Occidente teoriza sobre la caída de la Revolución Islámica desde sus orígenes en 1979. No son pocos los analistas que sostenían que el gobierno del ayatollah Ruhollah Khomeini sobreviviría pocos meses, quizá algunos años. Rápidamente llegaron las sanciones económicas de Estados Unidos primero y las de Naciones Unidas y Europa más tarde. Peleó una larga guerra contra Irak entre 1980 y 1988, alimentada por Washington. Sobrevivió a la muerte de su fundador en 1989. Con la llegada del nuevo siglo, en tiempos de la “guerra contra el terror”, quedó atrapada entre la ocupación simultánea de Kabul y Bagdad, vigilada al este y al oeste por su némesis global. Más tarde, compitió cabeza a cabeza con Arabia Saudita por la hegemonía regional durante más de tres lustros. Su ascenso como actor regional relevante representó un cambio en el balance de poder que Washington no parecía dispuesto a aceptar. En todo ese tiempo, el Estado confesional se volvió resistente, abriéndose paso mientras fortalecía la burocracia, la propaganda y las fuerzas de seguridad y, además, endurecía el control político y social de las instituciones que, en su origen, tenían habilitados márgenes de competencia más amplios.
Será por eso quizá que en Teherán esta guerra no sorprendió a nadie. El conflicto se venía preparando al menos desde hace dos décadas, con la llegada al poder del presidente Mahmoud Ahmadinejad. Por entonces, el líder estadounidense George Bush promovió la inclusión de Irán en el “Eje del Mal” junto a Irak y Corea del Norte y le exigió desmantelar incondicionalmente el programa nuclear, medida que acarreó la negativa del presidente iraní. La reciente guerra en Gaza, con su correspondiente expansión a casi toda la región, no hizo más que confirmar lo inevitable: la proximidad de un conflicto que tendía al largo plazo. La rivalidad entre Israel e Irán y el implacable ascenso del primero apuraba algunas definiciones en lo militar, que llegarían tarde o temprano. En definitiva, en Medio Oriente, los Estados con vocación hegemónica no tardan en encontrar un competidor. Así le sucedió a Gamal Abdel Nasser, a Saddam Hussein y a Hafez y Bashar al-Assad.
Mojtaba es Khamenei
La ejecución del ayatollah Ali Khamenei llegó como él esperaba: tierra fértil para alimentar un relato épico que entremezcla la sencillez de la cotidianidad con las palmas del martirio. La historia oficial dirá que el Líder Supremo murió en su oficina de siempre bajo el asedio de las tropas enemigas. Hace algunos años había pedido a la Asamblea de Expertos, un órgano formado por 88 religiosos elegidos por el voto popular, que elaborara una terna pensando en su sucesión. Sería ingenuo imaginar que la clase política no estaba considerando un reemplazante para un Líder anciano que superaba los 86 años.
El nombre de Mojtaba Khamenei como sucesor de su padre circulaba desde hacía largo tiempo. Las anécdotas cuentan que al Líder Supremo no le agradaba hablar de las bondades de su hijo y que temía que su elección convirtiera a la Revolución en una monarquía, justamente aquello que vino a derrocar. Con escaso brillo militar, político o intelectual, el capital más preciado de Mojtaba es su estirpe.
Si el objetivo de Estados Unidos era lograr un cambio de régimen, entonces hubo un error táctico. Irán no es Venezuela, y el nuevo Líder Supremo no jugará un rol como el de Delcy Rodríguez en Caracas. Por el contrario, asume con la pesada herencia de ser hijo del Líder anterior. En otras palabras, Mojtaba es, ante todo, Khamenei. El fantasma de su padre lo acompañará por largo tiempo, al menos hasta que demuestre algunos logros propios.
La elección de Mojtaba como Líder Supremo, llevada adelante por la Asamblea de Expertos, es un claro signo de continuidad. No hay espacio para contemporizar; al menos no por ahora, durante el clímax de una guerra que asoma como existencial para la vitalidad de la Revolución. Sin embargo, cualquier interpretación puramente política excede las funciones del cargo vitalicio. Según la doctrina de Khomeini, el Líder Supremo tiene una misión que comprende la dimensión administrativa, pero también la espiritual: ante la ausencia temporal del Duodécimo Imán, que volverá al final de los tiempos a restaurar el islam, debe oficiar de vicario encabezando un gobierno de juristas, quienes, junto a los fieles, aguardan su retorno.
La Guardia Revolucionaria salió a respaldar la candidatura del Hijo ante los miembros de la Asamblea. Al igual que cualquier otra burocracia, buscaba asegurarse un jefe que mantuviera el statu quo. El Líder Supremo conduce personalmente este brazo militar, conservador por definición, ya que es responsable de custodiar a la República Islámica y sostener los valores de su Revolución. Más tarde, tomó nuevas funciones, como la comunicación con los socios de Irán en la región: los hutíes, Hezbollah, Hamas, grupos afines en Irak y el gobierno sirio, funcionando en la práctica como una Cancillería paralela. Su gravitación aumentó en los últimos años, a medida que se incrementaron tanto las amenazas externas como las protestas domésticas. La guerra de Gaza dañó fuertemente a sus socios, a quienes no estuvo en condiciones de socorrer. Esto constituyó un duro golpe para su prestigio. Mientras tanto, a nivel interno, el poder clerical observa con resquemor el ascenso de la Guardia Revolucionaria. En algún momento, fueron los sabios y no los fuertes los que contaban con el poder en Irán. Hoy la ecuación cambió.
El dialoguista que no pudo ser
En una línea temporal paralela, el presidente Massoud Pezeshkian, un reformista rodeado de antiguos funcionarios de Muhammad Khatami, partidario del acercamiento con Occidente, podría haber sido un gran interlocutor para un gobierno estadounidense razonable y comprometido con la estabilidad de Medio Oriente. Pezeshkian, elegido en 2024 tras la muerte de su antecesor Ebrahim Raisi en un accidente de helicóptero, logró en el ballotage que lo enfrentó al conservador Said Jalili entusiasmar a la población iraní, que venía bajando en su participación electoral, descontenta con la intervención externa sobre las autoridades electas. Sucede que en Irán está previsto que los candidatos atraviesen un proceso de preselección llevado adelante por el Consejo de los Guardianes, un órgano de doce miembros, todos especialistas en derecho religioso, designados de manera equitativa entre el Líder Supremo y el titular de la Corte Suprema. Además, tiene la responsabilidad de supervisar las elecciones. El sesgo conservador y la ausencia sistemática de mujeres entre las candidaturas aprobadas hacen que este esquema de tutela cuente con el creciente rechazo de los iraníes, especialmente entre los más jóvenes. En la actualidad, el 60% de los habitantes del país nació después de 1979. La guerra de Gaza primero y el conflicto vigente después empujaron a Pezeshkian a concentrarse en la reforma económica, muy urgente y, además, fuente de presión interna. De esta forma, el Presidente evitó todo tipo de crítica sensible a otros actores del ecosistema político. Su situación es compleja, ya que no basta con ser el jefe de Estado: en la República Islámica, el presidente además debe contar con la confianza del Líder Supremo para poder manejarse con libertad. Pezeshkian es el dialoguista que no pudo ser.
Sin embargo, el régimen híbrido sobre el que fue construido el Estado iraní obliga a ciertas instancias de cooperación. Las cuestiones vinculadas a las relaciones exteriores y defensa se definen en el Consejo Supremo de Seguridad Nacional, un órgano extrapoder que integran representantes del Líder Supremo, el Presidente, la Legislatura, la Corte Suprema, las Fuerzas Armadas y la Guardia Revolucionaria. Ali Larijani, Secretario del Consejo, es una figura con amplia experiencia política que tomó especial relevancia durante las recientes negociaciones por el programa nuclear, es conocido por Estados Unidos y probablemente quien mejor logra sintetizar los posicionamientos de los grupos que forman parte de ese Consejo. Por su parte, al igual que sus antecesores, Khamenei será el encargado de aportar visión estratégica y de arbitrar el equilibrio entre aquellos actores, en la práctica responsables del destino del país, especialmente en estos tiempos de conflicto. Todo parece indicar que la balanza continuará inclinada hacia la Guardia Revolucionaria, especialmente mientras dure la guerra; sin embargo, es difícil saber con precisión cómo actuará el nuevo Líder Supremo, ahora que fue investido y posee la plenitud de los poderes del cargo.
“Lo que está escrito en el destino no se borra”
Habitualmente, las guerras funcionan muy bien como mecanismos de cohesión interna. Por eso, para las protestas intermitentes que se observaban en las calles desde el año 2022, que se nutrieron inicialmente del asesinato de Mahsa Amini y el movimiento de mujeres en torno a ella, “la guerra de liberación” planteada por Israel y Estados Unidos constituye una mala noticia. El conflicto fue aprovechado por las autoridades locales, especialmente por un sector de la Guardia Revolucionaria, encargada de su disciplinamiento, como una forma de cerrar el cerco sobre los manifestantes. En esta situación, las autoridades dictaminaron que cualquier marcha en contra suyo puede ser considerada “acto de terrorismo” o “intento de sedición”.
La muerte de la Revolución ha sido anunciada en repetidas ocasiones, pero la estructura del Estado, de la cual se apropió, ha logrado mostrarse resiliente, adaptándose a las adversidades. Sin embargo, la coyuntura actual no se asemeja a ninguna otra, no solo por el poderío de los contendientes, sino también por la crítica situación interna. En un contexto de escasas certezas, el país parece navegar hacia una guerra con episodios de mayor o menor intensidad, pero de larga duración. Mientras Mojtaba se prueba las ropas de Líder Supremo, se desnuda una puja, ligeramente velada, entre los otros actores de su sistema político. ¿Podrá administrar, como hizo su padre, las tensiones entre quienes buscan la supervivencia y quienes entienden que solo el cambio fortalecerá al régimen y le permitirá proyectarse hacia el futuro? La respuesta está abierta. El carácter religioso del sistema deslinda a los humanos de ciertas responsabilidades. Como dice un viejo proverbio persa, “lo que está escrito en el destino no se borra”.
(*) Doctor en Relaciones Internacionales (UNR). Director de las carreras de Ciencia Política y Relaciones Internacionales y del Núcleo de Estudios de Medio Oriente de la Universidad Austral.
FUENTE: Le Monde Diplomatique