Martes, 01 Mayo 2012 17:35

¿Un Consenso de Berlín?

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pa3708cExiste una imposibilidad de elaborar una teoría general que pueda explicar los cambios económicos, tecnológicos, demográficos y ambientales debido a la sobreespecialización y la fragmentación del conocimiento. ¿Desde dónde, entonces, hay que partir para intentar explicar y, por consiguiente, encontrar soluciones a la compleja realidad en que vivimos?

 

 

Existe una imposibilidad de elaborar una teoría general que pueda explicar los cambios económicos, tecnológicos, demográficos y ambientales debido a la sobreespecialización y la fragmentación del conocimiento. ¿Desde dónde, entonces, hay que partir para intentar explicar y, por consiguiente, encontrar soluciones a la compleja realidad en que vivimos?

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pa3708cUn viaje que hice hace poco a Berlín me trajo recuerdos de una visita anterior en el verano de 1967, cuando era un pobre estudiante que se maravillaba ante el muro que dividiría y devastaría toda una sociedad por otras dos décadas. Berlín hoy es una ciudad vibrante y rejuvenecida, que ha sido reconstruida gracias al trabajo duro y la voluntad del pueblo alemán por unificar el país. Por lo mismo, era un lugar adecuado para celebrar la conferencia del Instituto para el Nuevo Pensamiento Económico (INET), a la que había viajado como participante.

El tema de la conferencia era "El Paradigma Perdido" y reunió a más de 300 economistas, politólogos, analistas de sistemas y ecologistas para repensar la teoría económica y política ante los retos y las incertidumbres que plantea la creciente desigualdad, el aumento del desempleo, el desorden financiero global y el cambio climático. Casi todos coincidieron en que el viejo paradigma de la economía neoclásica ya no sirve, pero no hubo acuerdo sobre lo que pueda reemplazarlo.

El premio Nobel Amartya Sen atribuyó la crisis europea a cuatro fracasos: político, económico, social e intelectual. La crisis financiera mundial, que comenzó en 2007 como una crisis de los préstamos hipotecarios de alto riesgo en EE.UU. y creció hasta convertirse en una crisis de la deuda soberana (y la banca) europea, ha planteado interrogantes que no podemos responder, debido a la sobreespecialización y la fragmentación del conocimiento. Y, sin embargo, no se puede negar que el mundo se ha vuelto demasiado complejo como para que una teoría simple y general pueda explicar los intrincados cambios económicos, tecnológicos, demográficos y ambientales.

En particular, el ascenso de los mercados emergentes ha desafiado la lógica deductiva e inductiva occidental tradicional. La inferencia deductiva nos permite predecir los efectos si conocemos los principios (la regla) y la causa. Según el razonamiento inductivo, si se conoce la causa y los efectos, podemos inferir los principios.

Por el contrario, el pensamiento oriental ha sido abductivo, pasando del pragmatismo a adivinar los pasos siguientes. La inferencia abductiva es pragmática y se centra solo en los resultados, intentando adivinar la regla e identificando la causa.

Al igual que la historia, la teoría de las ciencias sociales la escriben los vencedores y es moldeada por el contexto y los retos de su tiempo. El pensamiento de libre mercado evolucionó a partir de teóricos anglosajones (muchos de ellos escoceses) que emigraron y colonizaron territorios, lo que llevó a algunos afortunados a suponer que no hay límites para el consumo. El pensamiento europeo continental, en respuesta a la urbanización y la necesidad de orden social, hizo hincapié en el análisis institucional de la economía política.

Por lo tanto, el surgimiento de la economía neoclásica en el siglo XIX estuvo muy influenciado por la física newtoniana y cartesiana: pasó del análisis cualitativo a cuantificar la conducta humana, dando por supuesta una conducta racional y excluyendo la incertidumbre. Este pensamiento de un "equilibrio predeterminado" (reflejado en la opinión de que los mercados siempre se corrigen a sí mismos) condujo a una parálisis de políticas hasta la Gran Depresión, cuando ganó fuerza el argumento de John Maynard Keynes a favor de la intervención del gobierno para abordar el desempleo y las brechas de la producción.

En la década de 1970, la escuela neoclásica del equilibrio general "secuestró" la economía keynesiana a través de la creación de modelos del sector real que suponían que "la financiación es un velo", volviéndose así ciegos a los efectos desestabilizadores de los mercados financieros. En gran medida, se hizo caso omiso a economistas como Hyman Minsky, que intentaron corregir esto, al tiempo que Milton Friedman y otros lideraron el empuje de la profesión hacia la defensa de los mercados libres y la mínima intervención del gobierno.

Pero entonces la tecnología, la demografía y la globalización plantearon nuevos y dramáticos desafíos que el enfoque neoclásico no podía prever. A pesar de que los países avanzados del mundo consumían en exceso mediante el apalancamiento de los derivados financieros, unos cuatro mil de los siete mil millones de habitantes del planeta comenzaron a entrar en la clase media, ejerciendo una enorme presión sobre los recursos mundiales y planteando el problema de la sostenibilidad ecológica.

Es necesaria una nueva forma de pensar para dar respuesta a estos cambios masivos y sistemáticos, así como la integración de gigantes como China e India al mundo moderno. Un cambio de mentalidad que es preciso no sólo en Occidente, sino también en Oriente. En 1987, el historiador Ray Huang explicó el caso de China:

"A medida que el mundo entra en la era moderna, la mayoría de los países bajo presiones internas y externas deben reconstruirse mediante la sustitución del modo de gobierno basado en la experiencia agraria con un nuevo conjunto de reglas basadas en el comercio... Esto es más fácil de decir que de hacer. El proceso de renovación podría afectar a las capas superiores e inferiores e, inevitablemente, es necesario reacondicionar los vínculos institucionales entre ellas. La destrucción completa es a menudo el orden, y puede tomar décadas llevar el asunto a su finalización".

Mediante este marco macro-histórico podemos ver la deflación japonesa, la deuda europea e incluso la primavera árabe como fases de cambios sistémicos dentro de estructuras complejas que interactúan unas con otras en un nuevo sistema global multipolar. Estamos siendo testigos de un proceso de convergencia global (la reducción de los ingresos, la riqueza y las brechas de conocimiento entre países) y divergencia local (la ampliación de la brecha de ingresos, de la riqueza y del conocimiento dentro de países) ocurriendo de manera simultánea.

Los sistemas adaptativos luchan con el orden y la creatividad a medida que evolucionan. Como el filósofo Bertrand Russell lo expresara proféticamente: "La seguridad y la justicia requieren un control centralizado de gobierno que debe extenderse a la creación de un gobierno mundial para ser eficaz. El progreso, por el contrario, requiere el máximo de iniciativa personal que sea compatible con el orden social".

Está en marcha una nueva ola de lo que el economista Joseph Schumpeter llamó la "destrucción creativa": incluso cuando los bancos centrales luchan por mantener la estabilidad, inundando los mercados con liquidez, se está reduciendo el crédito a las empresas y los hogares. Vivimos en una era de temor simultáneo a la inflación y la deflación, de prosperidad sin precedentes en medio de una creciente desigualdad, y de avances tecnológicos junto al agotamiento de los recursos.

Mientras tanto, los sistemas políticos actuales prometen buenos puestos de trabajo, un sólido gobierno, un medio ambiente sostenible y armonía social sin sacrificios: un paraíso de polizontes que cuidan sus propios intereses y que solo puede sostenerse a costa de sacrificar el medio ambiente natural y el bienestar de las generaciones futuras.

No podemos posponer por siempre el dolor del ajuste con la emisión de dinero. La sostenibilidad sólo puede lograrse cuando los que más tienen estén dispuestos a sacrificarse por los desposeídos.

El Consenso de Washington que propuso las reformas de libre mercado para los países en vías de desarrollo acabó hace más de dos décadas. La conferencia INET de Berlín mostró la necesidad de uno nuevo: un consenso que proponga un mayor sacrificio de los más ricos en aras de la unidad. A Europa le podría venir muy bien.

 

(*) Jefe de asesores de la Comisión Regulatoria Bancaria de China, es presidente del Fung Global Institute en Hong Kong. Previamente se desempeño como director de la Comisión de Valores y Futuros de Hong Kong y fue subdirector ejecutivo de la Autoridad Monetaria de Hong Kong. Su libro más reciente es "De la Crisis Asiática a la Crisis Financiera Global".

 

Fuente: The Project Syndicate

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