Lunes, 29 Julio 2019 11:30

Un futuro prometedor

Escrito por Genaro Viesti (*)
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Donald Trump ingresa a territorio norcoreano acompañado de Kim Jong-Un, el pasado 30 de junio. Donald Trump ingresa a territorio norcoreano acompañado de Kim Jong-Un, el pasado 30 de junio.

De manera totalmente improvisada y sorpresiva, el presidente estadounidense Donald Trump, se transformó el pasado 30 de junio en el primer presidente de los Estados Unidos en cruzar la zona desmilitarizada de Corea y pisar suelo norcoreano.

Esta “tercer cumbre”, que duró poco más de una hora, destaca por su carácter simbólico, más que por sus resultados concretos. Sin embargo, permitió re-potenciar y reconfigurar el diálogo, abierto pero estancado, tras la cumbre en Hanói del 28 de febrero pasado, donde las posiciones tan opuestas entre los grupos negociadores de cada país y la imposibilidad de llegar a un acuerdo la transformaron en un fracaso diplomático. 

Fiel a su estilo, Donald Trump, que se encontraba reunido en Tokio por la cumbre del G-20, sugirió a través de Twitter la posibilidad de realizar una reunión entre los jefes de estado, con la salvedad de que esta vez sea en territorio norcoreano, algo que Kim Jong-Un aceptó sorprendido. 

Una historia Conflictiva.

Tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial en 1945, la Península de Corea quedó dividida en dos, el norte bajo la órbita comunista y el sur, bajo la órbita capitalista. El primer y único intento de unificación mediante la fuerza se dio cuando la República Popular de Corea invadió en 1950 el sur reclamando el territorio. Invasión que fue repelida tras la intervención de la ONU y los EE.UU., que demarcó una zona desmilitarizada entre ambas Coreas, poniéndole fin al conflicto en 1953.

Sin embargo, las relaciones entre las dos Coreas se sostiene en un armisticio, por lo que no existe una paz explícita entre ellas. Esto generó que se mantenga una relación de hostilidad y en un estado formal de guerra permanente entre las dos Coreas por casi 70 años.

Las crecientes sospechas de un aumento en el desarrollo del material nuclear, sumado a las pruebas misilísticas de Corea del Norte en el mar de Japón, llevó a que las relaciones entre ambas naciones llegaran a su punto máximo de tensión en 2017, generando efectos también en los principales aliados americanos en la región, Corea del Sur y Japón.

A esto, hay que sumar las constantes amenazas entre los jefes de estado, Kim Jong-Un y Donald Trump a través de Twitter y en reiteradas cumbres. Este último adoptó una postura más dura que su antecesor, Barack Obama, y expresó “estar listo para todo” y darle a Corea del Norte “fuego y furia” si no cancelaba sus pruebas de misiles.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se adentra en el lado norte de la Línea de Demarcación Militar que divide a Corea del Norte y Corea del Sur / AFP

El tira y afloje 

Durante estas fechas, a mediados de 2017, se había comenzado a barajar la posibilidad de una intervención militar estadounidense en territorio norcoreano, pero a pesar de no contar con los recursos suficientes, o de material tecnológicamente viable en una guerra moderna, una pequeña nación como Corea del Norte logró poner en jaque a la principal potencia del mundo mediante la disuasión nuclear.

Se sospecha que Kim controla entre unas 60 y 65 ojivas nucleares, de las cuales algunas pueden tocar suelo americano, o cuando menos con la capacidad para su producción.

Esto último, sumado a lo negativo que sería iniciar una nueva guerra en términos de imagen y recursos, que la administración Trump modificó sus objetivos internacionales durante la campaña presidencial de 2018 tratando de mostrarse más abierto al diálogo, por sobre el conflicto, como habían sido sus ejes de campaña a inicios del mandato. 

Tanto fue así que, para el mes de junio de 2018, se había organizado una primera cumbre entre ambos mandatarios, algo que se vio influenciado en gran medida por la cumbre intercoreana en abril de ese mismo año. En esta última, se vio a una Corea del norte dispuesta a negociar y a dialogar tras años de una política exterior cerrada y que mostró a un Kim Jong-Un pisando suelo surcoreano para reunirse con su par del sur, Moon Jae-In.

La primer cumbre entre Trump y Kim se conoció como la “cumbre de Singapur” y desde su inicio fue una propuesta ambiciosa, en tanto primer encuentro entre un presidente de los Estados Unidos y un líder norcoreano. Tuvo como objetivo mostrar un mensaje al mundo de que las hostilidades entre ambos debían ser resueltas mediante una negociación y no mediante la fuerza. Y significó un primer paso para limar asperezas y se avanzar en una posible negociación conjunta en el futuro, con el tema nuclear como punto central.

Debido al éxito de esta cumbre, se avanzó en la organización de la segunda, esta vez en la capital vietnamita Hanói para febrero de 2019, con la expectativa de alcanzar una resolución o resultado tangible que beneficiara a ambos. Sin embargo, la cumbre fue un rotundo fracaso, debido al planteo de posiciones irreconciliables entre las partes. Corea del Norte buscó desprenderse de las sanciones económicas que padece desde hace años, y que mantiene en jaque a su economía de una manera gradual, a cambio de desmantelar el centro nuclear de Yongbyon. Por su parte, Estados Unidos presentó una postura más súbita y brusca, por lo que rápidamente rechazó la oferta. Pyongyang debía desprenderse de todo el material nuclear de inmediato y de manera verificable a cambio de la eliminación de las sanciones.

El presidente de los EE.UU., Donald Trump, y el presidente de Corea del Sur, Moon Jae-in visitan un puesto de observación en el Área de Seguridad Conjunta en Panmunjom en la Zona Desmilitarizada que separa el norte y el sur de Corea / AFP

¿Un nuevo comienzo? 

Kim sabe que desmantelar el único sustento que mantiene a raya a los Estados Unidos es demasiado valioso para perderlo rápidamente, y más teniendo en cuenta que la historia demuestra que los Estados Unidos prefiere atacar o invadir a naciones que carecen de capacidades nucleares. Mientras más presión se le haga al régimen norcoreano sobre las armas nucleares, más se aferraran a ellas.

Trump, por otra parte, entiende que desnuclearizar la península, no solo puede ser exhibido como un logro presidencial a un año de las elecciones generales, sino que también sería una victoria política contra uno de sus principales rivales a nivel mundial, China, que mantiene en jaque a la hegemonía norteamericana. 

Washington había señalado su deseo de retomar las conversaciones de trabajo sobre desarme con Pyongyang / AFP

Además, podría influir sobre sus dos aliados principales en Asia, Japón y Corea del Sur, que dejarían de ver a Corea del Norte como una amenaza para centrarse casi exclusivamente en China como su principal competidor regional. Para ello, Washington ha comenzado a suspender ejercicios militares conjuntos en la región además de desactivar los proyectos de instalación de escudos antimisiles que se tenían previstos para la península, algo que generaba fuerte rechazos por parte del régimen comunista chino, como al norcoreano y servía como excusa para este último a realizar las prácticas militares que generaron la tensión en un principio.

Ambas partes desconfían una de la otra, la cumbre en Hanói dio fe de ello, algo que se trató de descongelar 5 meses después con esta nueva cumbre improvisada en la DMZ (zona desmilitarizada) que buscó y busca definitivamente renegociar nuevamente el material nuclear y las sanciones. Por el momento, solo el tiempo dirá si finalmente se dará un acuerdo exitoso entre las partes, aunque esta vez parece indicar que se esperan posturas más moderadas y abiertas en la negociación.

(*) Analista del Centro de Estudios Políticos Internacionales (CEPI)

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