Domingo, 15 Noviembre 2020 17:38

El país ingobernable

Escrito por Santiago Toffoli (*)
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La destitución de Martín Vizcarra agravó la endémica crisis política existente en Perú, donde al menos dos personas perdieron su vida en las protestas contra el nuevo gobierno de Manuel Merino. En menos de una semana, el nuevo mandatario renunció tras la dimisión de una docena de ministros el día de ayer. Tres presidentes en cuatro años, un sistema que fagocita mandatarios y un Congreso con mucho poder y poco apoyo popular configuran el actual contexto peruano. En otro rincón del planeta, la primera guerra post-pandémica finalizó, al menos por ahora.

La historia de nunca acabar

El martes por la mañana, Martín Vizcarra engrosaba la lista de presidentes destituidos en Perú. La moción de vacancia presentada unos días antes recibió 105 votos a favor contra 19 en contra y 4 abstenciones. El causal del proceso fue “incapacidad moral permanente”, esgrimido tras las acusaciones contra Vizcarra por protagonizar actos de corrupción durante su mandato como gobernador de Moquegua entre 2011 y 2014.

La moción de vacancia es una prerrogativa que tiene el Poder Legislativo peruano, compuesto por una sola Cámara de 130 integrantes. El ahora ex Presidente ya había sido sometido a este proceso en el mes de septiembre, pero no había prosperado debido a que los legisladores no acompañaron la moción. En aquel momento, del cual hablamos en esta columna, el entonces Presidente del Parlamento Manuel Merino se había comunicado con las Fuerzas Armadas buscando respaldo ante una posible sucesión que lo dejaría en la Presidencia. Ello aumentó la desconfianza persistente contra el Congreso, que finalmente no destituyó a Vizcarra.

Menos de 60 días después, la moción prosperó, Vizcarra fue destituido y el propio Manuel Merino asumió la Presidencia. 5 días después de su asunción y con masivas protestas en las calles, Merino recibió un ultimátum del Congreso, que convocaría a una nueva moción de vacancia si no renunciaba, cosa que hizo durante la tarde del domingo. Estos son los hechos.

El primer punto a analizar es el propio sistema político de Perú. En este último año, se pusieron en marcha dos mecanismos que poco tienen que ver con un sistema presidencialista como los sudamericanos y que se asemejan más a los parlamentarios, presentes en Europa. A principios de 2020, Vizcarra recibió la negativa del Legislativo dominado por el fujimorismo en dos mociones de confianza, lo que le permitió disolver el Congreso y llamar a elecciones legislativas extraordinarias. Estas renovaron la Cámara y, síntoma de la crisis de representación política, ningún partido cosechó más del 12% de los votos.

El segundo mecanismo es justamente la moción de vacancia, que permite que el Congreso llame a votar por la destitución del Presidente con sólo 52 votos afirmativos. Luego, si se llega a los 87 votos, el mandatario es eyectado de su cargo y asume el siguiente en la línea de sucesión.

La moción de vacancia contra Vizcarra fue ejecutada debido a una figura constitucional conocida como “incapacidad moral permanente”. Como este supuesto para la vacancia presidencial no tiene una interpretación clara, los márgenes para su utilización como causa de destitución de un Presidente puede ser discrecional. Por esta misma razón, el Ejecutivo comandado por Vizcarra había presentado una demanda ante el Tribunal Constitucional pidiendo que se expida claramente sobre qué se entiende por incapacidad moral permanente. Esta interpretación difusa, sumado al poder de lobby que los sectores de poder tienen en el Congreso, tiñen de polémica el proceso y lo vuelven susceptible de catalogarlo como de naturaleza golpista. Sobre esto último, hay una interesante nota de Augusto Taglioni que recomiendo para que lean.

Por otro lado, los apoyos y la imagen que las distintas instituciones tienen en el Perú están muy alejadas de las posiciones de poder que ocupan. En el país de los presidentes juzgados y presos por hechos de corrupción, Vizcarra había cosechado un importante nivel de popularidad debido a las reformas que impulsaba desde que había llegado al gobierno en 2018. Sus enfrentamientos con el Congreso, que goza de un poder desmedido y que alberga a partidos políticos que no tienen apoyo popular, lo ubicaban como un Presidente con buena imagen para encarar el proceso de transición hasta las elecciones de 2021, cuando vence el mandato inaugurado por Kuzcynski, su predecesor, también juzgado tras una moción de vacancia.

Vizcarra tenía el visto bueno de los ciudadanos para conducir este proceso pero no complementó el apoyo popular con el apoyo legislativo. En efecto, al no tener anclaje partidario ni representación oficialista en el Parlamento, quedó en el medio de un enfrentamiento de instituciones que contrapesan su poder, y no como representante de una fuerza política que debate ideas y proyectos de país. En épocas de “golpes blandos” o “institucionales” como los que sufrieron Fernando Lugo o Dilma Rousseff, el apoyo parlamentario es fundamental para un Presidente para no correr el riesgo de ser eyectado de su cargo. Y este axioma cobra especial relevancia en Perú, por las propias características de su sistema político.

Vizcarra se conviertió en el sexto Presidente consecutivo que es enjuiciado, destituido o encarcelado por supuestos hechos de corrupción, después de Alberto Fujimori, Alan García, Alejandro Toledo, Ollanta Humala y Pedro Pablo Kuczynski. Realmente es imposible discutir proyectos de país en semejante contexto. La hiperjudicialización de la política, un elemento presente en Perú pero también en otros países como Brasil o Ecuador, sirve como estrategia de los sectores de poder para perpetuar esquemas institucionales que sirven como reaseguro del status quo. Justamente, la Constitución peruana ata de manos a los gobiernos que busquen introducir cambios sustanciales en las políticas económicas y sociales del país andino, estable en términos macroeconómicos pero profundamente desigual, y con un amplio sector de su población que sobrevive por el empleo informal y en condiciones de pobreza aberrantes.

Que quede claro: Vizcarra no era el paladín de la igualdad. Es un dirigente más de la centro derecha peruana, que tenía algunas buenas intenciones con respecto a los cambios necesarios para frenar la trituradora de mandatarios y poder ordenar institucionalmente un país que precisa construir consensos sociales y discutir modelos de desarrollo, de matriz productiva y de representación política, y alejarse de las discusiones judiciales que siempre terminan favoreciendo a los que ejercen el poder en las sombras.

Las protestas contra el nuevo gobierno de Merino dejaron 2 muertos en las calles, y doce ministros renunciaron. Algunos sectores están proponiendo una reforma constitucional, algo difícil de llevar adelante en Perú. Otros piensan en que se está gestando un movimiento similar al chileno, que detonó los cimientos de un sistema que sobrevivió por 30 años, después de la salida del poder de su arquitecto

Las propuestas serán colocadas en la mesa a lo largo de estas jornadas. Por ahora, protestas, violencia institucional (cuándo no) y un presidente impopular que renuncia a los 5 días de asumir dibujan la realidad del Perú. Es imposible saber de antemano cómo terminará todo.

Aliyev festeja, Putin hace equilibrio, Erdogan se frota las manos y Pashinyan tropieza

Considerémoslo una buena noticia, tan necesarias en este 2020: la guerra se puso en pausa. Punto. Nunca es malo que se guarden las armas y los ejércitos vuelvan a los cuarteles.

Aquí le dedicamos un espacio a la primera guerra post – pandémica que libraron Armenia y Azerbaiyán sobre el disputado territorio de Nagorno – Karabaj, o República de Artsaj según los armenios. Esta semana, ambos países firmaron, conjuntamente con Rusia, un “alto el fuego total” luego de una serie de victorias del ejército azerí.

El lunes pasado, las Fuerzas Armadas de Azerbaiyán avanzaban sobre Shusha (o Shushi, según los armenios), la segunda ciudad más grande e importante de Nagorno –Karabaj. Shusha se ubica en una estratégica zona montañosa a 15 km. de Stepanakert, considerada capital del territorio en disputa. Al mismo tiempo, las fuerzas azeríes derribaron por error un helicóptero ruso. Estos dos hechos fueron los que llevaron a Putin a intervenir directamente e impulsar el cese de las hostilidades.

El acuerdo refleja la victoria militar de Azerbaiyán. Gran parte del territorio queda en manos azeríes, controlado hasta esta semana por el gobierno independentista. Stepanakert queda en manos del gobierno local aliado de Armenia y se instala un corredor desde el territorio armenio que será controlado por una fuerza de paz rusa compuesta por 2.000 soldados. Algunos detalles más del acuerdo, acá.

El Presidente de Azerbaiyán Ilham Aliyev, festeja. Después de la derrota en el anterior capítulo de esta disputa en la década de los 90’, los azeríes vuelven a controlar gran parte del territorio disputado. Azerbaiyán tenía, desde el inicio del conflicto, superioridad militar frente a Armenia. Los recursos energéticos con los que cuenta le permiten ejecutar un mayor presupuesto en Defensa, además de la buena relación que tiene con Rusia e Israel, dos países poderosos que le proveen armamento.

Vladímir Putin hizo equilibrio. La Organización del Tratado de Seguridad Colectiva que une a Rusia con otros países de la zona, incluido Armenia, obliga a los rusos a defender a los otros signatarios frente a un ataque armado. Pero Putin, que podrá pecar de muchas cosas pero nunca de ingenuo ni de tonto, sentenció que saldría en defensa de Armenia si los ataques azeríes se concretaban contra su territorio, y no en la zona en disputa, reconocida internacionalmente como parte de Azerbaiyán, a pesar de estar controlada de facto por los armenios. Así, Rusia no pone en riesgo su relación con los azeríes, no falta a la letra del tratado y ubica a 2000 soldados en la zona. Pura ganancia.

Otro actor a tener en cuenta es Recep Tayyip Erdogan. El Presidente turco fue vital para la ofensiva y la victoria militar de Azerbaiyán. Su apoyo a Aliyev fue total y explícito desde el primer minuto. Esto configura otro avance de la política exterior turca, con un perfil mucho más alto en su vecindario luego de décadas de ser un aliado de Occidente. Turquía hoy es un actor clave en la zona del Mediterráneo, Medio Oriente y el Cáucaso, y se afirma como una potencia media con cuotas de poder cada vez importantes. Será, junto a Rusia, observadora del cumplimiento del acuerdo firmado esta semana.

Los Presidentes de Azerbaiyán y Turquía, Ilham Aliyev y Recep Tayyip Erdogan

Nikol Pashinyan, el primer ministro de Armenia, es el gran perdedor de esta película. Llegó al poder en 2018, luego de una serie de protestas. Su perfil, menos pro-ruso que el de sus predecesores, fue un ingrediente fundamental para que Putin no salga a apoyarlo firmemente. Su capitulación causó movilizaciones en su contra y acusaciones de traición. Los manifestantes entraron a la sede de Gobierno y, durante horas, no se supo el parador de Pashinyan y su familia. Ahora, los armenios que viven en los territorios que controlará Azerbaiyán deben abandonar sus hogares.

El tablero del Cáucaso se movió fuerte. Es una zona estratégica por donde pasan los recursos provenientes del Mar Caspio hacia Europa. Además, es un territorio donde convergen los intereses de varias potencias: Rusia, Turquía, Irán. La buena noticia es que las hostilidades cesaron, por ahora. Este ‘por ahora’ es la mala noticia. La disputa por el territorio de Nagorno – Karabaj es antigua y los sentimientos de venganza, sumados a las diferencias religiosas y étnicas, complican el panorama para una solución pacífica y permanente.

Haceme el favor de prestarle atención a esto:

  • Hoy son las elecciones municipales en Brasil -->  ver
  • El Frente Polisario del Sahara Occidental declaró el estado de guerra contra Marruecos --> ver
  • El Vaticano tiene expectativas de una buena relación con el gobierno de Joe Biden --> ver
  • Etiopía, al borde de un conflicto interno. ¿Qué pasa en la región del Tigray? --> ver
  • China y otros 14 países firman el acuerdo comercial más grande del mundo --> ver

Bonus track

Las elecciones en Estados Unidos todavía dejan tela para cortar. Trump sigue sin reconocer explícitamente la victoria de los demócratas. Pero hay dos cuestiones que me interesa abordar. La primera es sobre la decisión de la campaña de Joe Biden de “apagar Twitter”. El sustento de esta decisión se basa en la idea de que el debate público no pasaba por lo que acontecía en la red social del pajarito. Esto me parece fundamental, debido a que no son pocas las lecturas que se realizan en base al supuesto protagonismo que muchos sectores logran a partir de una por su presencia tuitera. Que el tuit de un marginal de la política tenga 20.1K de “me gusta” no quiere decir que represente a un sector significativo de la sociedad.

El otro tema interesante es la grieta urbana – rural que se puso (aún más) de manifiesto en estas elecciones, y creo que es muy importante abordar. El “Estados Unidos profundo” que vive en las zonas alejadas de las ciudades apoyó sin miramientos a Donald Trump. A diferencia de lo expuesto en el párrafo anterior, creo que este debate tiene muy poca relevancia en los medios de comunicación, y eso genera una peligrosa lectura errónea de la realidad y los procesos políticos que ubican al trumpismo como un experimento monstruoso. Les dejo un hilo que hace un buen análisis.

Hay que salir de los cánones que imponen los discursos hegemónicos para comprender mejor la realidad. Es una crítica y autocrítica necesaria para poder comprender en qué mundo estamos viviendo.

Qué profundo, eh. Mejor la dejamos acá.

Hasta la semana que viene.

(*) Analista Internacional de Fundamentar.com

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