se transforman, entonces, en profecías autocumplidas.
FUENTE: Le Monde Diplomatique
(*) Profesor de la Universidad Americana de París, autor de East Asia’s Reemergence, Polity Press, Cambridge, 2016.
1. Renaud Lambert, “China, el pochoclo y la estabilidad”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, mayo de 2025.
2. Kyle Chan et al., “China’s lesson: It pays to push back”, Brookings Institution, 25 de noviembre de 2025, www.brooking.edu
3. “Statement on the Development of the 2025 National Defense Strategy”, Departamento de Guerra de Estados Unidos, 2 de mayo de 2025, www.war.gov
4. “Xi Jinping says friendship forged with blood, lives inexhaustible source of China-Russia amity”, Ministerio de Seguridad Pública de la República Popular de China, 7 de mayo de 2025, www.mps.gov.cn
5. Keith Bradsher, “China’s leader, with rare bluntness, blames U.S. containment for troubles”, The New York Times, 7 de marzo de 2023.
6. “Secretary Antony J. Blinken, national security advisor Jake Sullivan, director Yang and state councilor Wang at the top of their meeting”, Departamento de Estado de Estados Unidos, 18 de marzo de 2021, https://2021-2025.state.gov
7. “Hos it happened: Transcript of the US-China opening remarks in Alaska”, 19 de marzo de 2021, https://asia.nikkei.com
8. Citado por Paul Musgrave en “The Slip That Revealed the Real Trump Doctrine”, Foreing Policy, Washington D.C., 29 de abril de 2019.
9. Xiang Lanxin, “China and the international ‘liberal’ (Western) order”, en Trine Flockart et al. (dirección), Liberal Order in a post-Western World, Transatlantic Academy, Washington D.C., 2014.
10. Stephen M. Walt, “Does anyone still understand the ‘security dilemma’?”, Foreign Policiy, Washington D.C., 26 de julio de 2022.
11. Robert Gilpin, “The theory of hegemonic war”, The Journal of Interdisciplinary History, Vol. 18, Nº4, Boston, primavera de 1988.
12. John Mearsheimer, “The gathering storm: China’s challenge to US power in Asia”, The Chinese Journal of International Politics, vol. 3, Oxford, 2010.
13. Graham Allison, Destined for War. Can America and China Escape Thucydide’s Trap?, Houghton Mifflin Harcourt, Boston-Nueva York, 2017.
14. “Xi says Thucydide’s Trap not historical inevitability”, Xinhua, 17 de noviembre de 2024.
15. Véase “Contra Washington, Pekín apuesta a las finanzas”, noviembre de 2021.
16. Donald Kagan, Le Déclenchement de la guerra du Péloponnèse, Les Belles Lettres, París, 2022.