Domingo, 03 Julio 2022 08:33

El palacio de la oportunidad

Escrito por Miguel Gómez (*)
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Palacio de Hacienda Palacio de Hacienda Alejandro Goldemberg - Guido Beck

En cuanto aparezca la oportunidad,
dirá lo que tanto ha esperado.
Contará lo que estaba guardado,
encontrará que en el fondo nunca hubo silencio.
Solo que no era,
solo que no era el momento.

Julieta Venegas

En pleno centro rosarino, en la esquina de Corrientes y San Luis, se yergue un hermoso edificio (la Casa Fracassi), construido en 1925 por Ángel Guido, sobre la base del estilo del renacimiento colonial. En su interior, se desarrolla un emprendimiento comercial (“El palacio de la oportunidad) el cual funciona, desde hace algunos lustros, como un polirubro en el que pueden encontrarse desde las típicas baratijas chinas de ocasión, a productos de calidad qué, a unas pocas cuadras, sobre el coqueto Paseo del Siglo, se consiguen al doble de precio.

De alguna manera, la no tan imprevista salida de Martín Guzmán al frente de otro palacio, el de hacienda, y la llegada de su sucesor (o sucesora), supone convertir a ese hecho en una oportunidad para un oficialismo que no encuentra un rumbo político claro desde, por lo menos, setiembre de 2021. Si redundará en un cúmulo de baratijas o en una referencia de mayor calidad económica lo definirá la agudeza política de esa designación, que, de alguna manera cierra una semana que resultó cargada de gestualidades que muestran los límites de la construcción política del Frente de Todos. Repasemos.

Promediando la semana Alberto Fernández se ganó la aprobación del oficialismo todo al levantar su agenda del día miércoles para viajar a Jujuy con el objetivo de visitar el sanatorio donde permanece internada Milagro Sala. De tono indudablemente humanitario, la jugada presidencial no pasó desapercibida en el mundillo de la política y despertó el berrinche de su carcelero de la militante detenida, el gobernador de esa provincia, Gerardo Morales.

La detención de Sala en lo particular, con los consiguientes reclamos de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, y la situación del Poder Judicial de esa provincia en general, con el ocultado escándalo que supone un máximo tribunal provincial manejado a gusto y “piaccere” por el ex funcionario de Fernando De la Rúa; demuestran, de manera ejemplar, dos hechos que podrían definirse como sintomáticos: el poco margen de acción con el que cuenta el oficialismo para la resolución de problemas que podrían definirse como elementales y las diferencias de criterios que existen para abordar su solución.

Indulto si, indulto no, intervención del Poder Judicial jujeño, herramientas que otorga (o no) la mismísima Constitución Nacional ponen en discusión (y en tensión) sobre cómo dar una respuesta a un ejemplo claro de arbitrariedad y avasallamiento institucional sobre una dirigente política que supo hacer de su lucha, una bandera que se proyecta al plano nacional.

El resto de la semana también se completó con un cúmulo de actividades cargadas de gestualidades. Entre discusiones públicas y no tanto, sobre el uso de la lapicera como un instrumento de poder (de hecho, el artículo de este fin de semana estaba titulado “Sobre lapiceras y gestos”), la figura de Juan Domingo Perón, en un nuevo aniversario de su fallecimiento, también quedó incluida en los vaivenes de las tensiones oficialistas.

A la desprolijidad por la presencia presidencial en la sede de la CGT, se sumó la expectativa por la presencia de Cristina Fernández de Kirchner, 24 horas después, en la ciudad de Ensenada. Honestamente, nada nuevo surgió de ambos actos, más allá de algunas confirmaciones que demuestran que el presidente tiene algunos problemas de articulación política, mientras su vice se muestra ante un público propio cada vez más entusiasta que pide por su candidatura en 2023.

Si los discursos de viernes y sábado nos habían obligado a prestar especial atención a la agenda política de lo que podía ocurrir durante el fin de semana, la renuncia de Martín Guzmán a la conducción del ministerio de Economía, pagó (y con creces) cualquier actividad que pudiéramos haber suspendido.

En un formato de ajedrecista político que hasta ahora había demostrado en pocas circunstancias, el discípulo de Joseph Stiglitz anunció su salida vía Twitter, mientras la vicepresidenta participaba del acto en la provincia de Buenos Aires, restándole buena parte del protagonismo político que las tapas de los diarios domingueros seguramente le asignarían.

La renuncia ha generado un inocultable ruido. Su fundamentación, a través de un texto de siete carillas, que recuerda al anterior renunciante Matías Kulfas, expone palmariamente la falta de acuerdo político hacia el interior del Frente de Todos sobre algunos ejes que deberían considerarse centrales, (tarifas y su segmentación, déficit fiscal, modos de reparto de la ayuda social) pero también la propia incapacidad del saliente funcionario, en poder logarlos.

Con todo, también hay una gestión que puede ser revisada. En el debe, la gestión del platense deja una inflación que, según sus propias previsiones, el mes de junio debía profundizar una tendencia a la baja que, finalmente y de acuerdo a los datos de los últimos días, no estaría sucediendo. Si la semana anterior, en esta misma columna, afirmábamos que los plazos de Guzmán podían empezar a acortarse, eso obedecía a que la expectativa gubernamental para el próximo trimestre, se fundaba en una baja sustancial del alza de precios.

Por otro lado, la brecha cambiaria, tampoco resulta una buena noticia en sí misma, y trae consigo nuevas tenciones que refuerzan el círculo vicioso de una inflación que se proyecta, con suerte, en el 60% anual.

En el haber, aparecen el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional que, en un hecho inédito en la política nacional, alcanzó los consensos legislativos necesarios para que se convirtiera en ley; una tasa de desempleo con tendencia a la baja y las primeras señales que indican que la actividad económica ya se encuentra en niveles pre pandemia.

Con la salida de Guzmán el oficialismo ha profundizado su crisis, aunque, bien articulada, la misma también puede ser pensada como una oportunidad. Si “la necesidad tiene cara de hereje”, resultaría saludable que el horizonte que suponen las elecciones presidenciales del año próximo, sirva como dique de contención de ciertos hechos que nos hacían repensar y revisar si las actitudes de algunos protagonistas daban por verdadero que “nadie se salva solo”.

El presente contexto debería superarse sobre la base de tres acciones que se suponen centrales:

1) Recomponer el diálogo al interior del Frente de Todos. Si algo dejó en claro la experiencia Guzmán, es que no se puede administrar los grandes temas del país sin que el conjunto de la coalición se sienta contenida en la discusión que vaya más allá de las segunda o terceras líneas del funcionariado. Si el espacio se construyó con una mesa de tres patas, la designación de un protagonista central del futuro mediato de la vida de los argentinos, no puede ser impuesta por una de las partes y no del todo.

2) Dar un mensaje claro a la ciudadanía antes que a los mercados. En un espacio que se autopromociona desde el “primero la gente”, debería resultar básico transmitir un mensaje de calma política más allá de las justas, legítimas o excesivas desavenencias políticas, a los ciudadanos y ciudadanas de carne y hueso, antes que a la entelequia del mercado.

3) Designar al frente del área económica, a un hombre o a una mujer que, de alguna manera, represente una síntesis del conjunto frentetodista. Seguramente no son tantos los nombres que encuadren en esta categorización, pero mucho más acuciante resultaría la designación de alguien que no sea ponderado por alguna de las partes.

Si, como nos parece interpelar Julieta Venegas, este era el momento de la renuncia del ministro de economía, sólo lo puede poner en valor la ponderación de cada ciudadano primero, y el desarrollo de los acontecimientos de los próximos meses después. Tal vez la designación del nuevo inquilino del Palacio de Hacienda, se transforme en la oportunidad de reencausar aquello que ha dejado de prevalecer en buena parte de la conducción del oficialismo: un verdadero sentido de unidad. La necesidad de la hora impone acuerdos reales y sinceros. Y como diríamos en mi Tablada natal: “teléfono para todos y todas”.

(*) Analista político de Fundamentar - @miguelhergomez

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