Domingo, 01 Mayo 2022 10:43

Ilusiones e internas

Escrito por Miguel Gómez (*)
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Ilusiones e internas Escher

Ilusiones, que iluminan mi camino
que me acortan la distancia con la felicidad.
Ilusión como un sol,
como magia en la noche de quietud,
que calma mi ansiedad.

Vicentico

Si el editor de este portal así lo quisiera, el presente artículo podría llevar el título alternativo de “Distintos pero iguales”, ya que estas líneas que con tanto gusto escribimos cada fin de semana, también resumen parte del entramado que cotidianamente se construye en los dos frentes políticos más importantes de la Argentina y que, más allá de las propuestas ideológicas tan marcadamente diferenciadas, el devenir de sus prácticas y consecuencias, tienen mucho en común. La última semana de abril, ha resultado pródiga en reflejar ya no una característica casual de alguno de los dos frentes, sino la suma de acciones que recrean un internismo marcado, todo acompañado de “empate institucional” que pareciera limitante. Repasemos.

No descubrimos ninguna novedad si decimos que la foto en el segundo trimestre de 2022 es clara: en la Argentina conviven dos bloques políticos perfectamente consolidados. Las últimas elecciones lo vienen confirmando y la de 2021 no fue la excepción. Sumados, la representación política del Frente de Todos y de Juntos por el Cambio alcanza al 75% del electorado y conviven hacia el interior del parlamento en una paridad tal que ha tenido un par de consecuencias evidentes: la demora en Diputados en la conformación de las comisiones que le dan sentido al trabajo de la Cámara, y la imposibilidad concreta de abordar agendas mucho más abarcativas de la realidad nacional.

En el ámbito descripto, los acuerdos son de muy corto plazo. Proyecto a proyecto se trabaja en lograr mayorías que refieren a situaciones circunstanciales. Por citar ejemplos recientes: si los apoyos fueron en un sentido de cara al acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, esos mismos consensos no se repiten en la novedad de los últimos días de forzar el cambio del tipo de voto que supone la utilización de la Boleta Única de papel para las elecciones de 2023 y para lo cual se requieren de mayorías especiales, que no estarán en ninguna de las Cámaras.

A la condición de empate permanente se le podría agregar que, cuando éste se rompe, los acuerdos alcanzados resultan efímeros. Pero con un dato más que complejiza el contexto: esa lógica no se circunscribe a las prácticas parlamentarias donde, desde la misma noche de las elecciones de noviembre somos conscientes de la situación de paridad; sino que, al interior de cada frente, lo que parece dar señales de cierta armonía hoy, nada garantiza que se repita en el día de mañana.

Dos casos que ilustran los últimos días. Si el comienzo de la semana mostró la posibilidad concreta de cierto entendimiento en las segundas líneas del Frente de Todos frente a las disputas internas agudizadas de los últimos meses, con un acto en Florencio Varela que contaba en un mismo escenario con la presencia de funcionarios más cercanos a Alberto Fernández y a Cristina Fernández de Kirchner, y que, más allá de algunas chicanas discursivas parecía reforzar la idea de poder relanzar al gobierno de la cual comentábamos siete días atrás en esta misma columna; las declaraciones radiales posteriores de Andrés Larroque, a la sazón referente de La Cámpora, ministro de Desarrollo Social de la provincia de Buenos Aires y hombre que no dice (ni reitera) nada que su jeja política no autorice sobre que la “política social se define por la política económica” y que a “Martín Guzmán no lo votó nadie”, dinamitaron por los aires cualquier idea de inicio de cierta paz gubernativa.

Como al pasar digamos que las declaraciones del ex diputado, confirmaron que lo suyo, más allá del mensaje claro y definido hacia el presidente de la Nación, no tiene mucho que ver con la agudeza “en el decir”: teniendo en cuenta su rol de ministro cabría recordarle que a él tampoco lo votó nadie, y que (y esto es lo más grave) si una política social es definida exclusivamente por la política económica no se entiende muy bien cuál es su rol en tan estratégica cartera bonaerense. En fin, algunos deberían entender que la comunicación política en tiempos de redes y virtualidades se proyecta en múltiples direcciones, más allá de las intenciones originales del emisor del mensaje.

Del otro lado, en el segundo ejemplo, tampoco la tienen todas consigo. Con bombos y platillos mediáticos, esos mismos que anunciaban una masividad que derivó en una raquítica marcha del “campo” sobre el centro de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires durante el domingo 23, los dirigentes más importantes de Juntos por el Cambio se reunieron en el Instituto Hannah Arendt que pilotea la siempre mediática Elisa Carrió para, supuestamente, establecer acuerdos mínimos de cara al tiempo que viene, período electoral incluido.

Del supuesto resultado de la reunión se dejó trascender una discusión entre el ex presidente Mauricio Macri y el gobernador de Jujuy Gerardo Morales, dado que éste último le habría espetado al primero de ser parte de una operación donde se afirmaba que el carcelero de Milagro Sala, había realizado un acuerdo con Sergio Massa para lograr el nombramiento de la radical Roxana Reyes como representante de la Cámara de Diputados ante el “flamante” Consejo de la Magistratura, presidido ahora por el siempre impoluto Horacio Rosatti.

El otro dato que el resto de los contertulios dejó entrever, antes y después de la reunión, incluso con afirmaciones de los ya viejos jóvenes radicales (Facundo Suarez Lastra y Federico Storani), es que Javier Milei es el límite y que no formará parte del entramado que supo consolidar la derecha argentina en Juntos por el Cambio.

Las declaraciones posteriores fueron en distintos sentidos, pero no dejó de llamar la atención que, 24 horas después, sea la propia presidenta del partido Pro, Patricia Bullrich, principal interesada con Mauricio Macri en acercarse a la figura del retrógrado sorteador de dietas, quien relativizara la exclusión del mismo. O el acuerdo no fue tan contundente, o ciertas palabras, incluso las que se publican en comunicados, duran menos que las hojas que caen en este otoño del 2022.

En las circunstancias comentadas en los dos bloques de poder que encarnan el Frente de Todos y Juntos por el Cambio, sobresalen un par de hechos que corresponden abordar. El primero es que ambos espacios, si bien están consolidados por historia, gestiones a cargo y apoyo electoral, no se encuentran unidos por una sola jefatura política. Nadie tiene la capacidad y el peso político para “juntar las cabezas” de manera definitiva. Y cada uno lleva su propio límite como una marca en el orillo: a unos porque la pésima gestión del período 2015 – 2019 no les permite mostrar ni un sólo número a favor de los datos macro económicos y sociales, lo cual alimenta las ilusiones de no pocos contendientes en un sueño presidencialista: Mauricio Macri, Patricia Bullrich y Horacio Rodríguez Larreta por el Pro y Gerardo Morales por la Unión Cívica Radical parecen ser las caras más visibles de lo que seguramente terminará en la interna que habilita el sistema de las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias.

Y a otros, porque, en un sentido contrario a lo anterior, dando positivamente casi todos los datos de la macroeconomía (empleo, crecimiento industrial, producción en energía, comodities, inversión pública, etc.), el aumento de la inflación y la derrota de noviembre con el inoxidable pase de facturas internas, parece condenarlos a estrategias de silencio o de mayor cuestionamiento público, según sea el caso.

En ambos frentes las ilusiones parecen limitadas y circunscriptas a evitar escaladas que, cotidianamente, liman cierta referencialidad. Si bien la derecha vernácula quiere probarse el traje de estreno para la asunción del 10 de diciembre de 2023, las discusiones no saldadas respecto de lo que fue su nefasta primera experiencia de gobierno en el ámbito nacional mediante el voto popular, pone en tensión a todos aquellos que se creen con derecho a poder “estar”.

Por su parte, en el Frente de Todos, sin diálogo firme entre sus máximas figuras, parece poco lo que los dirigentes de menor rango puedan elucubrar como intento de acercamiento entre las partes. Si en una semana el oficialismo se mostró con una dinámica de concordancia en el acto de apertura de la licitación para la construcción del gasoducto Néstor Kirchner, a la semana siguiente le suceden declaraciones de referentes del cristinismo que parecer quebrar cualquier idea de armonía, a lo que le sigue el silencio del albertismo, que dice preferir asentarse sobre la gestión.

Esas ilusiones, chiquitas, perennes y constreñidas por un proceso interno desmovilizante, tiene a la fragilidad política como una constante. Aquellos acuerdos que pueden presentarse como más o menos formales, se rompen rápidamente y todo termina circunscripto a la efimeridad del aquí y ahora. Más posmoderno no se consigue.

La semana que termina ubicó a ambos espacios frente a sendos dilemas. ¿Qué hacer en Juntos por el Cambio con Javier Milei? Contenerlo para sumar masa crítica parece ser la opción del dúo Macri – Bullrich que, como dos adolescentes enamoradizos, van y vienen en una relación que no está del todo restañada ni mucho menos. Marcar un límite que le dé claridad y previsibilidad política parece ser la opción de larretistas y radicales, pero el riesgo de una partición del voto de derecha que sea funcional al oficialismo, campea como un mantra inexorable.

¿Qué hacer en el Frente de Todos con Martín Guzmán? No parece ser una idea muy feliz “limar” ya de manera pública a la figura del ministro. En una economía con mucho de ruido por problemas exógenos y endógenos, un desgaste de esa característica aplicaría y mucho a aquella máxima murphyana que dice que “si algo puede salir mal, saldrá mal”. Vale preguntarse en términos camporistas quién sería el ministro de economía que, sin que tampoco nadie haya votado, habilite otra supuesta política social.

Guzmán ha sido quien, exitosamente, ha concluido dos renegociaciones con acreedores externos en el término de dos años. Cuenta con diálogo directo con una multiplicidad de actores del sistema financiero y económico internacional y con el respaldo político del presidente de la Nación. En el contexto de estos días, su salida supondría un debilitamiento de la figura de este último, tal vez, y ya que hablamos de ilusiones, la aspiración de varios.

Va de suyo que el futuro es incierto. Pareciera prevalecer, si a este analista lo apuraran un poco, que lo que sobrevendrá en ambos frentes sea para el futuro mediato, por primera vez desde su implementación, la realización de unas PASO presidenciales que definan a fondo no sólo quienes serán los candidatos en octubre del 2023, sino el destino político de no pocos protagonistas de este tiempo.

En el camino y en este domingo que tal vez usted, querida lectora, estimado lector, lee a este atribulado comentarista, se celebra el Día del Trabajador. Y como nunca (o como siempre), nos subimos a la ilusión que, como nos canta Vicentico, nos calme ansiedades. La de una sociedad con trabajo. La de la dignidad de papá y mamá poniendo en la mesa y en la vida todo aquello que los hijos necesitan para una vida mejor. La del encuentro entre compañeros que luchan por un mismo ideal. Si tiene margen, descorche un vino o abra una cerveza y celebre con los afectos. “Salú”. Y ojalá, como se ilusionó alguna vez el gran Atahualpa Yupanqui, nuestro desierto se convierta en un vergel.

(*) Analista político de Fundamentar - @miguelhergomez

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