Miércoles, 02 Noviembre 2022 21:23

Diario de viaje VI. El que todo lo ve.

Escrito por Miguel Gómez (*)
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Laguna De Los Tres Laguna De Los Tres

"Vuelvo al Sur,
como se vuelve siempre al amor,
vuelvo a vos,
con mi deseo, con mi temor."

Vuelvo al Sur - Pino Solanas

Tomas Hobbes, ese brillante analista moderno, imaginó la solución a los problemas del Reino Unido que habitaba, con la síntesis que representaba el Estado, una especie de Leviatán, Dios mitológico que todo lo veía y de alguna manera, todo podía resolver. Arrimarse al pueblo de El Chaltén, con esa inmensa mole de piedra de 3405 metros de altura que el perito Francisco P. Moreno rebautizó con el nombre de Fitz Roy, y que seduce a la distancia, supone la posibilidad de someterse a los designios, intereses y caprichos de alguien que todo lo puede.

Llegar a la cuidad que supo fundar Arturo Purichelli allá por octubre de 1985, es algo que puede apreciarse a la distancia, con tiempo y, como suele suceder con los mejores vinos, uno los debe degustar con calma y mesura. Puede no decir nada al comienzo, pero es indudable que al final del recorrido uno se queda con un largo y pronunciado final de boca, como explicaría cualquier enólogo que se precie.

En un día con poca nubosidad, las figuras de este cerro emblemático y sus agujas compañeras (Torre, Poincenot, Saint Exúpery) se distinguen a no menos de 100 kilómetros. El serpenteante camino de la ruta 23 que está en excelente estado, se inicia con la expectativa que rápidamente se salda al ver liebres, guanacos y algún que otro choiques. La estepa patagónica domina la escena, pero con el devenir del camino, los cerros blanqueados por el hielo glaciar y la nieve precordillerana le irán agregando atractivo al paisaje.

Si uno elige hacer el trayecto entre El Calafate y El Chaltén con un servicio de traslado contratado previamente, es probable que viaje en el contexto de la excursión de un día por el que se visita a la segunda de las localidades. A mitad de camino, y como muestra de lo que era la vida a principios del siglo pasado, cuando auténticos aventureros se animaban a construir sus propios destinos en estas zonas verdaderamente inhóspitas; se hace una detención en la Estancia La Leona.

El lugar, a orillas del río que lleva el mismo nombre, el cual nos acompañará buena parte el camino, se caracteriza por contar con un estilo que recrea los tiempos pasados, con imágenes en blanco y negro, artículos de la vida rural, souvenirs y unas tortas fritas que se venden calientes resultando las estrellas del servicio de bar. Si usted querido lector, estimada lectora, se va a tentar en la compra para acompañar unos buenos mates, tenga en cuenta que sólo se venden si las tienen en el lugar (las preparan en un edificio contiguo) ya que no les interesa tener inconvenientes con los coordinadores de las excursiones.

Mirador de las Águilas y Los Condores
Mirador de las Águilas y Los Condores

En nuestro caso, el resto del camino hasta el destino, el cielo irá perdiendo el celeste por la variedad de grises que proponen las nubes y que se asociarán con un viento frío que demuestra lo más puro de la Patagonia. La famosa foto que encuadra al cerro con la ruta no podrá ser sacada en la llegada, a partir de la llovizna molesta que todo lo complica.

Nos acercamos al destino y mientras la guía nos cuenta sobre las andanzas de algunos pobladores que intentaron resistir la conversión de la región en parque nacional, queda tiempo, ahora sí, para una foto más cercana de las montañas y del pueblo, serpenteados por el magnífico Río de las Vueltas.

Llegamos al pueblo al día siguiente de lo que ha sido la celebración de su fundación (12 de octubre) y las rutinas parecen detenidas. No deja de sorprender el poco movimiento que a horas del mediodía tiene el lugar. Nos hospedamos en un hotel sobre el límite norte del ejido urbano, donde se inician las caminatas más importantes en la Capital Nacional del Trekking.

Antes de seguir, una aclaración. El cerro convive con dos nombres. El Chaltén y Fitz Roy. El primero de ellos responde al nombre original que le dieron sus antiguos pobladores, los Tehuelches, quienes creían que había sido un volcán, y en su dialecto original, el Aonikenk, significa “montaña que humea”. Permanentemente rodeado de nubes, el segundo nombre hace honor al capitán del barco que trajo por esta zona a Charles Darwin. Cuenta la versión oficial, que Francisco Moreno, antes de iniciar sus expediciones en la zona, recurrió a la familia del capitán ya desaparecido para contar con la cartografía de la región, y que los herederos aceptaron la entrega del material en tanto y en cuanto, un hito que descubriera Moreno, llevara el nombre de Fitz Roy.

Hasta allí todo redondito y de ricota. El punto en cuestión, o la grieta si se quiere, es que investigaciones históricas lo ubican al ex ayudante de Darwin, participando de la invasión inglesa a las Islas Malvinas, en 1833. Es por ello del intento de recuperar el nombre originario del cerro. Y así será defendido en este artículo.

El Chaltén es un típico pueblo de montaña, surgido (al igual que sucedió con San Martín de los Andes) como forma de asentamiento ante el sempiterno conflicto por los límites con Chile. Hoy, viven en el lugar alrededor de 3000 personas. Cuenta con jardín de infantes (el Estado nacional está construyendo uno nuevo), escuela primaria y secundaria. Unos pocos comercios de venta de productos regionales, algunos supermercados pequeños, un solo cajero automático, un par de negocios de venta de ropa y, confirmando lo que parecería ser una tendencia global al tenor de la cantidad de extranjeros que visitan el lugar, una muy interesante cantidad de cervecerías, bares y restó de todo tipo. El panorama se complementa con hoteles, hosterías y hostels para todos los gustos.

Como siempre suele suceder en estos casos de desarrollos tan exponenciales, el pueblo se enfrenta con problemas que el turista puede optar por no prestarle atención, pero que existen más allá de las posibles indiferencias. Uno de ellos es la cuestión del espacio físico para vivir. Si se está atento, en no pocos locales comerciales, se encontrará con un cartel en sus vidrieras y puertas de entrada que titulan “Terrenos para El Chaltén YA”. La movida trata de reflejar el problema de falta de viviendas que hay en un pueblo que en pocos años ha aumentado en varias veces su población estable, que no aparecen muchos terrenos disponibles ya que la localidad está emplazada en el medio de un parque nacional y porque, misteriosamente, cada tanto, aparecen proyectos de inversión donde se construyen hoteles en lugares que estaban supuestamente vedados. El entorno es de una belleza acogedora, pero eso no impide que algunas injusticias se reciclen como en cualquier destino de nuestra amada Latinoamérica.

De acuerdo a lo que cuentan algunos habitantes, la temporada cada vez comienza más temprano. Si antes debía esperarse hasta noviembre para contar con todos los servicios, en este 2022 algunos locales ya abrieron sus puertas a comienzos de setiembre. La mayoría de los que visitan el lugar son jóvenes sub 35 atraídos por el magnetismo del cerro y por cierto espíritu de aventura que supone unas buenas vacaciones en la montaña.

En El Chaltén “uno debe desaprender lo que trae en su historia, para volver a aprender desde otro lugar” nos dijo una vendedora que, ante la imposibilidad de vendernos un short o malla que nos habíamos olvidado, y que pretendíamos utilizar en la pileta del hotel, nos sugería la utilización de un bóxer como adminículo de baño. Lo confesamos: no nos animamos a seguir su consejo.

Si uno va a hospedarse unos días en el lugar debe estar predispuesto a disfrutar de los distintos tipos de caminatas. Las hay muy variadas en dificultad, intensidad, belleza y extensión. Este articulista no las hizo todas, pero si debiera sugerir una rutina, recomendaría comenzar por ir a los Miradores del Águila y de Los Cóndores. La caminata se hace en una hora y hacia un lado podrá disfrutarse del celeste del lago Viedma y de la ruta que nos lleva al Calafate, con El Chaltén vigilante a nuestras espaldas. Aquí el silencio es sobrecogedor y la inmensidad de la Patagonia se muestra en su plenitud. Del otro lado, queda la vista del pueblo y del magnífico Río de las Vueltas con su tonalidad verdosa de aguas mineralizadas.

En el sentido inverso podremos dirigirnos al otro lado del poblado, el cual nos lleva a iniciar el Sendero del Fitz Roy, el cual supone una caminata, en total, de unos 25 kilómetros, teniendo unas 8 o 9 horas de duración. Se podrán apreciar múltiples paisajes: bosque tupido, valles, la Laguna Capri, el campamento Poincenot, miradores de altura y hasta la particular belleza del Río Blanco que toma ese nombre a partir de las milenarias piedras que rodean su curso y que, en pleno ascenso a Laguna de los Tres, puede apreciarse por su característica opacidad.

Llegar al mencionado espejo de agua puede suponerse como uno de los premios mayores para aquellos visitantes y turistas que no hacemos escala en montaña. Los últimos 1000 metros son de una elevada dificultad ya que se ascienden 400 metros. Las piedras, que inicialmente son pequeñas, a medida que avanza un camino que tiende a angostarse, varían de tamaños y formas. La nieve y el barro que supone su derretimiento complican aún más la travesía que resulta paga y con creces cuando queda a nuestra vista la magnificencia del que todo lo ve, sus agujas compañeras y una laguna congelada en pleno mes de octubre. El sol primaveral a pleno le pone belleza a una postal que quedará para siempre en nuestros recuerdos, más allá del cansancio, de la preocupación por la bajada y de los dolores que portamos con una edad que desearíamos menor para estos placeres.

Quedan múltiples misterios por descubrir: Laguna Torre, Loma del Pliegue Tumbado, Laguna Toro, glaciares, rafting en el Río de las Vueltas, visitas a estancias. Todos con distintos esfuerzos y disfrutes. Siempre atento y vigilante, El Chaltén y sus agujas hermanas siempre están omnipresentes, en el pueblo o en la ruta. En un día nublado o en la plenitud de un domingo de sol que nos sirve de despedida. Incluso en el avión, en la melancólica vuelta, su figura sobresale y se distingue del resto del cordón montañoso. Su imagen quedará grabada a fuego y servirá como bálsamo, cuando a escasas tres horas nos enfrentemos a la vorágine de una ciudad vertiginosa e implacable.

Volver al sur es una forma de volver al amor. De enfrentarnos con deseos, temores y a cierto capricho del destino. Sus aguas cristalinas nos devuelven, también aquí, otra especie de cielo al revés que el que nos contaban hace más de 30 años el dúo Solanas – Piazzola. Volver al sur siempre es una especie de necesidad. La combinación de El Calafate y El Chaltén no son una excepción.

(*) Analista político de Fundamentar - @miguelhergomez

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