Domingo, 17 Mayo 2020 18:47

BIOHAZARD. Geopolítica del peligro biológico

Escrito por Conrado Cardile (*)
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BIOHAZARD. Geopolítica del peligro biológico periergeia.org

 “El horror tiene rostro. Tienes que hacerte amigo del horror.
El horror y el terror moral deben ser amigos.
Si no lo son, se convierten en enemigos terribles, en auténticos enemigos".
Coronel Walter E. Kurtz, Apocalypse Now

Miedo y terror. O cómo construir un orden mundial

Año 1991, la URSS  implosionaba, el último hecho histórico enmarcado en la denominada Guerra Fría.  Los pueblos del mundo contemplaban, en un amplio abanico de reacciones y emociones, el fin de no sólo la confrontación de los dos bloques regidos por las dos superpotencias representativas de modelos de sociedad antagónicas, sino también de la opresión psicológica del terror nuclear. La nueva etapa que se abría parecía prometedora en tanto que la opción de la erradicación de la vida humana de la faz de la tierra se obturaba. Las coordenadas de supervivencia del sistema capitalista/soviético o vida, ya no funcionaban, por lo menos en el bando derrotado.

Sin embargo, el hegemón triunfante se encargó de sustituir el viejo terror por otros nuevos, categorizados en una nutrida galería con ejemplos como terrorismo, Estados fallidos, narcotráfico, dictaduras  populistas y muchos más nuevos enemigos a temer, incluyendo la amenaza de armas de destrucción masiva. El nuevo orden de imposición universal corroboraba la imposibilidad de sustentarse en otra táctica que no fuera el terror, reformulando la dicotomía, pasando a ser esta entre neoliberalismo o vida, la primera elección era la única disponible y aceptable para la unipolaridad. Latinoamérica había sido pionera durante los años 60s, 70s y 80s, cuando el terrorismo de estado garantizó la alternativa adecuada y complaciente con las directrices occidentales y libremercadistas.

Siendo abril del año 2020 una noticia irrumpió como un anacronismo: los incendios en Chernobyl, Ucrania. El hecho resucitó el viejo miedo atómico en medio de una crisis sin precedentes para nuestra historia como especie: la propagación de un nuevo terror, el biológico. El pandemónium de 1986 se exhibió en el presente como un recordatorio, una efeméride de la capacidad de destrucción, el átomo se manifestaba como un fantasma radioactivo frente al virus bautizado COVID-19.

Geopolítica viral

Desde su aparición en la escena global, a fines de diciembre del 2019, el nuevo coronavirus no pudo sustraerse de la disputa geopolítica llevada adelante entre EEUU y China. La pandemia se convirtió en otro escenario de una confrontación propensa a resquebrajar la dirección de un liderazgo cuestionado por cada vez más actores de la comunidad internacional.

El origen del COVID-19 se manipuló por ambas administraciones, cruzándose acusaciones sobre la intencionalidad de manipular un agente virósico con el fin de acelerar la caída del contendiente, condensadas en, por un lado, la denominación de “virus chino” de parte de Trump y, por el otro, en la denuncia de una supuesta inoculación del patógeno realizada por el ejército yanqui, efectuada por el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Popular de China, Zhao Lijian.

Esta escalada en la tensión entre los dos principales jugadores del sistema internacional no puede quedar sólo como una anécdota de las imprudencias de carácter del mandatario de EEUU o de una excepción de tono dentro de la disciplinada sinocultura.

Una de las víctimas en este cruce conflictivo fue la OMS (Organización Mundial de la Salud), denunciada por el gobierno norteamericano por ocultar información respecto al impacto del virus en China y condenada a prescindir de los fondos provenientes  de las arcas estadounidenses. Taiwán fue un aliado clave en el ataque contra la organización multilateral, aportando pruebas y cumpliendo su rol de enemigo del gigante comunista que  lo confinó a esa isla luego de la derrota de las fuerzas nacionalistas en 1949, inicios de la guerra fría que parecería resurgir en una lucha geopolítica distinta pero similar en varios aspectos.

Los efectos y consecuencias a nivel planetario que la pandemia está generando, no incentivaron un espíritu de cooperación en el plano geopolítico entre la potencia clásica y la emergente. El COVID-19 parece revelar un nuevo factor de poder e insumo utilizable por fuera de la lógica de una guerra comercial. En un futuro cercano podría fortalecerse y desarrollarse el sector de la Biodefensa en la rama militar de aquellos países con recursos e intenciones de hacerlo. La Biotecnología ya no es una ficción de la literatura o de contenidos audiovisuales. En nuestros tiempos, a nadie le sorprendería el mote de Bioterrorismo utilizado por el ejecutivo  de Estados Unidos, por ejemplo, en el Discurso del estado de la Unión para referirse a una nación considerada hostil a sus designios.

REUTERS/Gleb Garanich
REUTERS/Gleb Garanich

Tanatos Vs Zoè

La estrategia y su planificación son la clave del triunfo, bien lo saben los dirigentes de la tierra de Sun Tzu.  El flagelo de la muerte en la Unión Europea (UE), identificado con el coronavirus, fue uno de los tantos puntos geográficos hábilmente capitalizados a favor del prestigio del gigante asiático. China acometió con una avanzada sanitaria centrada en la solidaridad internacional, materializada en ingentes insumos para abastecer los golpeados sistemas de salud de la Eurozona. Este accionar contrastaba con las propias políticas de la UE hacia sus propios miembros, ensimismada en discusiones referidas al costo económico de la pandemia y dónde descargar el peso del mismo, mientras se exacerbaba en los hechos un cordón sanitario de recursos entre las fronteras internas. “Somos olas del mismo mar, hojas del mismo árbol, flores del mismo jardín» esta frase acompañaba  las miles de cajas de barbijos provenientes de China para colaborar con Italia. La otra cara: "la solidaridad europea no existe", declaración de Aleksandar Vucic, presidente de Serbia, país provisto también de profesionales y materiales chinos.

Cruzando el Atlántico se dividieron las posturas en dos visiones  de gestión  de la crisis del virus COVID-19. Recurriendo al concepto del filósofo Achille Mbembe, la Casablanca se volcó a la ejecución de una necropolítica, entendida esta como la capacidad de hacer morir a ciertos estratos de la población. Los discursos de Trump se propusieron  subestimar el peligro del virus con una clara intencionalidad de no influir en la actividad económica. Las descomunales cifras, que se actualizan constantemente día a día, de contagios y muertes en territorio estadounidense son la prueba  de la elección de economía o vida, elección coherente con la doctrina imperial y neocolonial que despliega hace décadas la nación del American Way of Life.

Al sur del continente, precisamente en Sudamérica, la doctrina del necropoder encontró referentes como Jair Bolsonaro, reproduciendo en Brasil una filosofía de la brutalidad que sólo se entiende en la preeminencia del pensamiento neoliberal inoculado en parte de las élites políticas y económicas de nuestra región.  Nuevamente, en la cosmovisión de estos lideres la elección del cuidado de la vida sobre la población en general, no es válida en una economía de las neoliberales, donde todo es descartable -incluso las personas- en la acumulación y concentración extrema de riqueza.

En contraposición al manejo brasileño se destacó la asertiva política del gobierno argentino conducido por Alberto Fernández. En  este caso primó, en términos foucoultianos, la biopolítica, entendida esta como el despliegue de la capacidad del  estado en hacer vivir, sabiendo que con una sociedad enferma o con pérdidas de vidas altas, no hay economía posible.  En este sentido, la reunión del G20 coloca a la figura de Fernández en el centro del conjunto de países que abogan por una administración que ponga a la vida humana por sobre la especulación en términos de costo-beneficio. Su propuesta orientada a la formación de un Fondo de Solidaridad Humanitaria, junto al reclamo contra los bloqueos y sanciones económicas contra Venezuela y Cuba, implementadas por los EEUU, abren el margen para un proyecto que dispute contra un sistema en decadencia desde antes del COVID-19.

Nuevas configuraciones en la pospandemia

Todos los análisis concuerdan en el debacle general de la economía mundial. Las formas de producción y de generación de riquezas se deberán reestructurar en formas novedosas opuestas a la ortodoxia de las finanzas especulativas. Los nuevos valores de las comunidades y sociedades deberán comenzar a imponer otras prioridades en nuestra vida en común.

Para los países como el nuestro, se habilitará la oportunidad de comenzar a edificar factores y variables de poder nutridos de ideas y visiones que nos permitan edificar un sistema distinto de valorización de lo público y lo estatal al servicio de las mayorías. Es en estos espacios de maniobra donde nos debemos ir abriendo caminos en un mundo que seguirá siendo disputado entre la unipolaridad y la multipolaridad.

La integración Latinoamericana debe ser nuestro norte aprovechando en un principio las coincidencias del surgimiento de un neokeynesianismo,  implementado por las políticas públicas que los gobiernos latinoamericanos -de diverso signo y en diversa medida- se vieron obligados a implementar para sortear la pandemia. La complejidad  y la diversidad será el remedio frente a la homogenización dogmatica neoliberal que se propagó como peste, causando estragos similares o peores al CODVID-19 en nuestro tejido social.

En el Malbrán se descifró el genoma del Covid-19 local y Gaza exporta donaciones de barbijos y vestimenta. En Nueva York, sede de Wall Street, se cavan fosas comunes.

Cuáles hechos serán la guía para actuar en la geopolítica futura, esa es la principal decisión.

(*) Analista internacional. Colaborador de Fundamentar

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