Domingo, 23 Mayo 2021 11:08

La manta corta

Escrito por Miguel Gómez (*)
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Es estúpido pensar
que haciendo lo mismo vamos a llegar
a otro resultado.
Retroceder para avanzar,

con la esperanza de que no me vuelva a equivocar.
Retroceder es mi perdón
que me aleja de volver a cometer el mismo error.

Los Mesoneros

Como en ese viejo dicho campero que refiere al desvestir de los santos, las novedades más importantes de la semana que pasó, tuvieron mucho de aquello de tomar medidas que poco pueden aportar a la resolución de problemas, sean coyunturales o sean estructurales. Repasemos.

En el último artículo, cuando referíamos al problema que representa la inflación en la Argentina de hoy, decíamos que el Poder Ejecutivo conducido por Alberto Fernández algo debía hacer para frenar un índice que, si bien había bajado en el mes de abril respecto de marzo, no resultaba suficiente para tener una perspectiva optimista del asunto. Y lo hizo. En pocas horas, supimos que el gobierno cerraba la exportación de carne vacuna para tratar de comenzar a desentrañar el nudo gordiano que supone exportar más, sin que ello represente un aumento en el precio para el mercado interno.

De alguna forma el intento de respuesta no es nuevo. Como en aquella vieja canción de Los Fabulosos Cadillacs que cantaban yo te avisé y vos no me escuchaste, el presidente de la nación ya había dado señales, unas semanas atrás, que alguna medida no ortodoxa podría imponer, a los fines de frenar un aumento desmedido de un producto tan simbólico para el conjunto de los argentinos.

Es obvio que el cierre de la exportación no representa una buena noticia en sí misma. Hay contratos establecidos, cupos de venta asignados y puestos de trabajo en riesgo ya que no pocos frigoríficos faenan exclusivamente para el mercado externo. Además, puede resultar contradictorio cerrar exportaciones, en un gobierno que ha promovido todo aquello que refiera a la venta en mercado internacionales de todo tipo de bienes y productos, ya que el país necesita, como sabemos que sucede desde la década del 30’ para acá, resolver la tensión de la falta de dólares.

Dicen los que dicen que saben, que, si bien el problema no es nuevo, se ha agravado en el último tiempo con la irrupción de China como cliente, ya que demanda volúmenes de venta impensada para nuestra lógica de poco menos de 50 millones de habitantes de un país que ocupa la octava parte del territorio del planeta. La raíz del problema ya no radica, como sucedía algunas décadas atrás, en cómo utilizar el cupo limitante de la llamada cuota Hilton que involucraba a los países desarrollados y que suponía la venta de los “mejores cortes”; sino que el gigante asiático compra la totalidad del animal y eso termina tensionando al mercado interno. Presentándose, además, lo que parece ser una paradoja no menor: el precio al que se comercializa esa parte de la producción es menor que lo que se paga en el país, pero la cantidad demandada es tan importante, que resuelve las diferencias.

A partir de la decisión gubernamental, las respuestas del cúmulo de actores involucrados no se hicieron esperar. Desde un paro en la comercialización por parte de la Mesa de Enlace (lo cual terminaría agravando el problema ya que, ante la reducción de la oferta, con una demanda sostenida, el precio tenderá a subir), hasta algún frigorífico que decidió cerrar sus puertas (no deja de llamar la atención la falta de “espalda” para que, en menos de 72 horas se termine poniendo en riesgo varios centenares de puestos de trabajo), pasando por declaraciones de dirigentes políticos de signo diversos. Oficialistas incluidos.

La teoría productivista allí esbozada, esto es, incentivar la producción para contar con más animales para exportar (más dólares) y para consumir en el mercado interno, peca de un optimismo simplista, típico de un anacrónico liberalismo económico que nos sigue insistiendo que el mercado es el mejor ordenador social.

El problema es aquí y ahora. Un animal no se cría ni engorda en pocas semanas. ¿Cómo resolver una demanda del mercado interno, sostenida no sólo en el derecho a consumir sino en la dimensión cultural que supone comerse un “asadito” el fin de semana?

Si la solución es la mayor producción, tal como declaman lo referentes de la Mesa de Enlace, a la sazón, brazo político agrario de Juntos por el Cambio, vale preguntarse sobre el período 2015 – 2019, cuando la administración macrista concedió cada una de las demandas de las patronales del campo. Según lo comentado por el presidente en la semana que pasó, la producción aumentó sólo un poco menos que el 5%. Realmente insuficiente para absorber nuevas demandas voluminosas del mercado internacional.

Pero demos por sentado que el primer mandatario miente, y la producción ha crecido en un valor mucho más importante. Si es así, cuesta entender el porqué del aumento de más del 65% de la carne vacuna en la Argentina pandémica. Algo no cierra. Y parece que el interés de algunos, los ganadores de siempre, sólo radica en hacer negocios independientemente del consumo de la mesa de los argentinos. En realidad, en un sistema capitalista eso no debería ser algo que nos extrañe. Lo que debería preocuparnos es que algunos dirigentes políticos, con responsabilidades comunitarias, tomen como prioritario el reclamo sectorial antes que la idea del interés general.

Y también hubo avisos no escuchados en la problemática del Covid: 35.000 contagiados por día, más de 700 fallecidos notificados el miércoles de esta semana, con el sistema sanitario colapsado en provincias como Santa Fe y Córdoba, con la relación de contagiados por cada 100.000 habitantes superando en varias veces los valores óptimos; la decisión de volver a fase 1 por nueve días, se pareció a una crónica anunciada. Con gobernadores que abusaron de la navegación a dos aguas por el miedo al “qué dirán” y sin poner el énfasis necesario en los controles, el presidente hizo saber a diversos interlocutores de su enojo por el tiempo perdido en mantener algunas disputas que hoy, a la luz de la crisis sanitaria, parecen carecer de sentido alguno.

Si la necesidad tiene o no cara de hereje, parecen haberlo confirmado Horacio Rodríguez Larreta y Omar Perotti quienes, entre otros, habían insistido hasta el borde del ridículo con la presencialidad escolar, el primero de ellos con demanda cortesana mediante. Una pregunta como al pasar y con tarea para el hogar: ¿seguirá pensando el Dr. Carlos Rosenkrantz que sólo son conjeturas que la mayor circulación no ayuda a la reproducción del virus?

Y como la peor de la fe, es la de los conversos, el alcalde porteño y el gobernador santafesino no tuvieron mejor idea que desechar la virtualidad escolar, en nombre de la falta de acceso a la conectividad de los sectores más empobrecidos de la sociedad. Todo muy coherente y lógico. Como para hacer cada vez más corta la manta.

Retroceder para avanzar. No por muy anunciado el relato, hemos hecho lo que debíamos como sociedad, ni el virus ha dejado de actuar porque le prestara atención a calles que dividen regiones u horarios que segmentan rutinas sociales. La esperanza parece estar allí, al alcance de la mano, vacunas mediante y, tal vez, con 15.000.000 de dosis aplicadas para comienzos del segundo semestre. No es poco, por cierto. Aunque los temores, las dudas y la angustia de estas horas parezcan cubrirlo todo. Hoy, más que nunca, quedate en casa. 

(*) Analista político de Fundamentar

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