Sábado, 07 Noviembre 2020 18:37

La batalla por el alma de la Nación

Escrito por Santiago Toffoli (*)
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Vaya slogan pergeñó la campaña de Joseph Biden, el Presidente electo de los Estados Unidos de Norteamérica. Esta se utilizó en contraposición a la consigna emblema elegida por Donald Trump, que estuvo presente tanto en la campaña de 2016 como en 2020: Hacer grande a Estados Unidos de nuevo.

Es sábado. Recién hoy tenemos la confirmación de que Biden será el 46° Presidente de Estados Unidos. En el medio, pasó mucha agua bajo el puente, y varias cuestiones dignas de ser analizadas. Algunas ideas rápidas con la elección recién terminada.

 

Las acusaciones

El martes por la noche los ojos estaban puestos en Florida, el más grande de los Estados pendulares, o swing states. Una victoria demócrata allí encaminaba el triunfo para Biden. Las cosas no salieron como se esperaban: el mal llamado “voto latino” no fue masivamente hacia los demócratas y Trump lograba una gran victoria en el Estado del Sol, que lo ponía otra vez en juego. Ya volveremos a este complejo tema de los ciudadanos latinos en Estados Unidos.

Simpatizantes de Trump en Florida

Mientras los Estados ‘seguros’ iban sumando los votos del Colegio Electoral, una posibilidad comenzaba a abrirse paso mientras el miércoles comenzaba a nacer: ‘¿gana Trump de nuevo?’. Algo estaba clarísimo: la paliza que gran parte de los medios, analistas y encuestadores auguraban en favor de los demócratas no estaba siendo tal. El fantasma de 2016 volvía a asomar. El voto oculto y la mayoría silenciosa podían decir presente de nuevo.

Conforme avanzaban los primeros escrutinios, Trump cometió el grave error de declararse ganador y, en simultáneo, denunciar fraude. La opinión pública y el mundo vieron al Presidente estadounidense esgrimir las acusaciones de fraude, las agresiones verbales contra el sistema, y los pedidos de parar el conteo de votos, por una supuesta ilegalidad de los sufragios que le sacaron Estados clave, como Michigan. Biden, por su parte, llamó a la calma: “vamos a ganar esta elección”. “Cuenten todos los votos”.

Conferencia del Presidente durante la madrugada del miércoles.

La narrativa ya empezaba a ser desventajosa para Donald Trump. Quedaba ante el mundo como el candidato que sin tener pruebas denunciaba fraude, y que sin tener los votos declaraba la victoria. Y que pedía por favor que paren de contarse los votos, cuando las tendencias en algunos Estados no le era favorable. Esto fue la antesala de lo que vamos a ver en los próximos días: la judicialización del proceso electoral por parte del actual Presidente. Pero también puede incluir un efecto colateral no deseado: el aislamiento político del mandatario saliente, incluso al interior de su propio partido.

Trump siempre quiso correr de su mandato y de su gobierno a los políticos tradicionales. Esto implicó que muchos republicanos de la “vieja guardia” no sólo no lo apoyen, sino que hagan campaña por Biden. La gran elección que Trump estaba realizando, en contra de los oráculos que pronosticaban una “ola azul”, le daba la oportunidad perfecta para lograr la hegemonía trumpista en el Partido Republicano. Esa cantidad de votos, si no le servían para quedarse en la Casa Blanca, sí podían ayudarlo a sentar los lineamientos generales de una estructura partidaria que en reiteradas ocasiones pareció ‘secuestrada’ por Trump y los suyos en muchos momentos de su mandato, y que ahora podía reclamar por derecho propio. El berrinche del miércoles no dio lugar a ello.

Quedará en la historia el momento que, casi en simultáneo, las cadenas ABC, NBC y MSNBC interrumpieron la conferencia de Donald Trump porque estaba presentando datos falsos, sumado a las ‘objeciones’ de Twitter con respecto a las cuentas del Presidente y sus allegados. ¿Censura? ¿Límites a la libertad de expresión? ¿Responsabilidad con “la verdad”? Es un gran tema de debate. Sorprende que algunos todavía duden en incluir a las grandes corporaciones mediáticas en la mesa de discusión para tejer grandes acuerdos sociales.

Las fragilidades del sistema

Ningún sistema electoral es superior al resto. Lo peligroso es tomar uno como modelo, como horizonte e intentar adecuarlo en latitudes distintas con características diferentes. Ciertamente, el sistema de los Estados Unidos tiene debilidades y fortalezas, con especificidades propias de la historia y la idiosincrasia política de aquel país, a veces tan extrañas para nosotros. Lo que sucedió esta elección, fue que las debilidades se vieron más expuestas que las fortalezas.

Mientras asomaba el jueves, Arizona, Nevada, Pennsylvania, Georgia y Carolina del Norte todavía no tenían los resultados. El voto por correo, el sufragio anticipado, las interrupciones, las autoridades judiciales y electorales que en cada Estado tienen reglas distintas; todos fueron factores que retrasaron la confirmación del triunfo de Biden hasta el sábado.

De los Estados del ‘midwest’, muy ligados a las zonas industriales del país, Biden ya tenía en su bolsillo Wisconsin y Michigan, mientras que Ohio se pintaba de rojo. Trump había ganado en los 3 en 2016. El Presidente seguía insistiendo con la “opción legal” de judicializar la contienda. Michigan y Wisconsin le dijeron que no.

Los Estados del Midwest.

A partir de ahora, el Estado de Nevada no sólo será asociado al desierto y a los casinos de la ciudad de Las Vegas, sino también al hecho decidió suspender el conteo, alargando la definición aún más. Los retrasos en Georgia y Carolina del Norte, sumados a la incertidumbre en Arizona, hicieron que el sábado todo se decida al confirmarse la victoria demócrata en Pennsylvania. Los 20 electores de este Estado fueron para Biden y, 4 días después del día de las elecciones, la tendencia se volvió irreversible después de contabilizar los votos anticipados y por correo, que cambiaron al Estado que alberga ciudades como Filadelfia y Pittsburgh al color azul, después de haber estado rojo por varias jornadas.

Si este apartado se llama ‘fragilidades del sistema’, es imposible no hacer una referencia a los miles de obstáculos que tiene para una participación masiva en el proceso, a pesar de que 2020 fue la elección donde más gente participó desde 1900, alcanzando un 66% de participación electoral. La ausencia de documentos nacionales de identidad, la no obligatoriedad del sufragio, la necesidad de registrarse para estar en el padrón, y una infinidad de características del sistema electoral estadounidense, hace que votar en Estados Unidos sea cuestión de voluntad y recursos, no tanto de un derecho

¿Y ahora?

Qué pregunta. Hay muchas cosas para analizar.

La pobre lectura de la dinámica política que tienen los sectores del ‘establishment’ sigue sorprendiéndome. Las elites económicas y financieras apostaron por Biden desde el primer momento. De hecho, su apuntalamiento como candidato a expensas de dirigentes más progresistas como Warren o Sanders obedece a la necesidad de contar con el apoyo de esos grupos de poder.

La falta de visión no está vinculada al apoyo, sino al clima creado por las corporaciones mediáticas, políticas y económicas de los Estados Unidos, que pintaron un panorama de paliza electoral que naturalmente haría que el país retorne a su “normalidad democrática” después de la anomalía que significaron los 4 años de mandato de Trump. Leo los diarios todos los días, y créanme que más de uno, y durante meses, declaró que era imposible que el Presidente logre la reelección. Parecía casi una cuestión de sentido común.

Y a pesar de que finalmente perdió, su victoria no sólo no era imposible, sino que la elección terminó siendo muy pareja. En estos momentos, y aunque finalmente no sea el dato a tener en cuenta, Biden está cosechando el 50.5% de los votos y Trump el 47.7%. Ese porcentaje no se corresponde con monstruo incomprensible que lleva a su país a la deriva, sino con la representación fiel de un importante sector de la sociedad norteamericana que vio en Trump una defensa de sus intereses.

Las lecturas erróneas de la dinámica política por parte del establishment la vimos en Argentina en 2019, en Bolivia hace 20 días, y hoy en Estados Unidos. Deberán hacer un esfuerzo extra para entender el comportamiento de las sociedades que dicen interpretar a la perfección.

Por otra parte, volvemos a la primera parte de esta entrega y hacemos una mención del voto latino. Tradicionalmente fue tomado como un segmento homogéneo que se inclinaba claramente por el Partido Demócrata. Hoy vemos que los votantes latinos no solo repartieron el voto entre ambos candidatos de tal manera que le dieron el triunfo a Trump en Florida y en Texas, sino que también este sector ha perdido su homogeneidad.

Es indispensable hacer diferencias en los latinos. Los descendientes de puertorriqueños, hondureños, o guatemaltecos, que en su gran mayoría viajaron a Estados Unidos en búsqueda de oportunidades de vida mejores que en sus lugares de origen, no pueden ser equiparados con la cuarta generación de cubanos que nace en Estados Unidos, o con personas que pertenecen a la diáspora colombiana o venezolana, muchísimo más ideologizada que los “dreamers” tradicionales.

Una parte considerable del voto latino fue para Trump por su política agresiva contra Cuba, que se diferenció sustancialmente de la diseñada por Obama y por las sanciones a Venezuela. Este voto, que siempre fue ligado a lineamientos “progresistas”, se terminó.

Por último, una referencia a los desafíos inmediatos que tendrá que enfrentar Joe Biden en su gobierno. Una pandemia que ya dejó cerca de 250.000 muertos y sigue avanzando a paso firme, la crisis económica derivada de la misma, y una polarización social muy marcada serán factores inequívocos de la realidad estadounidense en el corto y mediano plazo. El Senado probablemente seguirá con mayoría republicana, y la Corte Suprema tiene 6 jueces conservadores y 3 liberales. Institucional y socialmente, son números incómodos para el mandatario electo.

Casi todos los análisis coinciden en que los objetivos de la política exterior norteamericana no cambiarán sustancialmente, pero sí la forma en que estos serán perseguidos. Biden sólo dejó entrever en este sentido, que retornará al Acuerdo de París sobre Cambio Climático, del cual Estados Unidos dejó de ser parte formalmente esta misma semana.

Desde América Latina y el Caribe, no tenemos muchas pistas sobre qué esperar. Puede haber un cierto alivio con respecto a que la bendición automática de proyectos políticos de extrema derecha y la imprevisibilidad que caracterizaron a la Administración Trump ya no estarán presentes. Pero no olvidemos que los sectores de poder, las fuerzas profundas y los lineamientos estructurales que dictan la política hemisférica de Estados Unidos trascienden a los Presidentes y a los partidos.

Por lo pronto, Donald Trump se retira de la Casa Blanca con las desigualdades raciales a flor de piel, con grupos irregulares y armados muy movilizados, con evidentes fracturas a nivel social y con muchos consensos rotos en cuanto a la institucionalidad y los resortes del poder en el país más poderoso del mundo. Trump perdió, pero el ‘trumpismo’ sigue presente, ya que él logró casi 70 millones de votos luego de ser caracterizado desde muchísimos sectores como un paria en el listado de líderes mundiales. Negar la existencia de esos estratos sociales puede ser muy peligroso para un Biden que tendrá que navegar aguas turbulentas.

 “La batalla por el alma de la Nación” fue el slogan que eligió Joe Biden para encarar la campaña que le abrió las puertas de la Casa Blanca. Desde aquí, creemos que esa batalla no ha hecho más que empezar.

(*) Analista Internacional de Fundamentar

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