Lunes, 19 Diciembre 2022 20:48

Las vocales, las consonantes y el fútbol

Escrito por Miguel Gómez (*)
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"Primero hay que saber sufrir,
después amar, después partir
y al fin andar sin pensamiento."

Naranjo en flor - Homero y Virgilio Expósito

¿Desde dónde escribir cuando el hecho deportivo, transformado en alegría colectiva nos desborda? ¿Desde esa felicidad íntima de una familia que no puede contener el llanto durante los diez minutos posteriores a que Gonzalo Montiel acertara en la definición de su penal y pusiera a la Argentina, otra vez, en el máximo pedestal del fútbol?

¿Desde el maravilloso desorden de una ciudad visceralmente futbolera como Rosario, que tiene desde ayer el innegable orgullo de contar con tres campeones del mundo, y que dos de ellos aportaron los goles de la definición y que, vaya representación distintiva, reporta cada uno en los dos clubes en los que se divide la otrora Chicago argentina?

¿Desde el recuerdo a los detractores que se ensañaron con algunos jugadores por su vida privada o con el director técnico por su falta de experiencia?

¿Desde el ejemplo que supone un proyecto que nació rengo pero que se fue consolidando a fuerza de conocimiento, empatía grupal y la sumatoria de los distintos talentos individuales?

Sinceramente, no lo sé. La hazaña deportiva de este 18 de diciembre de 2022, que quedará grabada a fuego en nuestras memorias, despierta sentimientos y emociones en diversas direcciones que desordena cualquier pretensión de claridad conceptual. Escribir como método para exorcizar demonios, para ahuyentar fantasmas, tal vez de eso se traten estas líneas que siguen.

De alguna manera puede decirse que el fútbol argentino ha vivido preso de la dictadura de una vocal. Más precisamente la “O”. Nos hemos desgastado en discusiones tan estériles como funcionales a quienes deben llenar horas y horas en medios o, si se quiere, en satisfacer egos personales de ya viejos ídolos cuando debatíamos si preferíamos el mundial del ’78 o el mundial del ’86; cuando nos interpelábamos por la preferencia de César Luis Menotti o de Carlos Salvador Bilardo, o más acá en el tiempo, cuando caíamos seducidos ante la duda de Diego Armando Maradona o Lionel Andrés Messi.

Esas discusiones siempre resultaron falaces. El “triunfo” de ayer, tal vez nos ayude a entender que la vocal deba ser cambiada por una consonante, la “Y”. Que la historia del fútbol argentino se referencia en los dos mundiales previamente ganados: en el juego colectivo del ’78 y en la solidaridad emotiva del ‘86. En la capacidad de convencimiento de Menotti y en la obsesión bilardista de no dejar nada librado al azar. En el talento rebelde del que ya no tenemos entre nosotros y en la genialidad en la repentización del otro rosarino más famoso.

Hegel afirmaba que a dos ideas que resultaban antitéticas podría sucederle una nueva en formato de síntesis. ¿Podríamos imaginar a la Scalonetta como una especie de modelo hegeliano del futbol argentino? Tal vez sí, porque ese equipo tuvo buen juego en las complejidades de este tiempo, supo ser ordenado tácticamente y rebelde en dosis igualitarias, apostó a lo colectivo, necesitado a la par, como siempre sucede en este deporte, de la precisión y preciosismo individual, que no son lo mismo aunque parezcan que pertenecen a la misma familia de palabras.

Pero tal vez no, si es que esa especie de síntesis nos lleva a obviar el pasado, a no reconocer ciertos orígenes, algo que suele ser tan común en estas tierras que habitamos. La Scalonetta es deudora del menottismo que hizo creer a un grupo de jugadores que podían pertenecer a la elite del futbol mundial. Y es deudora del bilardismo que supo de transmitir del orgullo de vestir esa camiseta. Esos son sus orígenes. Que el ex volante ya octogenario integre una secretaría técnica del equipo de la Asociación del Fútbol Argentina es una buena noticia en sí misma. Que el médico que le dedicó su vida al fútbol, ayer pueda haber visto a Messi levantar la copa del mundo y que el otro Lionel, Scaloni, se haya emocionado cuando se lo nombraron en conferencia de prensa, también.

Esta consagración, además, vino a romper con ciertas verdades sagradas que parecían irrefutables. Alcanzan al ambiente del futbol pero también a nosotros mismos. En este último caso, por ejemplo, una encuesta twittera de Luiz Inacio “Lula” Da Silva dio como resultado que la mayoría de los seguidores del presidente electo del Brasil (57%), prefería  una Argentina triunfadora. Otro ejemplo es el de Mario Gotze, nuestro verdugo de 2014, quien celebró el derrotero deportivo de Messi. Ambos hechos, tal vez deberían servir para relativizar nuestro fanatismo “termo”. De los primeros hay un par de afirmaciones que merecen revisión:

“El director técnico de la selección argentina debe ser un tipo ganador, con trayectoria”: desde su experiencia de vida y profesional debía saber ser referencia. Incluso, algunos preferían cierta distancia y hasta cierto paternalismo. Falso. Lionel Scaloni entró casi por la ventana. Pero sin recorrido previo supo llegar a sus jugadores. Con alguno puede decirse contemporáneo pero con la gran mayoría lo separa una generación.

“Los jugadores deben tener un líder que sepa imponerse ante las adversidades”. Otra vez falso. La idea del macho que se imponía sobre el resto, adentro y fuera de la cancha, era muy vívida en ciertos cultores de una forma, algo perimida, de entender el juego. El líder volvió a aparecer pero con otro formato, más cercano, definitivamente más humano y sabiendo delegar en el resto de sus compañeros de sueños y quimeras.

Estos protagonistas, como un signo de los tiempos que corren, se permitieron el lugar para la emoción pública, incluso con el llanto que produce cierta felicidad.

Siempre desearon mostrarse con sus afectos, algo impensado en la obtención de los mundiales anteriores. ¿O alguien recuerda algún familiar en la vuelta de Buenos Aires del ’78 o en aquella del mediodía mexicano del ’86?

Incluso, una de sus figuras más querible, se permitió reconocer que tras una derrota impensada e inesperada había necesitado ayuda de su sicólogo. No es menos fuerte quien reconozca sus carencias, preocupaciones y angustias. Pero sí más inteligente porque de ello depende el éxito de vivir cada día, en este caso, después que el árbitro pita el final del partido y las cámaras de televisión dejan de mostrar lo que sucede en un rectángulo de juego.

Pero hay algo que sobrevuela el ambiente y que refiere a la masividad de los festejos, a lo largo y ancho del país, en la tarde – noche del domingo pero también en el derrotero que tuvo el mundial. ¿Cómo se explica tanta empatía, tanta “manija” al decir de Twitter?

Es indudable que en tiempos de multiplicidad de redes y del acceso a internet de manera tan definitiva con cualquier tipo de teléfono celular, todo se potencia. Pero en este caso tal vez podamos pensar a la red del pajarito, Telegram, Instagram, Whatsapp y en menor medida Facebook, como meros instrumentos de un momento social. Puede costar aceptarlo pero nuestro mundo queda influenciado por las redes que, combinado con el variopinto enjambre de enviados especiales a Qatar, suman una visibilidad de la que nadie puede escapar del todo. Pero hay otros factores. Repasemos:

El éxito de la Copa América como antecedente. Si el proceso de la Scalonetta venía mirado de costado por el mundo futbolero, el éxito contra Brasil en “tu cara y en tu cancha” abrió un crédito colectivo que fue el desasosiego de no pocos comunicadores que se preparaban para el reemplazo del hombre nacido en Pujato.

El Covid y sus efectos colaterales. La pandemia que aún padecemos trajo como etapa siguiente, una vez que hemos sentido que lo peor ya pasó, una especie de estallido de lo público. Entre otras circunstancias tenemos un turismo interno y externo con temporadas altas y bajas que baten récords; bares, restaurantes y boliches a tope; recitales extranjeros y nacionales con llenos totales. Debe ser cuestión de análisis más profundos y de especialistas más iluminados, pero queda la sensación de que la pandemia ha dejado un reguero de sentimientos de que todo debe vivirse en plenitud, aquí y ahora. Y un triunfo deportivo con tanto anclaje en lo colectivo no es algo que podamos desechar.

La debilidad aparente. Más allá de lo logrado en julio del 2021 en el Maracaná, eran otras las selecciones que aparecían como favoritas para ganar el mundial. Las soberbias actuaciones iniciales de España, Francia o Brasil (por poner rápidos ejemplos), en contraposición con la derrota argentina contra Arabia Saudita, nos puso en un lugar de permanente tensión y presión. El fantasma de 2002 circuló de manera palmaria en nuestras conciencias futboleras. Y esa debilidad también apareció expresada en una canción que pese a su simpleza se muestra definitivamente genial porque en unas pocas estrofas, “Muchachos”, tiene la especial virtud de recordar Malvinas, nuestras derrotas, victorias, deseos y los recuerdos místicos para el que ya no está.

¿El último de Messi? No sólo los argentinos tomamos razón de que este podría ser su epílogo mundialista. De alguna extraña forma descubrimos que el mundo se ha rendido a sus pies y nosotros, a sabiendas de reconocernos contemporáneos de uno de los mejores jugadores de la historia (para los más jóvenes el mejor), también poníamos nuestras alegrías en él. Leo representa mucho de cierta argentinidad (y rosarinidad) que se ha sabido mantener en el tiempo: desde su gestos, modismos y forma de entender el compromiso por esta selección pero también en su historia de vida que resulta tan común a miles de argentinos (y tan simbólica a la vez), que refiere a que tuvo que irse desde muy chico del país, conocer otras formas y costumbres, para lograr el éxito tan deseado. Messi es su fe inquebrantable en seguir pese a todo, en su bonomía en la victoria y en su gesto adusto en la derrota, pero también es esa historia de la de cualquier pibe de barrio que se topó con un dirigente de fútbol a quien su nula visión no le permitió apreciar la dimensión de lo que enfrentaba. Guste o no, al igual que Diego, el jugador del París Saint Germain, tiene mucho de nuestra forma de ser ante el mundo y entre nosotros mismos.

“Primero hay que saber sufrir”, nos enseñaron los hermanos Expósito hace unas cuantas décadas atrás. Y algo de eso tomamos muchos argentinos entre victorias angustiantes y alguna que otra placentera. La duda inquietante supo plantearla el periodista Ariel Senosiain, cuando se pregunta públicamente hasta cuanto uno debe “saber sufrir”. Sinceramente no lo sé. Pero sí puedo afirmar que hemos amado y que el domingo hemos andado sin pensamiento, en pleno goce y disfrute, aunque en diciembre el perfume de naranjo en flor no nos acompañe. Salud campeones y simplemente eternas gracias por las lágrimas de este tiempo.  

(*) Analista político de Fundamentar - @miguelhergomez


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