Domingo, 03 Octubre 2021 11:10

Desafíos y Preguntas en la Urgencia

Escrito por Miguel Gómez (*)
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¿Cuál es aquel camino que tengo que tomar?
Si solo hay un destino al que puedo llegar.
Es solo un momento
Es una mirada hacia atrás,
yo quiero saber, mi amor, si al llegar
vas a estar allí.

(Vicentico)

Como era de esperarse, la respuesta del peronismo nacional frente a la derrota electoral de las PASO, supuso una reconfiguración de los espacios de poder hacia el interior de buena parte del espectro oficialista. La salida de varios ministros y del propio Jefe de Gabinete no representan sólo un cambio de nombres con determinadas características personales, sino, el mayor protagonismo a nivel nacional del conjunto de gobernadores que, ahora sí, dicen sentirse mucho más contenidos desde Balcarce 50. Esta semana que acaba de concluir, tuvo un par de ejemplos cercanos que confirman la idea. Repasemos.

Dos hechos sirven como referencia de lo anterior. Por un lado, el rápido acuerdo logrado por el flamante ministro Julián Domínguez con los sectores agropecuarios por el tema exportación de carnes, con el consiguiente protagonismo de los gobernadores de las provincias donde la industria frigorífica tiene un peso relevante; y por otro, el anuncio de la llegada de 575 uniformados a la provincia de Santa Fe, más específicamente a la ciudad de Rosario, para atender el fenómeno de la narcocriminalidad de la otrora “Chicago” argentina. En ambos casos el gobernador Omar Perotti ganó en visibilidad nacional.

La situación refleja tres situaciones definitivamente nítidas. La primera es que el oficialismo parece concederle razón al santafesino a partir de las diferencias que éste último había planteado en ambas problemáticas, antes y durante la campaña electoral.

La segunda es que, aunque no resulte visible del todo, las coincidencias entre el jefe de la Casa Gris y el dúo Fernández – Fernández, no han quedado circunscriptas a un esquema electoral, sino que, producto de un análisis estructural de los protagonistas, el acuerdo llegó para quedarse.

Finalmente, la tercera novedad que traen estos días, es que, a suposición de que parte de la derrota se debió a que en el interior de estas provincias las limitaciones a las exportaciones, habrían incidido negativamente en no pocos sectores; y de que, en el caso santafesino, la promesa perottista de “Paz y Orden” no estaría siendo cumplida; el gobierno nacional vuelve sobre sus pasos dando por concluidas las restricciones a la exportación (medida exitosa en sí misma, ya  no respecto del marcado descenso del precio de la carne en mostrador, pero sí, cuanto menos, a su estabilización) y enviando varios centenares de uniformados a Rosario, situación a la que, la ministra saliente, se había negado sistemáticamente.

El ministro de seguridad Aníbal Fernández, y el gobernador de Santa Fe, Omar Perotti.
El ministro de seguridad Aníbal Fernández, y el gobernador de Santa Fe, Omar Perotti.

En este último sentido, es probable que, en los días por venir, comencemos a ver mucho más seguido por Casa Rosada al conjunto de gobernadores que tributan en en el peronismo. La semana que se fue muestra claramente el efecto del subibaja de las plazas de nuestra niñez: mientras el Jefe de Gabinete Juan Manzur gana protagonismo y se los hace ganar a sus colegas gobernadores, el presidente Alberto Fernández se corre de la visibilidad política cotidiana. La urgencia de la derrota marca nuevos desafíos a los cuales comienzan a subirse algunos mandatarios provinciales.

En este sentido, para el caso santafesino el límite es claro: por un lado, el arribo de las fuerzas federales deberá, cuanto menos, generar un escenario que brinde algo de calma en los barrios más acosados por cierta trama delictual y por otro, el precio de la carne debería tener una estabilidad tal, que no debilite (aún más) la palabra del gobernador que, en reiteradas ocasiones, había reclamado por la apertura de las exportaciones. Si en pocas semanas, ese bien cultural llamado asado se disparara nuevamente, resultaría muy difícil, casi imposible, de no vincular a los Perotti boys de la defensa de ciertas lógicas sectoriales.

Pero más allá de estas cuestiones que refieren a lo superestructural, el kirchnerismo en particular parece no encontrar el rumbo de cómo pararse en el contexto de esta campaña. Como si hubiera sufrido su primera derrota electoral de medio término de su historia (4 de 5), muchos dirigentes de segundas y terceras líneas, e incluso, no pocos militantes sin responsabilidades institucionales, se sienten desguarnecidos frente a las semanas que se vienen. Dicen, por ejemplo, extrañar la ausencia de una épica que sirva como elemento articulador de la acción política. Comparan, alegremente, como si los escenarios fueran transmutables, este pandémico 2021 con la crisis de la derrota de 2009, la cual parió la creación de la Asignación Universal por Hijo o la estatización de las AFJP, entre otros hechos relevantes. Quiero recordarles algo: ese conjunto de medidas, junto a otras, fueron posteriores a la derrota de 2009 y se construyeron y consolidaron con el correr de 24 meses que habilitaron el fenomenal triunfo de 2011.

Hay una fantasía simplista y recurrente en cierto kirchnerismo: el suponer que las fórmulas que fueron exitosas en “altro tempo” pueden replicarse sin más en la coyuntura de la pandemia. 2021 no es 2005, ni 2009, ni 2013. Si en los años siguientes, el kirchnerismo (como la versión más cercana al mejor de los peronismos en pleno siglo XXI) pudo sobreponerse a las derrotas de medio término, en cada una de ellas, las respuestas no fueron unívocas.

En cada una de esas elecciones la solidez económica era otra, no existía enfrente un bloque de poder tan decididamente consolidado y a nadie se le ocurría pensar que un virus podía alterar tanto nuestras cotidianeidades. No había una deuda externa pendiendo sobre nuestras cabezas cual espada de Damocles. No existía una oposición que apostaba a la desestabilización. Y tampoco el ánimo de nuestra gente estaba por el piso luego de más de 115.000 muertos y millones de contagiados en una pandemia.

No pocos sectores del oficialismo intentan, en medio de una campaña electoral, tensionar “por izquierda”. La reacción, que a veces pareciera histérica, sobre el déficit o el superávit de las cuentas públicas, se parece a esas discusiones que solo preocupan a los interesados en cierto metier. La pregunta es si buena parte del kirchnerismo no construye su propia contradicción sin haber entendido, no sólo los tiempos que hoy tocan vivir, sino a la propia jefa política que resulta, a la sazón, la figura más preclara de este tiempo.

Si se recurrió a un moderado para presidente, en acuerdo con un buen número de dirigentes con los cuales existía un distanciamiento evidente y con los que se construyó la idea de la “unidad en la diversidad”; si ante la elección de las candidaturas electorales, Cristina Fernández eligió a referentes que no se distinguían por su prosapia k; si ante la crisis de una derrota la salida es con el formato “clásico” de cierto pejotismo, fomentado por la propia vicepresidenta, la pregunta que huelga es si tiene sentido en el interregno de dos elecciones, con diferencia de 60 días, insistir con más progresía cuando, desde hace 28 meses se dan señales de ir por cierto tradicionalismo político, que es el resultante de los límites que ha impuesto la propia sociedad argentina. También resulta válido preguntarse, si es justa la queja sobre la tibieza de Alberto Fernández, cuando es la propia vicepresidenta la que nos dice, con sus actos, que no hay margen para un escenario de mayor audacia política. ¿Cree, en serio, cierto kirchnerismo, que puede emularse determinada épica aceptando de buen grado la decisión, producto de los limitantes de la época, de recostarse sobre aquellos sectores con los que no se tenía una relación fluida? ¿Está pidiendo la sociedad argentina más progresismo? Si ello fuera real, vale preguntarse también con qué actores y referentes institucionales de peso ello se puede construir. Y la pregunta del millón: ¿está dispuesta la propia referente a ir por esa épica?

Podría profundizarse el análisis tratando de responder a una pregunta que viene de los fondos de los tiempos: ¿en qué medida voluntarismo y pragmatismo pueden convivir en tiempos de vacas flacas que no refieren exclusivamente a las carencias económicas?

Estas líneas no están planteadas para la crítica, el desánimo o la desesperanza, sino para insistir que nada está definido del todo. Que el objetivo más urgente ni siquiera refiere a ganar o perder una elección de medio término, sino a empezar a cumplir el contrato electoral de 2019, teniendo en claro la doble pandemia que debimos atravesar en los últimos años: la macrista y la del Covid.

Parte de esto se refleja en el último dato que el Indec acaba de publicar sobre la pobreza: 40,6%. Es un número que en un país como el nuestro representa un cachetazo, sobre el cual no se puede construir ni épica ni celebración de ningún tipo. Pero que, a la vez, al compararlo con setiembre de 2020 (40,9%), refiere a que, pese al año de restricciones y penurias, la situación no se agravó. Ni por asomo podemos contentarnos. Pero, vaya pues, alguna forma discursiva que sirva para evitar la autoflagelación en tiempos de derrotas electorales en formato de PASO de medio término, y para reconocer la enorme virtud del peronismo que da una respuesta a la sociedad, con sus modos (a veces brutales), de cara a la sociedad, sin echar culpas sobre el electorado, ni mandarnos a dormir tempranamente en una noche de domingo.

Desde la base que supone la idea de la Comunidad Organizada, la actualización doctrinaria del kirchnerismo supo construir el concepto de que “Nadie se salva sólo”. Tal vez sea hora de recordarlo. La historia así lo demuestra.

(*) Analista político de Fundamentar - @miguelhergomez

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