Lunes, 24 Agosto 2020 18:59

Una jugada cristinesca

Escrito por Santiago Toffoli (*)
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Flyer de Centro Democrático con el binomio Arauz-Correa Flyer de Centro Democrático con el binomio Arauz-Correa

Rafael Correa emula a la vicepresidenta argentina para intentar retornar al poder en Ecuador. El acuerdo Emiratos Árabes Unidos–Israel: más que una pateada de tablero, un sinceramiento.

Pasos al costado

Las grandes apuestas tienen ese ingrediente difícil de digerir: uno no sabe si son buenas hasta que ve el resultado, lo que puede dar lugar a que la estrategia sea catalogada como jugada maestra o como fracaso total. Rafael Correa Delgado, en un intento de dar un golpe de efecto, será candidato a vicepresidente, en un movimiento similar al que realizó Cristina Fernández de Kirchner en Argentina en 2019.

Una condena por un supuesto delito de corrupción, la imposibilidad de presentarse a un tercer mandato y una traición original al dejar la Presidencia le significaron mas pena que gloria a Correa desde aquel 2017 cuando Lenín Moreno entró al Palacio de Carondelet. A partir de allí y hostigado por las medidas judiciales el ex presidente tuvo que exiliarse en Europa, donde se encuentra desde hace varios años.

Todo lo sucedido desde que Moreno asumió el poder relativiza las conquistas de la Revolución Ciudadana y la popularidad del economista guayaquileño. La facilidad con que el aliado devenido enemigo destruyó los logros de los mejores años del correísmo se suma a una pasividad importante de las bases de su movimiento al concretarse las medidas derivadas de la persecución judicial. Asombra ver que un líder popular como Correa no fue defendido en las calles por un pueblo tan propenso a salir a defender lo suyo y a los suyos como lo es ecuatoriano. ¿Será que Moreno hizo bien su trabajo de demonizarlo?

Andrés Arauz
Andrés Arauz

No obstante, el tiempo pasa y la política da revanchas. El año que viene habrá que acudir a las urnas de nuevo. Por imposibilidades derivadas del plebiscito de 2018 (que el correísmo cataloga como inconstitucional) y con la intención de contener un mayor abanico de sectores, Correa se corre de la candidatura a presidente para secundar al economista Andrés Aráuz.

Aráuz tiene 35 años. Fue parte del gobierno de Correa, donde estuvo a cargo de diversas secretarías y del Ministerio de Conocimiento y Talento Humano. Su currículum, su juventud y su imagen hacen acordar mucho a aquel Rafael Correa de 2007. Su candidatura representa la chance del correísmo de volver al poder para remendar los retrocesos de los años de Moreno. Tiene un perfil que cuadra con los desafíos que Ecuador debe afrontar con respecto a su deuda externa y personifica una apuesta por una figura que concilie a las distintas expresiones del campo popular.

Si bien las candidaturas cierran el 18 de septiembre y el gobierno de Moreno ya está moviéndose para evitar que Correa sea candidato a vice, el objetivo de instalar a Aráuz en el centro de la escena política ya está cumplido. Esto adquiere importancia si efectivamente el joven economista debe ser secundado en la fórmula por otro candidato, en el caso de que Correa no pueda presentarse por algún tipo de inhabilitación.

De todas maneras, para 2021 falta una eternidad y Ecuador es de esos países en los que las cosas suceden de forma muy rápida.

El acuerdo que sincera el entendimiento

En el año 2002, los 22 países de la Liga Árabe presentaron un plan de paz con el Estado de Israel. Allí se sostenía que se firmaría la paz con el Estado judío sólo si estaba precedido por un acuerdo definitivo de paz con los palestinos que permita la creación de una Palestina independiente dentro de las fronteras anteriores a la guerra de 1967 (Cisjordania y Gaza), con capital en Jerusalén Este, y que ofrezca una solución justa al retorno de los más de cinco millones de refugiados de la diáspora palestina.

La semana pasada, Emiratos Árabes Unidos se salió de aquella iniciativa colectiva y reconoció a Israel, firmando un acuerdo con la mediación del Gobierno de los Estados Unidos.

Bandera emiratí en Israel
Bandera emiratí en Israel

La firma de este acuerdo, más que dar lugar a una nueva relación entre ambos países, sólo pone en un papel lo que en realidad ya venía sucediendo desde hace años. La monarquía con capital en Abu Dhabi tiene un entendimiento con Israel en la contención de la influencia regional de Irán. Ese, y no las reivindicaciones de los palestinos, es el objetivo que tienen los EAU.

El clivaje intra-islámico donde las monarquías sunníes buscan operar contra los sectores chiíes auspiciados por Teherán tiene hoy más relevancia que la identidad árabe, anteriormente solidaria con los desplazados palestinos y que ponía a Israel y a Estados Unidos como los enemigos naturales.

Como sea, la pregunta estaba en qué otros países árabes iban a seguir los pasos de los Emiratos. Omán y Bahréin coquetearon con la idea. Pero las miradas apuntaban a Arabia Saudita, la más poderosa e influyente monarquía del Golfo. Y los saudíes fueron claros: no habrá reconocimiento para Israel sin una paz con los palestinos.

Que nadie se confunda: los palestinos le importan poco y nada a la monarquía saudí. De hecho, ellos tienen también un entendimiento con Israel y con Estados Unidos. Pero allí hay un liderazgo que disputar, hay equilibrios que mantener y hay una región que constantemente parece un polvorín a punto de estallar.

Por la otra parte, el Acuerdo le vino como anillo al dedo a los dos Jefes de Estado más complicados en toda esta historia. Trump, en calidad de mediador, puede vender el acuerdo como un paso para la paz en Medio Oriente. Algo que su predecesor y su vice, que lo enfrentará en las elecciones, no pudieron lograr.

El otro que aprieta el puño es Benjamín Netanyahu. Encabezando una coalición de gobierno formada a los golpes, movilizaciones en su contra por sospechas de corrupción, y desgastado tras más de una década en el poder, logró que un Estado árabe reconozca a Israel, el tercero después de Egipto y Jordania. Sin embargo, habrá que estar atentos a la contraparte del acuerdo: su firma fue posible tras el compromiso de Israel de “suspender” la anexión de los territorios palestinos de Cisjordania. Esto puede ponerlo en aprietos en términos domésticos, sobre todo con los ultraconservadores y los colonos, dos sectores que históricamente lo han apoyado.

Cuál será el futuro inmediato que le espera a la región a partir de este acuerdo, es una incógnita. Lo que queda claro es que el gran dilema regional en el Siglo XX, que era la tensión árabe – israelí, le ha dejado su lugar a otros aspectos que tienen que ver con la disputa sectaria entre las ramas del islam.

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Nos leemos la semana que viene.

(*) Analista internacional de Fundamentar 

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