Sábado, 11 Septiembre 2021 17:04

Recuerdos

Escrito por Miguel Gómez (*)
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Hay recuerdos que no voy a borrar,
personas que no voy a olvidar.
Hay aromas que me quiero llevar,
silencios que prefiero callar.

Fito Paez

La tapa de Clarín que no sucedió, el vacunatorio vip masivo que nunca se comprobó, el dólar (el oficial y el ilegal) por la nubes, la cuarentena más larga del mundo en modo Bersuit Vergarabat y que nos asemejaría a Venezuela, los 14 millones de vacunas Pfizer que podrían haber llegado en enero de 2021, el veneno de la vacuna Sputnik V, la foto que nunca debería haber existido, la cepa Delta que irrumpiría en el proceso electoral, son todos recuerdos de un tiempo inédito en la vida de los argentinos, que algunos, desde la estrecha mirada que le permite su ombligo, olvidaron que el mundo sufría una pandemia inédita en un siglo. En modo veda electoral, poco diremos de lo que fue la última semana que termina, a sabiendas de que el domingo a la noche, una vez que se cuenten los votos, este artículo quedará viejo. Pero algo podemos imaginar (o suponer) de lo que viene. Repasemos.

Argentina llega a las vísperas de la primavera atravesada por un proceso electoral que, elaborado de manera trabajosa entre oficialismo y oposición, pudo ser demorado producto de los límites que supo imponer el Covid. A contramano de lo que alguna vez afirmó el temerario Eduardo Duhalde, las elecciones son aquí y ahora. Mal que les pese al ex presidente y a sus casi inexistentes seguidores, la posibilidad de que una comunidad se exprese en las urnas tiene dos expresiones que resultan irreemplazables.

La primera de ellas es pública. Tiene consecuencias visibles y no visibles. Lo que el electorado decide queda a la vista. Es una foto que condiciona y define el presente y el tiempo por venir. Los datos duros que suponen la cantidad de votos de los distintos candidatos (o pre) están al alcance de la mano. Pueden ser revisados una y otra vez y, lo que no es menor, pueden ser interpretados de múltiples maneras. Y sobre todo en un contexto de elecciones internas donde las listas de diputados (o concejales para el caso de Santa Fe), quedan configuradas de manera conjunta y proporcional de acuerdo a lo que elijen los ciudadanos. 

Desde esa perspectiva, un proceso electoral ordena. Define, a partir de la lógica de vencedores y vencidos, quienes pasan a ser los protagonistas inmediatos de un tiempo que, si bien puede preverse, también deja espacio para la novedad política.

La segunda expresión de una comunidad expresándose en las urnas es, si se quiere, interna. O, dicho desde la lógica de la politología, privada. En el acto de emitir el voto, suponemos (idealmente) que hay un momento específico donde el ciudadano reflexiona sobre sus preferencias. Sobre lo que espera del futuro, pero también sobre todo aquello que deseaba en la elección anterior y que, sabrá analizar, si se cumplió o no, porqué y de qué modo. En definitiva, la emisión del sufragio supone el siempre sano ejercicio de la memoria.

En ese mirar para atrás, buena parte de las sociedades que integramos, perviven con la sensación de que la pandemia supuso un tiempo suspendido. Las restricciones a la circulación, impuestas por los gobiernos de turno, serían algo así como una etapa donde se nos habría quitado la libertad de trabajar como queremos, de los encuentros y de los abrazos. Y ante ello, corresponde el castigo que habilita el voto a distintas opciones. Consciente, inconsciente o hasta ilusoriamente, algunos ciudadanos se comportan como si ese tiempo transcurrido pudiera recuperarse.  

También existe otro conjunto de argentinos que parten de la premisa que estos 18 meses de pandemia son, si quiere, irrecuperables. Y de alguna manera, también expresan el enojo que, se supone, se traducirá en las urnas. Pérdida de puestos de trabajo, limitaciones en los procesos de escolarización, son algunos de los procesos que llegaron con el combo del Covid y a partir del cual todos los gobiernos del mundo han sufrido cuestionamientos.

Todos los “recuerdos” que comentábamos en el párrafo inicial derivaron en un conjunto de dichos y hechos que transformaron la acción política. Las tapas de los diarios mostrando una idea de unidad y los discursos en modo profesor de Alberto Fernández representan una etapa previa que, rápidamente, comprendimos como impracticables. Las miserias políticas se hicieron carne, y aquello que mágicamente creíamos posible no pasó de ser una mera conjetura que la realidad se encargó de poner en su lugar.

La acción política resultó limitada. Pero lo que (algunos) no quisieron, (otros) no pudieron (y los menos) no pudieron comprender, fue que toda acción humana quedaba limitada. Los voceros anti cuarentena primero y los anti vacunas después, pretendieron obviar la potencia del coronavirus. La soberbia y prepotencia humana de estos sectores supuso tres hechos que justificaban su accionar: que el virus no existía, que se lo podía enfrentar con los cuidados que cada uno estableciese para sí y que las vacunas resultan veneno para el cuerpo humano.

Esas ideas representan de una manera muy acabada un darwinismo social donde el sálvese quien pueda reina en todos los formatos posibles. Fenómeno que no es nuevo en sí mismo ya que algunas corrientes políticas y hasta filosóficas aplican esas ideas como base de su estructura de pensamiento. Lo nuevo aquí es que también apareció un darwinismo político que ya no refería a dejar a trabajadores en la calle o a profundizar condiciones de empobrecimiento de amplios sectores de la sociedad en nombre de cierta modernidad, sino que alcanza a la idea de quien vivía y quien moría. La prevalencia de la ley de la selva donde solo sobreviven los más fuertes marcó el presente político de muchos.

Pero, y aquí podemos entrar en conflicto con la tan mentada veda electoral, hay que decir que muchos de esos escenarios apocalípticos no sucedieron. Argentina llega a estas elecciones primarias, abiertas, obligatorias y simultáneas con un cuadro sanitario óptimo; con buena parte de su población objetiva vacunada, que no se convirtió en mutante ni padeció efectos secundarios gravosos; con la cepa Delta contenida, con el beneficio de la duda sobre si puede llegar una tercera ola; con una amplia variedad de vacunas distribuidas a lo largo y ancho del país; con el vacunatorio vip perdido entre la farragosa burocracia judicial y con una macro economía que ya muestra mejores indicadores que a finales de 2019.

A partir de ello no faltará quien se ilusione y dé por hecho el final de la crisis del Covid para el tiempo de las elecciones generales. Ese pensamiento no podría ser tomado en serio ya que existe una pandemia que puede ser proyectada en tres vertientes. La epidemiológica; donde no debemos de dejar de prestar atención a aquellos países que, de alguna manera, celebraron anticipadamente el final de la misma; las consecuencias ya que los efectos síquicos y sociales de la pandemia podrán verse más temprano que tarde y la acción de los gobiernos que deberán seguir ejecutándose sobre las dos anteriores. Los oficialismos que en la Argentina llegaron al poder sobre diciembre de 2019, ya no podrán pensarse a partir de los límites de un período determinado, sino que, seguramente, en el futuro puedan ser definidos como los gobiernos de la pandemia. Con ello deberán convivir.

La política sirve para dirimir modelos sociales. Y las elecciones, de alguna manera, resultan su instrumento. La pregunta parece reversionada desde marzo de 2020 hasta aquí, pero la esencia es la misma: tener en claro a quien protejo, a quien cuido y a quien beneficio.

En este tiempo social que vivimos, también existen grupos sociales, que piensan a la pandemia como un tiempo que no vuelve. Que reconocen que resulta cierto que los besos y los abrazos que no dimos, los encuentros que no tuvimos parten de momentos que ya no transitaremos. Pero que, de alguna manera, la política y todo su accionar concomitante, se justifica si defiende la vida. Este articulista, que no quiere dejar de atesorar para sí ciertos recuerdos, supone, que este tiempo vivido, que aún no terminó ni mucho menos, tal vez deba ser entendido como parte de un aprendizaje más. Como esa cultura que conocemos en un viaje, como esa charla mano a mano con el afecto que nos necesita y que necesitamos, como un atributo que nos permite valorar aquello que poseemos en bienes materiales y de los otros. Aunque a la señora lectora o al señor lector le parezca mentira, las elecciones también tienen que ver con esto, con la posibilidad concreta de mirar a nuestro alrededor y ponderar qué se hizo mal, qué se hizo bien y en qué contexto. El domingo a la noche empezaremos a descubrir qué nos quieren decir ciertas mayorías.

(*) Analista político de Fundamentar - @miguelhergomez

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